← Volver al buscador
ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
02 03 04 Es el capital, ¡estúpido!
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hoy vamos a meternos de lleno a desgranar las fuerzas ocultas que se esconden, sí, detrás de algunos de los edificios más espectaculares del mundo. Venga, para meternos en materia, arranquemos con una pregunta. Fijaos en estos tres iconos modernos. El Gugenheim de Bilbao, el famoso pepinillo de Norman Foster en Londres y la torre vela del BVA en Madrid. A simple vista, bueno, son proezas del diseño, ¿no? Pero, ¿qué historia nos cuentan de verdad? Pues la respuesta es que todos ellos representan una era completamente nueva en la arquitectura, una que se define sobre todo por el espectáculo y por la identidad de marca. A ver, en pleno siglo XXI, un diseño de estos, tan singular, tan llamativo, ya no es solo una cuestión de estética, ¿no? Es una estrategia de negocio potentísima. El nombre del arquitecto se convierte en un activo en sí mismo. O sea, tener un Foster, un Garyry, es como tener un Picaso. Es una marca que de paso le lava un poco la cara a las grandes corporaciones, sobre todo a las del mundo financiero, que siempre andan necesitadas de proyectar una imagen, pues eso, más amable. Y claro, esta estrategia les permite a las corporaciones jugar a ser los nuevos mecenas, los medichi del siglo XXI. asocian su nombre al prestigio de una superestrella de la arquitectura y al igual que los florentinos lo hacen para consolidar su poder y su influencia. No ha cambiado tanto el juego, pero bueno, si levantamos esta fachada tan bonita y miramos más allá de esa piel de titanio y de cristal, nos encontramos con una fuerza mucho más directa, mucho más poderosa que está moviendo los hilos y esa fuerza es simple y llanamente el capital. Y esto nos lleva directamente al meollo de la cuestión. La idea central es esta. Todo este espectáculo de la arquitectura moderna está en realidad totalmente entrelazado con la mecánica pura y dura del capital. Y no solo eso, sino que a menudo sirve para enmascararla. Para entender esto bien, hay un concepto del filósofo Walter Benjamin que nos viene de perlas. La fantasmagoría. Suena complicado, pero sencillo. Él se fijó en los pasajes comerciales de París del siglo XIX y se dio cuenta de como la belleza de los escaparates, toda esa seducción, en realidad tapaba la explotación de los trabajadores. Una imagen preciosa que escondía una realidad bastante más cruda. Pues bien, estas formas tan impresionantes de la arquitectura de hoy en día funcionan un poco así. Son como una fantasmagoría moderna, un escaparate espectacular donde se entierran verdades muy incómodas debajo de una capa de belleza y de hormigón y cristal. Y esta desconexión la vemos por todo el mundo. Eh, el brillo de estos megaproyectos a menudo oculta su coste real, tanto humano como económico. Pensemos, por ejemplo, en los estadios del mundial de Qatar y todas las denuncias que hubo, o en el proyecto de Zahaja Hadid para Tokio. Un presupuesto que triplicaba el de juegos anteriores y que al final se tuvo que frenar por la presión social. Vamos, que la fiesta del capital tiene un precio y no siempre sale en la foto. ¿Crees que este contraste se vuelve todavía más salvaje cuando comparamos lo que vemos en las revistas de arquitectura con la realidad, con lo que hay a pie de calle? A ver, las fotos de las revistas de arquitectura siempre nos enseñan espacios impolutos, perfectos y casi siempre vacíos, sin gente. Es una especie de trampa estética. Nos venden una utopía que solo existe en el papel. Una imagen que nos aleja por completo de la vida real, del caos y del bullicio de las ciudades de verdad. Pero el paisaje real, sobre todo en un sitio como España, después de la burbuja inmobiliaria, buf, está lleno de fantasmas, de proyectos fallidos, esqueletos de hormigrón que parecen dinosaurios, urbanizaciones desiertas, edificios icónicos a medio construir. Son al final las cicatrices que deja el capital cuando la fiesta se acaba. Claro, todo esto nos lleva a una pregunta clave, una pregunta que va directa a los propios arquitectos. ¿Puede la arquitectura ser de verdad neutral? ¿Puede existir una arquitectura sin ideología? Y aquí el debate está servido con dos posturas muy claras. Por un lado, muchos de estos arquitectos estrella defienden que lo que hacen es simplemente un negocio, que construir para régimenes, digamos, complicados es lo mismo que hace cualquier otra empresa occidental. Pero por otro lado, la crítica responde que de eso nada, que la arquitectura es política por definición porque moldea la sociedad y nos guste o no acaba legitimando a quien está en el poder. Y ojo que este debate no es nuevo ni mucho menos. Si miramos atrás, la historia de la arquitectura moderna está llena de ejemplos de grandes nombres trabajando para régimenes, bueno, bastante problemáticos. Desde el corbusier donteando con la Francia de Bichi hasta en cargos mucho más recientes en lugares como Casajistán o Azerbaiyán. Así que la pregunta del millón es, ¿se puede de verdad separar la obra del contexto? ¿Se puede juzgar un edificio solo como arquitectura? ¿O la ideología es algo que inevitablemente secuela y acaba dando forma a nuestras ciudades y a nuestras vidas? Hay queda eso. Pero bueno, no todo es así. En las grietas de este sistema tan dominante está empezando a surgir otro tipo de arquitectura, una que en lugar de mirar para otro lado afronta estos problemas de cara. Y esta alternativa tiene muchas caras, desde arquitectos que buscan los vacíos legales para hacer cosas hasta colectivos que se dedican al activismo puro y duro. Son propuestas que van por un camino radicalmente distinto al del gran capital. Aquí el objetivo no es construir otro icono para la postal, sino crear herramientas útiles para la gente, para la comunidad. Un ejemplo buenísimo de esto es el proyecto IKEA disobedientes. Es una obra que acabó nada menos que en el MOMA de Nueva York y lo que hacía era algo muy simple. documentar cómo la gente de verdad coge los muebles de IKEA y los adapta a sus vidas. Vidas que son desordenadas, sociales y a veces hasta políticas. Justo lo contrario del ideal de hogar perfecto y aislado que nos vende la publicidad. Sin embargo, aquí la historia da un giro que revela una paradoja brutal. Una de las protagonistas de ese proyecto, una mujer llamada Candela, que usaba su pisito en Lavapiés en Madrid para organizar comidas para el barrio, fue desauciada. el motivo, no podía pagar el alquilar. Y esto es es una ilustración brillante de la capacidad que tiene el sistema para absorberlo todo. La lucha real de Candela, la que era la materia prima de la obra, desaparece, es borrada de la ecuación y mientras la representación artística de esa lucha se celebra en un museo de fama mundial, el problema político se convierte en un objeto estético de colección y el sistema, mientras tanto, sigue funcionando exactamente igual, intacto. Y todo esto nos deja con una reflexión final, una pregunta que flota en el aire. Si la arquitectura construye el mundo en el que vivimos, ¿qué mundo queremos construir? ¿Queremos ciudades que sean escaparates para el capital o herramientas para mejorar la vida de la gente? La respuesta quizás no está ni en un sitio ni en otro, sino en ese espacio tan complicado que hay entre el museo y la calle.