← Volver al buscador
HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Manual de iniciación a la historia antigua | Raúl Gonzalez Salinero

Tema 6 Conflicto entre griegos y persas

Tema 6. Conflicto entre griegos y persas 6.1. Las causas del enfrentamiento. 6.2. Primera Guerra Médica. 6.3. Atenas: un decenio de profundos cambios. 6.4. Segunda Guerra Médica. Creado con NotebookLM Basado en el libro del profesor | Raúl González Salinero | Manual de iniciación a la historia antigua 2º Año de Grado de Filosofía UNED Asignatura | Historia Antigua y Medieval

Transcripción

Pensemos por un momento en un gigante, un coloso, enfrentándose a un puñado de adversarios que para colmo están divididos entre sí. Pues bien, esa fue la realidad del choque entre el enorme imperio persa y las pequeñas ciudades estado griegas. Hoy vamos a ver cómo esta confrontación, que parecía imposible, no solo decidió el destino de una guerra, sino que acabó dando forma al futuro de todo el mundo occidental. Y esta es sin duda la pregunta del millón, la que nos va a guiar en todo este recorrido. ¿Cómo fue posible una victoria así contra todo pronóstico? Porque esto de verdad fue mucho más que una guerra. Fue el enfrentamiento de dos maneras de ver el mundo. Un auténtico choque de civilizaciones. Bueno, vamos a meternos en materia. Es que el contraste es brutal, ¿eh? Por un lado tenemos el imperio persa, un poder centralizado, autoritario, todo bajo la voluntad de un solo hombre, el gran rey. Y por otro el mundo griego, que era un mosaico de ciudades estado independientes, las polis, que muchas veces eran enemigas entre sí, pero que compartían una idea que era revolucionaria, la de la ciudadanía y el autogobierno. Y ojo, que este concepto es absolutamente clave. La polilis no era solo una ciudad, para un griego era el centro de su existencia. La idea de perder su autonomía, su capacidad para decidir su propio futuro era sencillamente impensable. Así que la amenaza persa ponía en peligro su propia forma de vida. Claro, con dos mundos tan distintos a punto de chocar, solo hacía falta una pequeña chispa para que todo estallara. Y esa chispa se encendió lejos de Atenas o de Esparta, en las costas de la actual Turquía, con la rebelión de las ciudades griegas de Jonia. Y lo interesante aquí son las causas. La revuelta no fue solo por un ideal de libertad, que también, sino por razones super prácticas. Los impuestos persas eran altísimos, la competencia comercial era asfixiante y, sobre todo, tenían miedo de perder el acceso al grano del Mar Negro, que era vital para sobrevivir. La insurrección, liderada por un tal Aristágoras de Mileto, pidió ayuda a toda Grecia, pero solo respondieron a Atenas y la pequeña ciudad de Eretria. Y ese pequeño gesto, enviar apenas 25 naves, marcaría su destino para siempre. El gran rey Darío no lo iba a olvidar. Al final la revuelta jonia fue aplastada, claro, pero la ofensa de Atenas eso exigía un castigo. Así que Darío envió una expedición de castigo y su objetivo principal era uno, Atenas. Y aquí se ve perfectamente el desafío al que se enfrentaban los persas. Desembarcaron en la llanura de maratón con un ejército muy superior. Los atenienses y su infantería pesada, los famosos oplitas, estaban prácticamente solos porque la ayuda de Esparta se retrasó por unas fiestas religiosas. Con este panorama, la decisión de su general, Milciades, de atacar de frente fue una audacia increíble. El resultado fue, bueno, fue sencillamente asombroso. La táctica de Milciades funcionó a la perfección. Al final del día, el campo de batalla estaba sembrado con los cuerpos de más de 6,000 soldados persas. Y en el otro bando, ¿cuántos atenienses? Apenas 192. La desproporción era tan bestial que la victoria se convirtió en leyenda casi al instante. Por primera vez alguien había demostrado que el todopoderoso ejército persa no era invencible. Pero claro, los atenienses más listos sabían que maratón no era el final para nada. Esto era solo el principio. Persia volvería y lo haría con mucha más fuerza. Así