← Volver al buscador
FILOSOFÍA POLÍTICA I

Tema 4 | El feminismo como proyecto filosófico-político | Versión simplificada

Filosofía Política I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

Y si la lucha por la igualidad de las mujeres no fuera una especie de rebelión contra las ideas de la modernidad, sino en realidad su cumplimiento más lógico y radical. Hoy vamos a explorar esta idea tan potente de la filósofa Celiámoros, que defiende que el feminismo es precisamente eso, la gran tarea que la ilustración dejó a medias. Pues esta pregunta, que es bastante incómoda, es el punto de partida de todo. Está en el corazón mismo de la edad de la razón, una época que nos prometió derechos universales para todos, pero que digamos se dejó un pequeño detalle por el camino, un detalle que marcó los siguientes dos siglos de lucha. Para entender bien esta paradoja, primero tenemos que ver cuál era la promesa. Así que vamos allá. Sección uno, la promesa radical de la ilustración y su enorme contradicción interna. es que hay que pararse a pensar en el bombazo que fue esta idea. O sea, de repente se propone construir una sociedad no basada en el linaje o en un supuesto derecho divino, sino en algo totalmente nuevo. La razón y la idea de que existen unos derechos que son para todo el mundo o bueno, para casi todo el mundo. Y aquí está el truco, la letra pequeña del contrato. Ese sujeto universal del que hablaban los ilustrados era de forma implícita un hombre. Y esto no fue un despiste sin más, no. fue una contradicción que estaba en el mismísimo centro del proyecto ilustrado. Y es justo ahí, en esa contradicción, donde empiezan a hacer el feminismo moderno, porque esa incoherencia provocó un cambio total, un salto cualitativo en cómo las mujeres empezaron a articular su opresión, pasaron de la queja a la exigencia. Antes de esto, los textos que había eran lo que se conocía como memoriales de agravios, básicamente listas y listas de injusticias, de lamentos, de sufrimiento. Eran muy importantes, claro, pero atacaban los síntomas, no la raíz del problema. No tenían, por así decirlo, el lenguaje para cuestionar la legitimidad del sistema en sí. La cosa cambió cuando entraron en juego tres grandes corrientes de la modernidad. Primero, la ilustración, que dio la herramienta de la crítica. Segundo, el cartesianismo, que dijo que la capacidad de pensar la razón no tiene género. Y tercero, la teoría del contrato social que aportó todo el vocabulario de derechos y ciudadanía. Juntas fueron el motor del cambio. Vale, fijaos bien en la tabla, porque este cambio es la clave de todo. El discurso ya no era, "Por favor, compadézcanse de nuestro sufrimiento, no." El discurso pasó a ser, "Sean coherentes con los principios que ustedes mismos defienden." Se pasó de pedir piedad a exigir justicia y coherencia. Fue una jugada maestra, de verdad. Las mujeres empezaron a las propias palabras de la revolución: privilegio, aristocracia, tiranía y a usarlas como un espejo para que la sociedad viera la gran hipocresía que suponía mantener la dominación masculina. Y claro, todas estas ideas no se quedaron en los libros. El primer gran campo de pruebas donde la teoría chocó de frente con la realidad fue la Revolución Francesa. Es que esta cronología es bueno, es tremenda. Ilustra el conflicto a la perfección. En 1789 se promete libertad universal. En 1791 las mujeres con Olimpe de gouges a la cabeza dicen, "Perfecto, la queremos para nosotras también." Y la respuesta del poder en 1793 es brutal. Se prohíben sus organizaciones y a ella la mandan a la quillotina. Si Olimpe de G fue la que dio la batalla en la arena política, la que puso los cimientos filosóficos de todo esto fue Mary Wallstoncraft. El argumento de Wstoncraft era de una lógica aplastante. No pedía un trato especial, simplemente exigía que se aplicara la razón y la universalidad a todo el mundo. Su idea de fondo era simple. Una Constitución que deja fuera a la mitad de la gente no es solo injusta, es incoherente, no se sostiene. Y aquí llegamos al meollo filosófico de la cuestión. Para poder reclamar derechos universales, lo primero que tuvo que hacer el feminismo fue desmontar la idea de que la posición de la mujer era algo natural. Si las diferencias que vemos no son un destino biológico, sino el resultado de la educación y las leyes, entonces la igualdad no es una opción, es una obligación política. Esta batalla de las ideas, por supuesto, no se quedó en el siglo XVII. Damos un salto adelante para ver como esta misma exigencia de coherencia se aplicó en frentes nuevos, llevando la política a lugares donde antes se consideraba que no debía entrar. Las sufragistas desde mediados del siglo XIX básicamente siguieron tirando del mismo hilo. Su argumento era, a ver, si vivimos en un mundo moderno que se basa en los derechos individuales, ¿cómo puede ser que esos derechos se evaporen en cuanto una mujer cruza la puerta de su casa? ¿Cómo se justifica que se le nieguen por su sexo? Era, como decían, un anacronismo. Y de aquí surge uno de los lemas más famosos del feminismo. ¿Qué significa lo personal es político? Pues significa que si en el ámbito que llamamos privado, la familia, la pareja, los cuidados se están produciendo desigualdades sistemáticas, entonces eso deja de ser un asunto privado. Se convierte en un problema público que necesita soluciones políticas. Pero claro, incluso después de conseguir el voto apareció otra paradoja. Resulta que democracias que decían representar a individuos libres e iguales producían una y otra vez parlamentos llenos de hombres. Esto dejó claro que la igualdad ante la ley no era suficiente si en la práctica no se traducía en una igualdad real de representación. Y aquí es donde entran políticas como las cuotas o la paridad que a veces generan debate. No se trata de eliminar el mérito, sino de cuestionar cómo medimos ese mérito. Son mecanismos para corregir un desequilibrio histórico y asegurar que el campo de juego sea justo para todos y todas, permitiendo que el talento real, venga de donde venga, pueda aflorar. Y todo este recorrido, desde los memoriales de agravios en la Francia revolucionaria hasta los debates sobre la paridad hoy en día, nos trae de vuelta el argumento central y potentísimo de Celia Moró. Esta metáfora del hijo no deseado es brillante. Nos propone ver el feminismo no como un movimiento que va en contra de la ilustración, sino como su heredero más coherente y radical. Elijo que nadie esperaba, pero que vino a decir, "Esa promesa que hicisteis de universalidad, vengo a que la cumpláis de verdad." Esta frase es la conclusión definitiva. Es la prueba del algodón para cualquier principio que se autoproclame universal. Amoros nos dice que el feminismo no es un añadido a la democracia, es una revisión a fondo de sus cimientos para que por fin la promesa de universalidad sea de verdad para todos y todas. Y esa es la reflexión final que nos queda pendiente. Un desafío para mirar nuestro mundo y preguntarnos qué otras grandes ideas que damos por sentadas, qué otros principios universales siguen esperando a ser aplicados de verdad a toda la humanidad, sin excepciones ni letra pequeña.