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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I

TEMA 7 | El siglo XIX y los filósofos de la sospecha

Tema 7 El siglo XIX y los filósofos de la sospecha El siglo XIX introduce una ruptura crítica en la comprensión del ser humano. Marx, Nietzsche y Freud cuestionan la imagen racional y transparente del sujeto, revelando dimensiones económicas, vitales e inconscientes. Esta sospecha redefine la antropología filosófica y obliga a replantear la noción misma de humanidad. Basado en el Manual de la asignatura Grado de Filosofía UNED: Antropología Filosófica I. De la Antropología científica a la filosófica. Javier San Martín Sala

Transcripción

A ver, vamos a pensar por un momento en una idea del siglo XIX que hoy nos parecería, bueno, una auténtica locura. Se trataba nada menos que de clasificar a toda la humanidad en una única escalera científica. Sí, sí. una escalera que iba desde lo primitivo hasta lo civilizado. Hoy vamos a ver justo eso, cómo se construyó esa escalera y lo que es aún más fascinante, cómo un grupo de pensadores radicales la hizo saltar por los aires. Y aquí está la pregunta del millón, la que lo cambia todo. En el siglo XIX la respuesta a esto no se buscó en la filosofía ni en la moral, sino en algo que se vendía como ciencia pura y dura, una ciencia de la historia humana. La idea en sí era monumental. La gran ambición de la época fue tratar a toda la humanidad como si fuera un único objeto de estudio. El objetivo era crear una sola gran narrativa, una única historia que explicara el progreso de todos los pueblos de la Tierra. Claro, esto no salló de la nada. Las semillas se plantaron ya en el siglo XVII. Personajes como el jesuita, Laitó, por ejemplo, crearon lo que se llamó el método comparativo. La lógica era bastante simple, pero muy potente. Si observamos a los sioqueses de hoy, quizás, solo quizás, estemos viendo cómo vivían los europeos en su propio pasado lejano. O sea, el presente de unos era literalmente el pasado de otros. Y con ese método conocimiento, el siglo XIX levantó su gran modelo, el evolucionismo. La idea ya no era solo comparar, sino ordenar, poner a todas las sociedades humanos en fila, en una única línea de tiempo, una escalera directa hacia el progreso. La teoría era sencilla y, por eso mismo poderosa. El evolucionismo antropológico defendía que todas y cada una de las culturas del mundo pasaban por las mismas fases sin excepción. era ver la historia como una escalera donde algunas sociedades, claro, estaban en los peldaños de abajo y otras, obviamente las europeas estaban en la cima. Y no hay mejor resumen que el título de este libro de Luis H. Morgan, una de las figuras clave es que, escuchadlo bien, las líneas del progreso humano desde el salvajismo a la civilización. No hay lugar a dudas, ¿verdad? Es una única línea con un principio y un final muy claros. Y ojo, que el sistema era metódico hasta decir basta. Cada pequeño aspecto de una cultura, daba igual si era su comida, su organización social o su religión, servía para asignarle un peldaño. El salvajismo, por ejemplo, se definía por la caza, las bandas y el animismo. La barbarie ya subía a un nivel: agricultura, clanes y politeísmo. ¿Y qué era la civilización? Pues mira qué casualidad se definía justo con los rasgos de la sociedad occidental de la época. ¡Sorpresa! Y así llegaron a una conclusión que es cuanto menos asombrosa. Los pueblos, que ellos llamaban primitivos, eran en realidad fósiles vivientes. Estudiarlos no era conocer otra cultura diferente, era como subirse a una máquina del tiempo para ver el propio pasado prehistórico de Occidente. Pero claro, este modelo tan ordenadito y con esa pátina de científico tenía problemas y problemas muy muy serios, problemas que no tardarían mucho en hacer que toda la escalera empezara a tambalearse peligrosamente. La crítica fue demoledora, como tenía que ser. Primero se les echó en cara que convertían a seres humanos en simples datos, en objetos de un laboratorio. Segundo, y esto es clave, el otro no era simplemente diferente, era inferior, una versión atrasada de nosotros. Y quizás el error más grave de todos, dar por hecho que tener una tecnología simple significaba tener un arte simple, una lengua simple y un pensamiento