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FILOSOFÍA POLÍTICA I

Tema 2 | Los Socialismos | Versión simplificada I

Filosofía Política I - Grado de Filosofía - 2º año Creado con Notebook LM

Transcripción

Vamos a intentar desentrañar juntos la historia de una idea que con todas sus caras y contradicciones ha sido una de las claves para entender el mundo en que vivimos. Claro, la pregunta es enorme, ¿verdad? ¿Qué ha sido realmente el socialismo? Para empezar a contestarla, creo que lo más sensato es irnos al principio, a sus orígenes. Vamos a ver cómo se definía en su forma, digamos, clásica, justo a caballo entre el siglo XIX y el XX. Ahí está la semicia de todo lo que vendrá después. Bien, pues nuestro punto de partida va a ser precisamente esa era clásica, la de la Segunda Internacional. Estamos hablando de un periodo absolutamente clave eh entre 1889 y 1914. Es el momento en que el socialismo deja de ser solo una idea de unos pocos para convertirse en un verdadero movimiento de masas en toda Europa. Y en ese momento la cosa parecía bastante clara. El socialismo tenía una misión muy muy concreta, ser la voz, la herramienta política y sindical de la clase obrera industrial. Personajes como Kauski en Alemania o aquí en España Pablo Iglesias lo tenían clarísimo. Se trataba de un movimiento para una clase específica, el proletariado, y su lucha era contra los partidos y los intereses de la burguesía. El objetivo, como digo, era muy definido. Pero claro, en filosofía política las cosas nunca son tan sencillas. Incluso en esos primeros años, con esa meta tan clara, por debajo bullía un debate, un debate fundamental sobre el objetivo último, una tensión que de hecho venía de antes, de antes incluso de la Segunda Internacional. Y es que había dos maneras completamente opuestas de entender cómo debía ser la revolución. Y aquí tenemos el meollo de la cuestión, una de las grandes divisiones en la historia del pensamiento de izquierdas. Por un lado, Marx. Para él el Estado era una herramienta de la burguesía, sí, pero había que arrebatársela. El proletariado tenía que tomar el poder, establecer lo que él llamaba una dictadura del proletariado y solo entonces con el tiempo el Estado se iría extinguiendo. Y por el otro lado, Bacunin, el anarquista. Su postura era radicalmente distinta. Para él era el poder político en sí mismo. Daba igual quién lo tuviera. Así que nada de tomarlo. Había que destruirlo de forma inmediata. dos caminos, como se ve, irreconciliables. Y entonces todo saltó por los aires. La Primera Guerra Mundial fue una catástrofe que destrozó por completo ese sueño de un internacionalismo obrero. El socialismo de repente se encontró en un mundo nuevo, un siglo de guerras, de revoluciones y de reacciones que lo cambiaría para siempre. El gran terremoto fue, por supuesto, la revolución rusa en 1917. Para muchos socialistas era el sueño hecho realidad por fin. Pero la historia, como suele pasar, no siguió el guion previsto. No fue como Marx lo había imaginado. El aislamiento, la brutal guerra civil, todo aquello acabó abriendo la puerta una ola de reacción por toda Europa. Y ahí tenemos el fascismo en Italia, el nazismo en Alemania, el mapa político cambió drásticamente. Entonces, ¿qué pasó con ese gran experimento soviético? pues que muy pronto se topó con dos problemas gigantescos que iban a marcarlo todo. Por un lado, un problema interno, la degeneración, la burocratización del poder y por otro problema externo, el aislamiento, el estar solos frente a un mundo hostil. Esta frase de Trotsky es demoledora. La degeneración burocrática de una revolución traicionada captura perfectamente esa desilusión. Y ojo que es importante entender esto. Las críticas no empezaron con Stalin. Mucho antes, gente como Rosa Luxemburgo o el mismísimo Kautski, que había sido un pilar del marxismo, ya estaban criticando duramente a Lenin, por ejemplo, por disolvar la asamblea constituyente. Veían en ello una tradición a las ideas democráticas que se suponía eran el alma del socialismo. Y luego tenemos el caso de España, que es una historia particularmente trágica. Aquí se juntó todo. Un estado muy débil, un movimiento anarquista potentísimo, quizá el más fuerte del mundo, y una izquierda muy dividida, un cóctel explosivo. Cuando llega el golpe de estado, todas las fuerzas se centran en defender la República y las grandes reformas sociales se quedan en un segundo plano. Si a eso le sumamos que las potencias como Francia