Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Bueno, vamos al dío. Hoy vamos a analizar una idea que, fíjate, aunque tiene 16 años, es absolutamente clave para entender no solo el lenguaje académico, sino cómo funciona nuestro conocimiento en general. Nos vamos a meter de lleno en la teoría de los signos de Agustín de Ipona para aprender a ver el mundo como si fuera un texto, un texto que podemos leer. A ver, todo arranca con esta pregunta. Parece ser simple, ¿verdad? Pero en el fondo es de las más complejas que hay. ¿Por qué el humo nos hace pensar en fuego? ¿O por qué la palabra árbol, así sin más, nos trae a la mente la imagen de un árbol? Pues bien, Agostín de Ipona propuso un sistema, un marco de pensamiento radical para explicar cómo cualquier cosa, da igual un gesto, una nube, una palabra, llega a tener un significado para nosotros. Y aquí, ojo, está la clave de todo su punto de partida. Para Agustín en el mundo hay dos tipos de realidades, las cosas y los signos. Una cosa, pues es lo que es y ya está. Una piedra es una piedra, no hay más. Pero un signo, ah, un signo es otra historia. Un signo, además de ser lo que es, siempre apunta más allá. Nos dispara la mente hacia otra cosa. Y este mecanismo tan sencillo es la base de todo lo que sabemos. Para que lo pillemos bien, vamos a hacer este recorrido en tres pasos, como un viaje hacia dentro. Empezaremos fuera, en el mundo, en la naturaleza, aprendiendo a leerla. Después nos meteremos con el lenguaje, o sea, con los signos que nosotros mismos hemos inventado y al final llegaremos al núcleo de todo, la mente, que es donde el significado cobra vida de verdad. Venga, pues empezamos por lo más básico, el primer nivel. Mucho antes de que existieran las palabras o cualquier acuerdo entre humanos, la propia naturaleza ya nos estaba hablando, por así decirlo, a través de lo que Agustín llama los signos naturales. Y lo más fascinante de este tipo de signo es que no hay nadie detrás queriendo decir algo. El humo no tiene la intención de significar fuego ni un grito de dolor intenta comunicar nada de forma voluntaria, ¿no? Simplemente nuestra mente observa que siempre van juntos, ve esa conexión y saca una conclusión. lo que hacemos es literalmente leer el mundo. O sea, que estos signos funcionan por pura lógica, no causa efecto o porque estamos acostumbrados a que sea así. Nadie los ha creado. Y esto para Agustín es fundamental porque de repente convierte el universo entero en una especie del libro abierto. Es la primera capa de conocimiento que adquirimos. Deducir lo que no vemos a partir de lo que sí vemos. El trueno nos hace pensar en la tormenta, por ejemplo. Vale, dejamos la naturaleza a un lado por un momento y subimos un peldaño. Ahora entramos nosotros en la ecuación. Vamos a ver esos signos que no están ahí fuera, sino que los hemos creado nosotros a propósito, las palabras. A estos Agustín los llama signos dados. Y esto ya no es como el humo, ¿eh? Aquí la cosa cambia por completo. La palabra fuego solo existe porque un grupo de gente, una comunidad, se puso de acuerdo en que esa combinación de sonidos se referiría a, bueno, al fuego. Es un signo totalmente artificial, intencionado, es la base de nuestro lenguaje. Y claro, uno piensa en el lenguaje y dice, "Vale, para hablar con los demás, pero es que Agustén va mucho más allá. Evidentemente sirve para comunicar lo que pensamos, pero también nos permite fijar el conocimiento, guardarlo en la memoria, en libros, en fórmulas e incluso, y esto es muy potente, nos permite hablar con nosotros mismos, ordenar nuestras ideas, meditar. Pero ojo que aquí Agustín nos lanza una advertencia muy seria, algo que es, bueno, crucial en el mundo académico y en la vida. Las palabras son un vehículo increíble. Son imprescindibles para llegar a la verdad, para enseñar, para debatir, pero al mismo tiempo pueden ser una trampa mortal. Si nos quedamos solo en las palabras, si las confundimos con la realidad que representan, nos convertimos en prisioneros de los propios signos. Y con esa advertencia en mente llegamos al corazón de todo, al nivel más profundo de este viaje hacia el interior. Llegamos a una pregunta clave. ¿Qué hay justo antes de que pronunciemos una palabra? ¿Qué existe en la mente en estado puro? Pues ahí está el verbum mentis, la palabra interior. Es una idea alucinante si lo piensas. Antes de que tú digas árbol, en tu mente se ha formado ya el concepto de árbol. Es la idea pura, una estructura de significado que aún no tiene sonido ni letras. La palabra que decimos, la que oímos, es solo la ropa que le ponemos a ese concepto interior para poder sacarlo al exterior. Entonces, fijaos en la cadena que se forma, que se ve aquí perfectamente. La palabra que pronunciamos, la exterior, es un signo de la palabra interior, del concepto. Y a su vez ese concepto que tenemos en la mente es un signo de la realidad, del objeto que hemos conocido. El lenguaje es un signo de un signo. Es brutal. ¿Vale? Hemos visto los tres niveles, los signos de la naturaleza, los que creamos con el lenguaje y esos conceptos puros en la mente. Y ahora la pregunta del millón es, ¿y todo esto, ¿para qué? ¿Cuál es el objetivo final de conocer? Y aquí está el remate final de Agustín, la verdadera meta. El objetivo no es ser un coleccionista de signos, no es acumular palabras o datos. El verdadero saber consiste en aprender a leer la naturaleza, sí, en usar bien el lenguaje también, y en formar ideas claras, pero por encima de todo en atravesar todos esos signos para llegar a la realidad que hay detrás. Los signos son el camino, nunca el destino. Y esta frase que tenéis aquí lo condensa todo de una forma magistral. Para Agustín, el conocimiento de verdad no es un juego intelectual para ver quién sabe más. No se trata de coleccionar palabras, se trata de un viaje que te transforma. Los signos, si los usas bien, te tienen que llevar a una comprensión más profunda de la realidad y, en su caso, a la caridad y a la verdad última, que para él era Dios. Y claro, todo esto que tiene casi dos milenios nos lleva de cabeza a nuestro mundo de hoy. Vivimos absolutamente bombardeados por signos, notificaciones, titulares, memes, datos, logos. Si la sabiduría consiste en atravesar los signos para llegar a la realidad, la pregunta es inevitable. ¿Cuáles de todos estos signos modernos, en lugar de ser un puente, se han convertido en un muro que nos impide ver lo que hay detrás? Ahí queda esa reflexión que me parece potentísima para navegar nuestro presente.