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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I
TEMA 8 | La antropología filosófica en el siglo XX
Tema 8
La antropología filosófica en el siglo XX
En el siglo XX la antropología filosófica se desarrolla explícitamente con autores como Scheler, Plessner y Heidegger. Surgen distintas aproximaciones al ser humano, desde lo biológico hasta lo existencial, en diálogo crítico con las ciencias humanas y con debates como el estructuralismo y la proclamada “muerte del hombre”.
Basado en el Manual de la asignatura Grado de Filosofía UNED:
Antropología Filosófica I. De la Antropología científica a la filosófica.
Javier San Martín Sala
Transcripción
El siglo XX fue mucho más que un siglo de guerras mundiales y avances tecnológicos. Eh, fue por encima de todo un siglo sacudido por una crisis de identidad, pero una crisis de las gordas. Se desató una batalla de ideas, de esas feroces y profundas, que nos obligó a todos a mirarnos al espejo y preguntarnos, pero bueno, ¿qué somos en realidad? Venga, vamos a meternos en el lío. Pensemos un poco en el contexto. Darwin ya nos había bajado del pedestal, ¿no? Nos había mostrado como un simple eslabón más en la cadena evolutiva. Luego llega Freud y nos descubre que tenemos una especie de sótano oscuro en la mente, el inconsciente. Y para rematar, el trauma de dos guerras mundiales había hecho añicos cualquier idea de progreso moral. O sea, las viejas certezas se habían evaporado. De repente, la pregunta sobre qué significa ser humano dejó de ser un lujo filosófico para convertirse en una auténtica urgencia existencial. Y con ese panorama se preparó el escenario para uno de los debates intelectuales más fascinantes de la historia moderna. En una esquina, la filosofía armada con la introspección, buscando nuestra esencia, eso que nos hace únicos. Y en la otra, la ciencia, con sus instrumentos, sus métodos, buscando el mecanismo que nos hace funcionar. dos titanes frente a frente y ambos intentando descifrar el gran enigma humano. Vamos a empezar por el campo de la filosofía, que lejos de darnos una respuesta única y ordenada, lo que hizo fue proponer, ojo, al menos tres caminos radicalmente distintos para entendernos, tres visiones que, de hecho, competían entre sí. El primer camino nos lo enseña Max Sheller con una visión que podríamos llamar desde arriba. Para él, la clave de todo es que no somos solo un animal un poco más listo. Tenemos algo que nos distingue por completo, el espíritu. Y este espíritu es lo que nos permite no ser esclavos de nuestros instintos ni de lo que nos rodea. Nos da la libertad de estar, como él decía, abiertos al mundo, de elegir, de dar sentido a las cosas más allá de la pura supervivencia. Ahora cambiamos totalmente de perspectiva con Helmutth Plesner y su enfoque desde abajo. Él nos dice, "A ver, para entendernos, comparémonos con otros seres vivos." Y aquí es donde su idea me parece brillante. Un animal, dice Plesner, vive desde su centro. Está totalmente fusionado con sus instintos. Nosotros, en cambio, sabemos que tenemos un centro. Somos conscientes de nosotros mismos y esa capacidad de distanciarnos, de observarnos como desde fuera, es lo que él llama nuestra posición excéntrica. Y de ahí, de ahí nace la autoconciencia, el arte, la cultura, todo. El tercer camino nos lleva hacia dentro de la mano de Martin Heidegereger y este rompe con todo lo anterior. De hecho, es que ni siquiera quiere usar la palabra humano, prefiere Dasignin, que se podría traducir como serai. Para Heidegger no tenemos una esencia fija como la tiene una mesa o una piedra. Somos pura posibilidad. Nuestro ser no es algo que es, sino algo que se está haciendo constantemente a través de nuestras decisiones, nuestros proyectos y, muy importante, nuestra conciencia de que vamos a morir. Existir es estar siempre en juego. Esta tabla resue de maravilla el debate interno que tenía montado la filosofía. Por un