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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I
TEMA 9 | La constitución de la antropología biológica y su influencia en la imagen del ser humano
Tema 9
La constitución de la antropología biológica y su influencia en la imagen del ser humano
La antropología biológica surge al estudiar la diversidad y el origen de la especie humana. El darwinismo y sus desarrollos posteriores transforman profundamente la imagen del ser humano, planteando tensiones entre naturaleza y cultura que la antropología filosófica debe interpretar críticamente.
Basado en el Manual de la asignatura Grado de Filosofía UNED:
Antropología Filosófica I. De la Antropología científica a la filosófica.
Javier San Martín Sala
Transcripción
A ver, ¿alguna vez nos hemos parado a pensar cómo llegamos a entendernos a nosotros mismos como especie? Es que es una de las preguntas más potentes que hay, ¿no? Pues bien, hoy vamos a meternos de lleno en esa historia, en cómo la ciencia fue tirando del hilo hasta descubrir cuál es nuestro verdadero lugar en la naturaleza. Y todo, todo este viaje arranca con una pregunta que lanzó el filósofo Immanuel Kant. Una pregunta que resuena hasta hoy. ¿Qué ha hecho la naturaleza de nosotros? Ojo que no es solo una reflexión filosófica, eh, es que esta pregunta fue literalmente la chispa que encendió todo el campo de la antropología biológica. Claro, en el siglo XVII esta pregunta era un rompecabezas con dos piezas enormes. Por un lado, había que mirar hacia dentro, o sea, ¿cómo es posible que hubiera tanta diversidad entre los humanos por todo el mundo? Lo que en esa época se llamaban razas. Claro. Y por otro lado, tocaba mirar hacia fuera y aquí venía el shock. ¿Cómo explicamos nuestro increíble parecido con esos simios que se acababan de descubrir en África y Asia? Era un doble misterio. Pues venga, vamos a meternos en faena. Las primeras pistas, claro, llegaron con la era de los grandes viajes, la era ela de los descubrimientos y lo que provocaron fue una crisis de identidad en toda regla. La primera gran idea que se puso sobre la mesa fue el monogenismo. La cosa era sencilla, todos los humanos descendemos de una única pareja, una idea que, bueno, encajaba muy bien con el relato bíblico. Pero claro, aquí surgía un problemón. Si todos venimos del mismo origen, ¿por qué somos tan diferentes? La respuesta que daban era, bueno, la adaptación al entorno, el clima, la geografía, todo eso nos fue cambiando. Y justo en la otra esquina del ring estaba el poligenismo. Esta teoría decía todo lo contrario, ¿no? No, las distintas razas humanas vienen de orígenes distintos, de parejas ancestrales separadas. A ver, esto explicaba la diversidad de un plumazo, era mucho más directo, pero tenía dos pegas enormes. Primero, chocaba de frente con el dogma religioso y segundo, y esto es muy importante, abría la puerta a pensar que había diferencias fundamentales entre unos pueblos y otros. El debate era tremendo, monogenismo contra poligenismo. Y al final toda esa discusión tan enorme se concentró increíblemente en un único punto, en una pieza de evidencia física. Un solo hueso, un huesechillo que parecía ser la última muralla entre la humanidad y el resto del reino animal. Y aquí es cuando aparece un personaje fascinante, el poeta y naturalista Johan Wolfgan von GE. Göte tenía una idea muy clara, casi una obsesión. La naturaleza es un todo unificado. Estaba convencido de que todos los animales tenían que venir de un animal primigenio, un molde original. Pero había un pequeño detalle, un hecho tozudo que no le cuadraba en su esquema. Y ese hecho era un hueso, el intermaxilar. A ver, para que nos hagamos una idea, es ese hueso donde tenemos los incisivos superiores. Pues resulta que todos los mamíferos, todos los simios, todos lo tenían. Y los humanos, pues no, parecía que no lo teníamos. Y claro, esto se interpretaba como una prueba de nuestra excepcionalidad, un rasgo casi divino que nos hacía diferentes. Pero Wete no se rindió. Su idea de una naturaleza unificada era más fuerte, así que se puso a investigar, a buscar. Hasta que en 1784 Bingo hizo un descubrimiento alucinante. Se dio cuenta de que sí, en el cráneo de un humano adulto ese hueso está fusionado y no se ve, pero si miraba un embrión humano, ahí estaba. Las trazas eran visibles. El impacto de esto fue bueno, fue un auténtico terremoto. De un día para otro, esa barrera anatómica que