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FILOSOFÍA POLÍTICA I
Tema 2 | Los Socialismos | Versión simplificada II
Filosofía Política I - Grado de Filosofía - 2º año
Creado con Notebook LM
Transcripción
Socialismo es una de esas palabras que están por todas partes, ¿verdad? Pero, ¿qué significa de verdad? Su historia es un viaje alucinante, un relato de unidad, de fracturas profundas y de transformaciones constantes. Así que vamos a meternos de lleno en ese camino para entender cómo una idea que nació con un propósito muy claro acabó convirtiéndose en algo, bueno, en algo mucho más complejo. Vale, vamos al meollo del asunto. Porque antes de ser un arma arrojadiza en los debates políticos de hoy en día, el socialismo tenía un objetivo increíblemente nítido. Y para entender el IO actual, es fundamental que viajemos un poco en el tiempo y veamos cómo empezó todo esto. Esta va a ser nuestra hoja de ruta, un viaje que empieza con un socialismo unido, fuerte. Luego veremos la gran fractura, el momento en que todo salta por los aires con la revolución rusa. Después una reinvención casi total tras la Segunda Guerra Mundial y cómo tuvo que volver a adaptarse a una realidad completamente nueva con la caída del muro de Berlín para llegar finalmente a los desafíos tan enrevesados a los que se enfrenta hoy. Venga, pues empezamos por el principio, por lo que se conoce como la época clásica del socialismo, un tiempo en el que la verdad todo parecía bastante más sencillo, con una meta muy clara y una estructura que funcionaba como un reloj. Lo que define a este primer socialismo es su claridad. Era meridiano. Aquí no había debates teóricos complejos ni 1000 matices. La misión era una y solo una, defender los intereses de la clase trabajadora. Todo lo demás de verdad podía esperar. Y la estrategia, oye, era brillante por lo simple que era. La ide, Carl Kutki. Era un sistema con dos pilares, muy fácil de entender. Por un lado, un partido político que daba la batalla en el Parlamento y por el otro, los sindicatos que organizaban a la gente en las fábricas en el día a día. Eran literalmente las dos caras de la misma moneda. Pero claro, esta unidad tenía los días contados. Estaba a punto de ocurrir un acontecimiento sísmico, un autántico terremoto histórico que iba a dividir el movimiento en dos caminos que todavía hoy siguen sin encontrarse. 1917, la revolución rusa. Ojo porque si hay un año que lo cambia absolutamente todo, es este. Fue el evento que no solo sacudió al mundo, sino que rompió la palabra socialismo en dos para siempre. Y aquí es donde el camino se bifurca de forma radical. Por un lado tenemos la vía de Lenin, que proponía una ruptura total, destruir el estado capitalista de raíz y sustituirlo por una dictadura del proletariado. Frente a eso, la socialdemocracia defendía justo lo contrario, trabajar dentro del sistema, usar los parlamentos y la democracia para ir consiguiendo mejoras paso a paso. Claro, la vía de Lenin enseguida empezó a escribir críticas durísimas y ojo, no solo desde la derecha, sino desde el corazón mismo de la izquierda. Se denunció que se había creado un socialismo, sí, pero sin libertades, que la revolución había fracasado en su intento de extenderse por el mundo y que paradójicamente su aislamiento coincidió con el auge de sus peores enemigos, el fascismo y el nazismo. Y quizá la frase que mejor resume toda esta desilusión viene de alguien que estuvo en el meollo de todo, Leon Trotsky, una de las figuras clave de la revolución. Sus palabras, una degeneración burocrática de una revolución traicionada, lo clavan, capturan a la perfección esa sensación de que el sueño original se había corrompido por completo. Vale, mientras todo esto pasaba, ¿qué ocurría con la otra rama del socialismo? Pues la que había dicho no a la revolución siguió su propio camino y evolucionó muchísimo, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. Y aquí es donde vemos un cambio de chip, pero radical. Antes de la guerra, los partidos socialistas eran partidos de clase, casi como una sociedad alternativa para los trabajadores. Pero después el objetivo se transformó por completo. La meta ya no era ser una contraseciedad, sino ganar elecciones y gobernar para todo el país. Este cambio de mentalidad tuvo, digamos, su puesta de largo oficial. Ocurrió en un congreso que lo cambió todo, Bad Godesberg, en Alemania en 1959. Fue el momento en el que la socialdemocracia, por así decirlo, se quitó el traje viejo y se reinventó para la nueva era que venía. ¿Y cómo lo hicieron? Pues para empezar dejaron de ser exclusivamente un partido obrero para aspirar a ser un partido de gobierno. Abrieron sus fuentes de inspiración más allá del marxismo, integrando ideas del humanismo o incluso del pensamiento cristiano. El objetivo era clarísimo, seducir a las clases medias para poder construir el famoso estado del bienestar europeo que conocemos hoy. Pero ya se sabe cómo va esto. Justo cuando parecía que este modelo de posguerra era un éxito total y estaba en su mejor momento, empezaron a salir grietas por sitios que nadie se esperaba. 1968, el famoso mayo del 68, una nueva generación toma las calles en París, en Berkley, en Praga y con ella llega una nueva izquierda que mira a sus mayores socialdemócratas y la verdad no le gusta nada lo que ve. Y la crítica que lanzaron fue brutal. Básicamente les acusaron de haberse hamurguesado, de haberse vendido al sistema. Decían que el modelo era demasiado productivista, o sea, que solo le importaba el crecimiento económico, que se había olvidado de problemas nuevos como la ecología, que se había vuelto demasiado pro estestadounidense y que ignoraba por completo las luchas de liberación que había en el tercer mundo. Si el 68 fue una sacudida desde dentro, lo de 1989 fue ya un terremoto que movió los cimientos del mundo entero. La caída del mulo de Berlín no es solo el fin del comunismo soviético, es el pistoletazo de salida a una nueva era de globalización económica que lo iba a cambiar todo otra vez. Y claro, en este nuevo tablero de juego, el socialismo tiene que volverse mucho más pragmático. La idea ya no es tanto vamos a acabar con el capitalismo, sino más bien, bueno, ya que está aquí, vamos a intentar humanizarlo. La misión ahora es casi defensiva. Se trata de proteger lo conseguido, de blindar los servicios públicos, las pensiones y los derechos laborales. Y con todo esto aterrizamos en el siglo XXI, en el presente. Y el panorama pues es todavía más complejo, si cabe, con unos retos que, vamos, los fundadores del movimiento ni se los hubieran imaginado. Y para que se vea cómo cambian las cosas de un sitio a otro, basta con mirar dos ejemplos como Francia y España. En Francia, el regran reto es la tensión entre las clases medias y las comunidades de origen inmigrante, a menudo marginadas, lo que genera debates enormes sobre el laicismo. En España, en cambio, el problema es otro, es la incapacidad de las fuerzas políticas para ponerse de acuerdo en una interpretación común de su propia historia, sobre todo de la guerra civil y la dictadura. Así que si lo resumimos, hoy la misión del socialismo democrático parece tener dos frentes abiertos. Por un lado, una batalla defensiva, la de proteger el estado del bienestar de las presiones de un mundo globalizado y, por otro, una batalla de valores, defender un mundo laico basado en la razón y la ilustración frente al avance de los fundamentalismos. Hemos visto cómo nació unido, cómo se partió en dos, cómo se transformó para poder gobernar y cómo se ha ido adaptando a un mundo que no para de cambiar. Ha demostrado una capacidad de adaptación alucinante durante más de 130 años. Así que la gran pregunta que flota en el aire es, ¿cuál será su próximo capítulo?