o el Reino Unido la dejaron sola, pues el resultado fue una guerra civil terrible y finalmente una dictadura que duraría décadas. Vale, dejamos atrás ese siglo de conflictos y saltamos a la posguerra. Después de la Segunda Guerra Mundial, el socialismo en Europa occidental tomó un rumbo completamente nuevo. Vamos a ver cómo se construye ese modelo que conocemos como socialdemocracia. Mientras España con Franco estaba aislada, en el resto de Europa occidental se estaba cociendo algo nuevo, un gran pacto. ¿En qué consistía? Pues básicamente el socialismo democrático aceptó jugar dentro de las reglas del capitalismo, de la economía de mercado, pero a cambio de algo muy importante, construir un fuerte estado del bienestar. Esto creaba un modelo propio, que no era ni el comunismo soviético ni el capitalismo liberal norteamericano, era una tercera vía. Esto supuso un cambio de estrategia brutal. Se pasa de ser un partido de clase, que representa solo a los obreros en contra del mundo burgués, a ser un partido interclasista. ¿Qué significa esto? que ahora el objetivo es conseguir mayorías electorales amplias, apelar también a las clases medias, a más gente. El momento clave que simboliza este cambio es el Congreso de Bad Godsberg del Partido Socialdemócrata Alemán, en 1959. Ahí, básicamente renuncian a la revolución marxista y se convierten en un partido de gobierno. Y este modelo tuvo un éxito tremendo. Fueron décadas de prosperidad, los llamados 30 gloriosos. Pero este consenso tan exitoso iba a encontrarse con un nuevo enemigo y lo curioso es que no venía de la derecha tradicional, no. El desafío surgió desde dentro. Llegamos a los años 60, a mayo del 68. Una nueva generación, la nueva izquierra, los movimientos estudiantiles empiezan a criticar duramente a esa socialdemocracia. ¿Qué le reprochaban? Pues que se había vuelto demasiado cómoda, demasiado conformista. La acusaban de obsesionarse solo con el crecimiento económico, de ser cómplice de la Guerra Fría, de ignorar problemas nuevos como la ecología o nuevas formas de malestar, de alienación en la sociedad de consumo y también de darle la espalda a lo que pasaba en el tercer mundo. Así que la gran pregunta que flota en el aire en esos años es esa. ¿Se puede ir más allá de la socialdemocracia? ¿Hay algo más? Y a partir de ahí surgen un montón de debates, de intentos de buscar una alternativa que no fuera ni el comunismo soviético ni esta gestión, digamos, blanda del capitalismo. Se empieza a hablar de socialismo autogestionario, de nuevas formas de democracia. Y llegamos a otro momento clave, otro terremoto. 1989, la caída del muro de Berlín, el fin del bloque soviético. Esto una vez más obliga al socialismo a reinventarse por completo, a buscar un nuevo proyecto en un mundo que ya no es el de la Guerra Fría. Claro, al desaparecer la Unión Soviética, la idea de superar el capitalismo, bueno, pues como que se desvanece del horizonte para casi toda la izquierda. Así que el objetivo cambia. Ya no es tanto avanzar hacia una utopía, sino más bien defender lo que se ha conseguido. La misión principal pasa a ser proteger el estado del bienestar de los vientos de la globalización. Y los retos de hoy, como vemos, son muy diferentes. Ya no es solo la lucha de clases de antes. Ahora la agenda es mucho más compleja. Hay que defender los derechos sociales, las pensiones, la sanidad, pero también hay que responder a la globalización, integrar a nuevos colectivos como los inmigrantes y defender el laicismo ante el auge de los fundamentalismos religiosos. Es un escenario mucho más fragmentado. Y en el caso concreto de España, a todos estos desafíos globales se le suma uno nuestro, muy particular, el peso de la historia. A diferencia de lo que pasa en Francia o Alemania, donde hay un consenso básico sobre lo que fue el fascismo, aquí en España no nos hemos puesto de acuerdo sobre cómo interpretar la guerra civil y la dictadura. Y esa falta de un relato compartido sobre el pasado, bueno, pues hace muy difícil construir un proyecto de futuro que nos una a todos. Y con esto llegamos al día de hoy, a la encrucijada actual. Si ya no hay un enemigo clarísimo como era el fascismo, y si la utopía de una sociedad sin clases parece muy lejana, ¿qué le queda al socialismo? se encuentra en una búsqueda permanente de su identidad, de su propósito en el siglo XXI. Y esa pregunta sobre su futuro, bueno, pues no tiene una respuesta fácil. De hecho, es la pregunta que define su presente.