supuestamente nos separaba de los animales se había venido abajo. Vale, con esa barrera ya rota, el escenario estaba listo para que apareciera otro investigador, uno que no solo iba a encontrar más pistas, sino que iba a cambiar las reglas del juego por completo. Hablamos, por supuesto, de Charles Darwin. Y con él la pregunta central de un giro de 180º. Ya no se trataba de clasificar, no era como ordenar mariposas en una caja. La cuestión ya no era qué somos, como si fuéramos algo estático y fijo. La nueva pregunta, la revolucionaria, era cómo hemos llegado a ser. Se trataba de descubrir una historia, un proceso dinámico, una evolución compartida. Pero claro, una idea tan potente como la de Darwin no sale de la nada. Él estaba empapado del ambiente intelectual de su tiempo. Pensemos, Adam Smith ya hablaba de que la sociedad avanzaba por la competencia entre individuos que buscaban su propio interés. Luego vino Maltus y soltó la bomba. La población crece más rápido que los recursos, lo que inevitablemente lleva a una lucha por la existencia. ¿Y qué hizo Darwin? Pues en cierto modo miró la naturaleza y dijo, "Oye, aquí pasa exactamente lo mismo. Esa lucha por la existencia era el motor de lo que él llamó la selección natural. Y es justo aquí donde la historia se pone todavía más interesante, porque nos demuestra algo fundamental, que la ciencia, por muy objetiva que quiera ser, nunca es del todo inmune a la sociedad en la que nace. Aquí entra en juego la crítica de gente como Marx y Engels. Lo que ellos señalaron es que veían una especie de argumento circular. Es como si, a ver, paso uno, Darwin vive y observa la sociedad de su época, la Inglaterra victoriana, que es supercpetitiva y capitalista. Paso dos, él quizás sin darse cuenta proyecta ese mismo modelo de competencia y lucha en el mundo natural. Y paso tres, el más polémico, esa ley natural que él describe se usa luego para decir, "Ven, el capitalismo competitivo es lo natural, es inevitable. Lo dice la propia naturaleza." De hecho, hay una cita de Marx que lo clava. Decía algo así como, "Es increíble como Darwin reconoce en los animales y las plantas su propia sociedad inglesa, con la división del trabajo, la competencia y la lucha por la existencia de Maltus. Es una reflexión muy potente sobre cómo las ideas científicas no flotan en el vacío, sino que están ancladas en su tiempo. Pero la teoría de Darwin, a pesar de su genialidad, se topó con problemas. Al centrarse tanto en el individuo, le costaba explicar algunos de los grandes saltos evolutivos. ¿Cómo surge algo tan complejo como un ojo, por ejemplo, de forma gradual? Parecía que faltaba una pieza en el puzle, una pieza fundamental que tardaría décadas en aparecer, la genética. Y con la genética llegó lo que se conoce como la síntesis moderna o neodarwinismo, que fue como una actualización brutal de la teoría. El cambio de chip fue clave. Fíjense, la unidad de evolución ya no es el individuo solitario, es la población entera. Y el motor ya no es solo la supervivencia del más fuerte, sino algo más sutil, la eficacia reproductora. O sea, ¿quién consigue dejar más descendencia que a su vez se reproduce? Así la evolución pasó a definirse como un cambio en las frecuencias de los genes de una población. Y este nuevo enfoque, la verdad, salvó la teoría y la hizo muchísimo más potente. Y por supuesto, la historia no acaba aquí, ni mucho menos. Hoy en día tenemos herramientas que Darwin ni habría soñado y nos están permitiendo leer capítulos de nuestro pasado que eran completamente desconocidos. Por ejemplo, tenemos ideas como el equilibrio puntuado de Stephen J. Gold, que sugiere que la evolución no siempre es un proceso lento y continuo, sino que a veces puede dar grandes saltos, ráfagas de cambio. O pensemos en el reloj molecular. Gracias a la genética, hoy sabemos sin ninguna duda que los chimpancés son nuestros parientes vivos más cercanos, más incluso que los orangutanes. Y qué decir del análisis del ADN mitocondrial, que nos ha permitido seguir el rastro genético hacia atrás y descubrir que todos los humanos actuales descendemos de una población ancestral común que vivió en África. Como vemos, la historia de quiénes somos es un libro que la ciencia sigue escribiendo día a día. Cada nuevo fósil, cada análisis genético añade una nueva página, a veces reescribiendo las anteriores. Así que la gran pregunta sigue en el aire. ¿Qué nos revelará el próximo capítulo sobre nosotros mismos?