que la siguiente década en Atenas fue un tiempo de muchísima tensión, de preparativos y de debates políticos muy intensos. En el centro de todo este debate había dos visiones enfrentadas. Por un lado, teníamos a Arístides, que representaba a la aristocracia de toda la vida, la de los terratenientes, y que apuestaba por fortalecer el ejército de tierra. Y por el otro, Atemístocles, un político super astuto que entendió que el futuro de Atenas no estaba en la tierra, sino en el mar. Su propuesta era radical. Había que prepararse para la guerra construyendo una flota naval como nunca se había visto. Y justo entonces, la suerte o el destino le echa una mano a Temistocles. Se descubre una beta de plata riquísima en las minas y le da la oportunidad perfecta. En lugar de repartir el dinero, convence a los ciudadanos de usar esa fortuna para construir 200 trirremes, los barcos de guerra más modernos de la época. Su visión se impuso. Su rival, Aríides, fue enviado al exilio y Atenas, justo a tiempo, se convirtió en la mayor potencia naval de Grecia. Y Demisto vaya si tenía razón. 10 años después de Maratón, el hijo de Darío, Gerges, lanzó una invasión a una escala que, bueno, que no se había visto nunca. Su objetivo era anexionar toda Grecia a su imperio de una vez por todas. Ante un peligro así, un peligro existencial, las ciudades griegas hicieron lo impensable. Se unieron. Rivales de toda la vida como Atenas y Esparta de repente formaron una alianza para defenderse. Como vemos aquí, la guerra que se venía encima se iba a librar por tierra y por mar durante dos años que lo iban a cambiar absolutamente todo. La primera gran defensa es una historia que todos conocemos, las termópilas. El rey espartano Leónidas con sus 300 espartanos y otros aliados no buscaba una victoria. Era imposible. Lo que quería era resistir, contener al gigantesco ejército persa para darle tiempo a la flota griga a organizarse. Su sacrificio, claro, se convirtió en el símbolo eterno de la resistencia heroica. Después de las termópilas, los persas avanzaron y saquearon Atenas. La guerra llegó a su punto decisivo en el mar y aquí es donde la genialidad de Temistocles vuelve a ser la protagonista. Con un engaño, consiguió atraer a la gigantesca flota persa a los estrechos canales de Salamina, un lugar donde su superioridad numérica se convirtió de repente en su peor pesadilla. El resultado fue un auténtico desastre para Gerges, que lo veía todo impotente desde la costa. Sus barcos, enormes, no podían ni moverse. Chocaban entre ellos, mientras los ágiles trirremes griegos los destrozaban. La pérdida de 200 naves fue un grope devastador. Sin una fruta que pudiera abastecer a su ejército, Geres no tuvo más remedio que retirarse a Asia, dejando a su general Mardonio al mando. Y ya al año siguiente, en el 479, llegaron los golpes de gracia. En Platea, un ejército liderado por los espartanos aniquiló a las tropas de Mardonio y casi al mismo tiempo en Mícale, la flota griega destruyó lo que quedaba de la armada persa. La amenaza había sido expulsada y esta vez para siempre. La victoria fue total y sus consecuencias iban a resonar durante siglos, dando forma no solo a Grecia, sino a todo el Mediterráneo. Entonces, ¿qué nos queda de todo esto? Pues para empezar, las ciudades jonias fueron liberadas y el plan de conquista persa se abandonó para siempre. Pero lo más importante fue el nuevo equilibrio de poder. Atenas, gracias a su flota, se convirtió en la dueña del ejeo, iniciando su edad de oro. Esparta reafirmó su poderío en tierra y por primera vez se forjó una identidad griega muy fuerte. Es curioso, ¿no? La victoria que los unió también preparó el terreno para su siguiente gran conflicto. Y con esto llegamos al final. La victoria contra un enemigo común los unió como nunca antes. Sin embargo, también sembró las semillas de la siguiente gran confrontación. El ascenso imparable de Atenas y el poder de Esparta crearían una nueva rivalidad que acabaría llevando al mundo griego a otra guerra, una guerra entre ellos mismos.