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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre
02 08 Movimientos heterodoxos y secesionistas en el mundo islámico
Movimientos heterodoxos y secesionistas en el mundo islámico.
Los conflictos ideológicos.
La disgregación política | Los tres Califatos.
Segunda parte | La Alta Edad Media (siglos VIII al XI) | Los asaltos contra la Europa cristiana.
Transcripción
Vamos a imaginar por un momento un imperio que lo abarca prácticamente todo. Un solo líder, una única fe dominante. Y ahora pensemos en cómo algo tan colosal puede hacerse pedazos. De eso vamos a hablar hoy, de la gran fractura que cambió el mundo islámico para siempre y que convirtió un tablero de juego con un solo rey en una partida con varios. Si nos situamos a principios del siglo IX, al mirar el mapa del poder, solo había un centro neurálgico, la increíble y resplandeciente Bagdad. Desde allí, el califato Aí gobernaba un imperio de unas dimensiones enormes. Era el punto de referencia absoluto tanto en lo político como en lo religioso. Y esa es la gran pregunta que vamos a intentar desgranar. ¿Cuáles fueron las fuerzas que consiguieron romper esa unidad que parecía tan sólida? La respuesta, la verdad, es una historia fascinante de ideas, de rebeliones y, cómo no, de ambición. Todo gran colapso al final empieza con una pequeña grieta, así que vamos a ir al origen de todo. ¿Dónde y sobre todo por qué empezó a grietarse este imperio que parecía indestructible? A ver, ya había algunos focos de rebeldía, como por ejemplo en Alándalus, pero el verdadero terremoto, el punto de inflexión llegó justo después de la muerte del legendario califa Harun al Rashid. Su desaparición dejó un vecío de poder tremendo que aceleró la desintegración de una forma que, vamos, ya no tendría vuelta atrás. Y aquí está la clave para entenderlo todo. De verdad, en el mundo islámico medieval era imposible separar el poder de la fe. Eran las dos caras de la misma moneda. Así que las grandes rebeliones no eran solo por conquistar tierras, eran auténticas batallas sobre quién tenía la interpretación correcta y verdadera del Islam. Entonces, ¿cuáles eran estas ideas tan potentes como para desafiar a todo un imperio? Porque esto no era solo una guerra de ejércitos. Que va, esto era una guerra de doctrinas. El choque era, pues, inevitable. Por un lado, teníamos la visión oficial, la ortodoxia suní del califato, y por otro montón de movimientos que en esencia decían, "Ojo, no es que no nos guste este califa en concreto, es que creemos que todo el sistema está mal desde la raíz. Una de las primeras y desde luego más radicales oposiciones fue el jariellismo. Su propuesta era casi revolucionaria para la época. Cualquier musulmán, daba igual su origen, podía ser califa si era el más piadoso de todos y además debía ser elegido. Esto, claro, chocaba de frente con la idea de una sucesión por linaje. Y luego tenemos al chismo, que es la corriente que a la larga tendría el impacto más profundo y duradero. Su idea central es muy clara. El verdadero líder no es quien tiene el ejército más grande o más poder, sino quien desciende directamente de la familia del profeta a través de su yerno Ali. Pero es que el sismo no se quedó solo en la cuestión de quién debía gobernar. Construyó toda una visión alternativa del mundo. Creían en la figura del imán, un líder casi sagrado con una conexión divina. Desconfiaban de los textos oficiales y, muy importante, mantenían viva la esperanza en la llegada de un salvador, el Mardi, que algún día traería la justicia definitiva al mundo. Las ideas son muy poderosas, sí, pero se vuelven reales cuando empiezan a dibujar nuevas fronteras en el mapa. Vamos a ver cómo estas doctrinas empezaron a crear reinos y a levantar a ejércitos. El primer gran territorio en escaparse del control central fue el norte de África. De repente surgieron allí nuevas dinastías. En lo que hoy es Maruetos, los idrisíes, en Argelia, los rustumíes y en Túnez, los aglavíes, que llegaron a ser tan independientes que hasta lanzaron sus propias invasiones a Sicilia. A efectos prácticos, Bagdad ya no mandaba nada allí. Y el problema no estaba solo en las fronteras, ni mucho menos. Mientras las provincias se iban independizando, el corazón del imperio ardía con revueltas internas de esclavos, de campesinos, con tantísimos problemas en casa. era simplemente imposible mantener el control de un territorio tan inmenso. Y todo esto nos lleva al momento culminante de esta historia, al fin definitivo de la unidad y al nacimiento de un mundo islámico, digamos, multipolar. Y así fue como la idea de un solo líder para todo el Islam se hizo añicos. El trono ya no era único. De repente había tres, tres gobernantes que reclamaban para sí mismos el título de Califa, que era la máxima autoridad posible. El nuevo mapa del poder tenía esta pinta. En Bagdad, el viejo califato abasí cada vez más debilitado. En el Cairo, un nuevo y potentísimo califato Fatimí de creencia chi y al otro extremo del Mediterráneo, en Córdoba, el califato omya que resurgía con fuerza, también suní, completando este trío de grandes rivales. El ascenso de los fatimíes fue meteórico, eran chíes ismailíes. Y no solo es que conquistaran Egipto, es que construyeron desde cero una nueva capital. El Cairo, que muy rápidamente se convirtió en una metrópolis que le hacía sombra a la mismísima Bagdad en riqueza, cultura y poder. Y lo que hizo Abdalrahmán tercero en Córdoba fue sinceramente una jugada geopolítica de maestro. Ante un califa abasí que estaba lejísimos y un nuevo califa Fatimí mucho más agresivo y peligrosamente cerca. ¿Qué hizo? Pues declaró su propia soberanía. Era su forma de dar un golpe en la mesa y decir, "Ni os obedezco a vosotros en Bagdad, ni os temo a vosotros en el Cairo. Aquí la máxima autoridad soy yo." Pero claro, la historia nunca se detiene. Esta nueva era de tres grandes califas también tenía fecha de caducidad, porque una vez que la fragmentación empieza es muy muy difícil de parar. Y es que ni siquiera el brillante califato de Córdoba, con todo su esplendor y sus maravillas, fue inmune a esto. En cuanto murieron sus líderes más carismáticos, las luchas internas por el poder simplemente lo devoraron desde dentro. El final oficial llegó en el año 1301. El califato se disolvió y lo que antes era un imperio unificado se rompió en un mosaico de pequeños reinos independientes que además a menudo estaban enfrentados entre sí, los famosos reinos de Taifas. Un sabio de la época, Ibhm, que lo vio todo con sus propios ojos, lo resumió con una frase melancólica, pero brutalmente cierta. La flor de la guerra civil es infecunda. Una reflexión que sigue siendo totalmente válida sobre la tragedia de la desunión. Y así llegamos al final de nuestro recorrido de hoy. Pero la historia en realidad nunca termina del todo. Esas divisiones, esas distintas visiones del poder y de la fe que nacieron hace más de un milenio, no se han borrado. Y la pregunta que queda flotando es precisamente esa. ¿De qué manera siguen influyendo esas antiguas grietas en el mundo que vemos a nuestro alrededor?