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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I
TEMA 5 | Hitos de la formación de la idea de hombre propia de Occidente: los clásicos, el cristian
Tema 5
Hitos de la formación de la idea de hombre propia de Occidente: los clásicos, el cristianismo y el Renacimiento
Este tema recorre los grandes momentos fundacionales de la imagen occidental del ser humano. Desde la humanitas grecorromana y la visión cristiana del hombre como ser creado y redimido, hasta el Renacimiento, se configura una concepción del ser humano como sujeto digno, histórico y abierto al conocimiento de sí.
Basado en el Manual de la asignatura Grado de Filosofía UNED:
Antropología Filosófica I. De la Antropología científica a la filosófica.
Javier San Martín Sala
Transcripción
¿Qué significa ser humano? Parece una pregunta sencilla, ¿a que sí? Pues nada más lejos de la realidad. La respuesta que podríamos dar hoy no tiene nada que ver con la que se ha dado en otros momentos de la historia. Es en realidad una construcción, un edificio con unos cimientos que se hunden muy profundo en el tiempo. De hecho, la idea que manejamos hoy sobre lo humano es el resultado de casi 2,500 años de debates, de ideas, de conflictos. Así que para entender de dónde viene todo esto, no queda otra. Hay que la pala y empezar a excavar. Vamos a ir capa por capa atravesando los estratos de la historia que han ido moldeando cómo nos percibimos. Nuestra primera parada en esta expavación arqueológica nos lleva directos al Renacimiento. Y ojo, porque este es un punto de inflexión, un momento absolutamente clave en el que la manera de pensar en Occidente dio un giro de 180º. A ver, el cambio fundamental es este. Se pasó de entender al ser humano dentro de un marco divino, donde todo giraba en torno a Dios y su plan, a poner al propio ser humano en el centro. El foco se puso en su potencial, en su dignidad. O sea, pasamos de un espacio teológico a uno por primera vez antropológico. Y claro, ¿de dónde sacaron la inspiración para un cambio tan bestia? Pues miraron hacia un otro. Pero su otro no era un pueblo exótico y lejano, no. era el mundo clásico, la antigua Grecia y la antigua Roma. Usaron sus textos, su arte y su filosofía como un espejo, como un modelo para redescubrirse y redefinirse a sí mismos. Vale, pero esto nos lleva inevitablemente a otra pregunta. Si la gente del Renacimiento se inspiró en los clásicos, ¿de dónde venían las ideas de esos clásicos? ¿Cuáles eran sus cimientos? Para encontrar la respuesta, tenemos que seguir cabando. Hay que ir más hondo. Ya aquí, justo debajo de la capa del Renacimiento, encontramos los dos pilares gigantescos que sostienen casi todo el pensamiento occidental. Por un lado, el mundo de los griegos, por otro, el de los hebreos. Dos maneras de ver el mundo que, como vamos a ver, son radicalmente distintas. Fijaos en el contraste, porque es brutal. Para los griegos, el ser humano forma parte de un cosmos, de un universo ordenado y racional. La verdad se alcanza con el logos, o sea, con la razón, con el debate. En cambio, para la tradición hebrea, el ser humano es parte de una historia, una relación personalísima con Dios. La verdad no se deduce, se escucha, se recibe como una promesa. De toda esta herencia greco-romana surge un concepto que es absolutamente clave, la humanitas. Es una mezcla fascinante. Por un lado, coge la idea griega de Paideya, que es la formación, la educación en la razón y la virtud, y por otro la filantropía de los estoicos. esa idea de una hermandad universal, de un amor por toda la humanidad. Y de la suma de las dos sale el ideal del ciudadano del mundo. Y entonces, ¿cómo se juntan estas dos visiones tan diferentes? Pues aquí es donde entra el cristianismo, que hizo una síntesis increíble. Cogió la idea de historia del pensamiento hebreo, pero y esto es clave, la hizo universal para todo el mundo, muy en la línea de los estoicos. Y la engadió un individualismo radical. Tu salvación o tu condena es un asunto tuyo personal. De repente, el ser humano ya no se explica por su sitio en el cosmos. sino por su relación única e intransferible con Dios. Y esta estructura, esta mezcla de razón griega y fe cristiana definió lo que significaba ser humano en Occidente durante más de 1000 años. Parecía algo sólido, como una roca, eterno. Pero entonces llegó un shock, un terremoto que lo iba a cambiar absolutamente todo. Y ese terremoto tuvo un nombre, el descubrimiento de América. Fue un auténtico seísmo cultural. obligó a los europeos a enfrentarse a una realidad, a otras humanidades que no encajaban en ninguno de sus mapas, ni en los geográficos ni sobre todo en los mentales. De la noche a la mañana, el concepto de el otro dio un vuelco total. Ya no era un texto de Platón que leer o un ideal del pasado al que admirar. No, ahora era una persona de verdad, de carne y hueso que estaba al otro lado del mar. El amerindio era una presencia real, física, que rompía todos los esquemas conocidos hasta entonces. Y claro, este encuentro tan brutal provocó las preguntas más básicas y a la vez más peliagudas. Estas gentes son humanas en el mismo sentido que nosotros. Tienen un alma racional, como dice la teología cristiana. El debate fue tremendo, durísimo. En medio de toda la violencia de la conquista surgieron voces potentísimas como la de Fray Antonio Montesinos. en un sermón que ha pasado a la historia, les lanzó estas preguntas a la cara a los colonos, defendiendo sin fisuras la plena humanidad de los pueblos indígenas. Y es que la violencia fue tan salvaje que generó una crisis de conciencia brutal en Europa. Pensadores como Bartolomé de las Casas o Montain empezaron a mirarse en el espejo y a plantearse si su civilización era realmente tan superior, tan moral. Empezó una autocrítica feroz y esto llevó a algo alucinante. Se le dio la vuelta a la tortilla por completo. Empezó a nacer la figura del buen salvaje, un ser humano idealizado, inocente, puro, que no había sido corrompido por la sociedad. Y en cambio, el europeo civilizado empezó a verse a sí mismo como el verdadero bárbaro, el cruel, el que estaba moralmente en bancarrota. Vale, hemos cabado bastante, eh, ya hemos visto las distintas capas. Ahora toca volver a la superficie. Es el momento de juntar todas las piezas que hemos desenterrado y ver cómo encajan, a veces de forma un poco extraña para formar la idea que tenemos de nosotros mismos hoy. Si lo pensamos bien, el resultado de la excavación es una especie de ADN cultural. Llevamos dentro la confianza en la razón que nos viene de los griegos, también ese sentido de un yo interior único, personalísimo, que es herencia del cristianismo, la celebración de la dignidad y el potencial humano del Renacimiento. Y muy importante, esa semillita de duda, esa capacidad de autocriticarnos que nació de aquel encuentro tan violento con el nuevo mundo. Así que si hay una gran conclusión en todo este viaje es esta. Nuestra idea de lo que es humano no es algo natural, no es un hecho biológico y punto. Es una historia, es una construcción cultural que hemos ido heredando, un colaje hecho con retales de ideales muy antiguos y de dudas muy modernas. Yeah.