← Volver al buscador
ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
02 03 03 Memorias, recuerdos e historias
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hola, hoy vamos a meternos en un tema fascinante, la relación a veces complicada entre lo que recordamos, lo que se escribe como historia oficial y los edificios que nos rodean. Vamos a ver que la arquitectura, ya sean monumentos, edificios o incluso ruinas, no es para nada un espectador pasivo del tiempo. Al contrario, es una herramienta superpotente que moldea activamente nuestra forma de ver el pasado. Y para arrancar, una pregunta que parece de cajón, pero que es la clave de todo. ¿Son lo mismo la memoria y la historia? Porque, a ver, muchas veces usamos las dos palabras como si fueran sinónimos, pero lo son de verdad. Poner esto en duda es el primer paso para entender la tensión que vamos a explorar a continuación. Vamos a desglosarlo un poco. Por un lado, tenemos la memoria. Es algo nuestro, personal, subjetivo. Se basa en lo que hemos vivido. Es, digamos, la materia prima con la que cada uno construye su propia identidad. Pero la historia, ojo, con mayúscula, es otra cosa. Es una narrativa construida, casi siempre única y oficial, y es una pieza fundamental para crear identidades nacionales y sistemas políticos. Y es justo en esa tensión, en ese choque, entre la memoria de la gente y la historia oficial, donde aparece un concepto que seguro que resuna mucho últimamente porque está muy politizado, la famosa memoria histórica. Mirad, esta cita del historiador Santos Juliá lo clava. Lo que llamamos memoria histórica no es un archivo de hechos puros y duros, para nada. Es un relato que cambia, que siempre es parcial, que selecciona que contar y desde luego nunca es algo que toda una sociedad comparta exactamente igual. Depende de qué historias se cuentan, que se decide recordar y, por supuesto, qué se prefiere olvidar. Vale, pero todo esto suena muy teórico, ¿verdad? ¿Cómo se materializa esta lucha entre recuerdos e historia? Pues vamos a verlo en el terreno físico porque estas ideas se graban literalmente a fuego o mejor dicho se escriben en piedra en la arquitectura de memoriales y cementerios. Pensemos un momento a los grandes cementerios nacionales como el de Arlington en Estados Unidos o el de Duamont en Francia. El mensaje que lanzan es muy claro, ¿no? Es una narrativa de sacrificio heroico unificado por la patria. La muerte aquí es gloriosa, es igual para todos. Pero claro, en este gran relato no caben las historias incómodas. Los desertores, los que tuvieron miedo, los ejecutados. Todas esas memorias individuales se borran para construir una historia nacional fuerte y sin fisuras. Ahora vamos a comparar eso con el memorial de Serebrénica. A simple vista, todas esas tumbas iguales podrían parecer lo mismo, pero la historia que cuentan es radicalmente distinta. Aquí no hay un mito nacional. Dada tumba es forense. Es el resultado de un trabajo científico brutal para identificar a cada víctima y saber cómo murió. La historia aquí no necesita adornos, se sostiene sobre la cruda y objetiva verdad de los hechos. Y todo esto nos lleva a una pregunta bastante crítica. En estos espacios de recuerdo vemos a las víctimas, vemos a los héroes, pero hay una ausencia que clama al cielo. ¿Dónde está representado el verdugo, el que causó todo ese horror? Pues el memorial del holocausto de Berlín intenta responder a esto desde la abstracción. Son 2711 bloques de hormigón, cada uno diferente, sin un solo nombre, sin una fecha. Es un espacio que te desorienta, que te oprime. Busca evocar la escala del genocidio sin ser literal, representando a los millones de individuos perdidos como una masa anónima, pero a la vez individualizada. Claro, esta abstracción nos conecta de cabeza con el famoso concepto de Hann Arent, la banalización del mal. El riesgo de estos memoriales es que al no señalar directamente a los culpables, se puede caer en la idea de que el mal fue algo burocrático, sistémico, donde los verdugos eran simples piezas en un engranaje, como se defendió el propio nazi Eikichman. Representar eso arquitectónicamente es, como se puede imaginar, increíblemente difícil. Esto nos lleva a la siguiente idea, que es potentísima porque hemos hablado de construir para recordar. Pero a veces el acto político más fuerte es justo el contrario, decidir qué no recordar, qué borrar del paisaje. El olvido es una herramienta de poder tan o más fuerte que la propia conmemoración. Por un lado está la opción de no olvidar. Y el caso de Oradur Sumblan en Francia es tremendo. Allí se tomó la decisión consciente de no tocar nada, de dejar el pueblo en ruinas, congelado en el tiempo, como una cicatriz abierta en el paisaje, una herida permanente para que nadie olvide la barbaria. Y justo en el otro extremo, el caso contrario, demoler para olvidar. La cárcel de Caravanchel era un símbolo físico potentísimo de la represión franquista y a pesar de que muchísima gente pidió que se convirtiera en un lugar para la memoria, se decidió tirarla abajo. Es un ejemplo perfecto de cómo borrar un edificio se usa para intentar borrar una narrativa histórica incómoda del espacio público. Pero bueno, no todo es trauma y demolición. Claro. ¿Qué pasa con algo mucho más común? ¿Cómo es la rehabilitación de edificios? ¿Cómo se enfrentan los arquitectos de hoy a la memoria que guardan los edificios antiguos que transforman? Fijaos en este caso, el Sesc Pompea, la arquitecta Lina Bovardi podría haber demolido esta vieja fábrica. Era lo fácil, pues no hizo todo lo contrario. No solo la salvó, sino que celebró su pasado. Mantuvo la estructura de ladrillo y le añadió elementos nuevos de hormigón que dialogan con lo antiguo, creando un puente perfecto entre el pasado industrial y su nuevo uso comunitario. Y para ver que no hay una única fórmula, mirad estos dos proyectos del mismo estudio de arquitectura. En el palé de Tokio a la izquierda su intervención es mínima. Dejan que el fantasma del edificio, su historia de abandono, sea el protagonista. En Dunker, a la derecha hace lo contrario. Construyen un gemelo exacto al lado del edificio original. Con esto, la memoria de su uso original como fábrica se diluye. Se hace una referencia a la historia, sí, pero ya no se siente de la misma manera. Entonces, ¿a dónde nos lleva todo este recorrido? Pues a una idea clave, a la madre del cordero de todo esto. La arquitectura nunca es neutral. Cada decisión de construir, de tirar, de conservar o de reformar es una decisión sobre qué historia se quiere contar. Nuestros edificios, lo queramos o no, son narradores silenciosos que nos están contando constantemente una versión del pasado. Y con esto terminamos con una pregunta que queda en el aire para que cada cual se la lleve. La próxima vez que se dé un paseo, que se fije en los edificios, no solo por si son bonitos o feos, que se pregunte qué historia me está contando este lugar. Y quizá lo más importante, ¿qué historia está haciendo lo posible por silenciar?