lado, Sheller, que parte del espíritu y nos ve como algo que trasciende la naturaleza. Por otro, Plesner, que parte del organismo y nos define por esa capacidad de autorreflexión, esa excentricidad. Y finalmente, Heidel, que parte de la existencia misma. y nos ve como un proyecto abierto, un ser ahí. Tres respuestas profundísimas y muy distintas a la misma pregunta. Pero claro, mientras la filosofía le daba vueltas al espíritu y la existencia, la ciencia, con una confianza en sí misma arrolladora, estaba construyendo un modelo del ser humano radicalmente distinto. Vamos a ver ahora el otro lado de esta gran conversación, porque el contraste es brutal. Y aquí está el meollo, el choque de mundos. donde la filosofía preguntaba por la esencia, la ciencia respondía con el mecanismo. Donde se hablaba de espíritu, la ciencia ponía sobre la mesa la bioquímica. Las grandes preguntas sobre el ser y el sentido se toparon de frente con un modelo implacable basado en el comportamiento que se puede observar y en el famoso bidomio estímulo respuesta. El modelo científico era metódico y para la visión clásica demoledor. Primero, el darwinismo nos consolidó como un producto del azar y la necesidad evolutiva, sin más. Segundo, el reduccionismo bioquímico con gente como Jack Monoth, que defendía que todo, desde el amor hasta la ambición, se podía explicar en última instancia por la química. Y tercero, el conductismo, que nos reducía a simples mecanismos predecibles, tratando la mente y la vida interior como una especie de caja negra que ni siquiera merecía la pena mirar. Y justo cuando la batalla parecía clara, filosofía contra ciencia, humanismo contra reduccionismo, la historia nos regala un giro de guion de los buenos, un nuevo movimiento nacido en el corazón de la propia filosofía, el estructuralismo, que de repente pareció dar la razón a la ciencia. Esta idea inspirada en el antropólogo clus auténtica bomba. Lo que nos viene a decir es que esa voz interior, que creemos que es nuestro yo más profundo, en realidad no es tan nuestra. Somos hablados por estructuras que no controlamos. El lenguaje que usamos, los mitos de nuestra cultura, las reglas sociales. Somos, en definitiva, el resultado de un sistema, no su origen. Así que desde esta nueva y provocadora perspectiva, la idea de un individuo libre, autónomo, se desvanece por completo. No somos los dramaturgos que escriben la obra de nuestra vida, somos más bien los actores que interpretan un guion que ya estaba escrito por la cultura y la historia. un guion que nos precede y nos supera. Bueno, pues este giro antihumanista llegó a su punto más alto, a su clímax más radical con el filósofo Michelle Foucault. Él cogió todas estas ideas y las llevó a su conclusión más famosa y desde luego más controvertida, la muerte del hombre. Lo que Fouca argumentó fue una auténtica revolución. Dijo que la mismísima idea de hombre, así con mayúscula, como centro del universo y objeto de estudio, no es una verdad eterna. Es, de hecho, una invención bastante reciente que apareció con la modernidad y claro, si fue una invención de una época atada a un marco de saber muy concreto, entonces cuando ese marco se rompa la invención puede simplemente desaparecer. Y esta cita es la imagen que lo resume todo de una forma brillante. Para Foucault, esta figura del hombre que ha dominado nuestro pensamiento durante dos siglos es solo una configuración temporal, como un dibujo en la arena. Y la marea de la historia está subiendo y está a punto de borrarlo para siempre. Un final poético y demoledor para el humanismo clásico, desde luego. Y así toda esta batalla de ideas del siglo XX nos lanza de lleno a nuestro presente y nos deja con una pregunta que hoy es más relevante que nunca. Si ese concepto de hombre fue una construcción histórica que ya se está desvaneciendo, ¿qué viene después? ¿Qué nuevo rostro está emergiendo de la arena mientras estamos hablando? La pregunta, claro, queda abierta.