simple. En el fondo era la coartada científica perfecta para la era del colonialismo. Pensemos un segundo en lo que esto significa. Al ver a otras culturas, como si fuera nuestro propio pasado, se las estaba devaluando por definición. No era un análisis objetivo, era una forma de apropiación. Se estaba escribiendo la historia de los otros como si fuera un simple prólogo a la nuestra. y siempre, siempre desde una posición inferior. Y aquí es donde la historia da un giro que es sencillamente genial. Un grupo de pensadores cogió esa misma lupa crítica que la antropología usaba para estudiar a los otros y le dio la vuelta 180º para apuntar directamente a su propia sociedad, a la sociedad occidental. El cambio en la pregunta es, ¿es brutal? La antropología miraba con un telescopio a los otros para entender su propio pasado. En cambio, los filósofos de la sospecha quitaron el telescopio y pusieron un espejo, a menudo un espejo roto delante de su propia cultura para preguntar, "Un momento, ¿somos de verdad tan racionales, tan morales y tan avanzados como nos creemos?" Y hubo tres figuras que lideraron este ataque a la autocomplacencia. Se les conoce como los maestros de la sospecha y cada uno apuntó a un pilar fundamental de la cultura occidental. Marx fue a por la economía. Freud dinamitó la idea de una mente racional y consciente. Y Nietzsche, bueno, Nietzsche fue a por los cimientos de la moral misma. Marx diagnosticó el gran mal de la sociedad industrial y no era la falta de progreso, sino algo que llamó alienación. Pero ojo, no se refería a sentirse un poco triste o desconectado, no, no era un hecho material, económico. En el capitalismo, el trabajador crea algo que no le pertenece, que se le quita. Y al hacer eso se convierte en un extraño para su propio trabajo, que es la expresión misma de su humanidad. Si Mars miraba hacia fuera, hacia la sociedad, Freud hizo justo el viaje contrario hacia dentro a la Sique. Son las dos caras de la misma moneda. Mientras Mars decía que las fuerzas económicas nos moldean, Freud vino a decir que las fuerzas que de verdad nos gobiernan están dentro de nosotros y que para colmo son en su mayoría inconscientes. Lo que Freud nos mostró fue una mente en constante conflicto. Por un lado, el ello con sus deseos más primitivos. Por otro, el super yo, que es como un policía moral que hemos interiorizado de la sociedad. Y en medio el pobre yo, intentando poner paz entre los dos y la realidad. La idea de que somos seres puramente racionales quedó hecha ñicos. La mayor parte de lo que nos mueve, según Freud, está escondida de nuestra propia vista. Y finalmente, Nietzsche, que dio el golpe de gracia. Su famosa frase "Dios ha muerto" no es un grito de alegría ni mucho menos. Es una advertencia aterradora. Lo que quería decir es que al destruir el fundamento de su moral, Dios, Occidente se había quedado sin brújula, flotando a la deriva en un vacío absoluto, aunque todavía no se hubiera dado cuenta del vértigo que eso suponía. Pero Nietzsche no solo destruía, también proponía una salida. Lo explicó con su metáfora de las tres metamorfosis. Primero, el espíritu es como un camello que carga con el peso de la tradición sin quejarse. Luego se transforma en un león que ruge, no y destroza esos viejos valores para ser libre. Y el paso final es convertirse en un niño, alguien capaz de crear sus propios valores desde cero. Un nuevo comienzo. Ese es el ideal de su superhombre. El impacto de todo este movimiento fue simplemente inmenso. Aquella confianza ciega que tenía el siglo XIX en su propia superioridad y en una única escalera de progreso quedó herida de muerte. Y así es como cerramos el círculo de una ciencia fallida, sesgada y arrogante sobre los otros, nació algo totalmente inesperado, una de las autocríticas más feroces y profundas que la cultura occidental se ha hecho jamás a sí misma. El telescopio se convirtió de repente en un espejo. Marx, Freud y Nietzsche nos dejaron una herencia muy clara, la sospecha. Nos enseñaron a no fiarnos de lo que parece evidente, ya sea en la economía, en la razón o en la moral. Y su pregunta, la verdad, resuena hoy con más fuerza que nunca. Si ellos se atrevieron a derribar los grandes ídolos de su tiempo, ¿qué ídolos gobiernan el nuestro sin que ni siquiera nos demos cuenta?