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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
04 Pedro Abelardo Introducción II (Disputa con Guillermo de Champeaux)
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hoy nos metemos de lleno en una de las batallas intelectuales más fascinantes de toda la Edad Media, la que el propio Abelardo libró contra su maestro por algo tan fundamental como la naturaleza de la realidad. Para que entendamos el meollo de la cuestión, empecemos con una pregunta. Pensemos en una persona cualquiera de carne y hueso. ¿Es ese individuo con todo lo que le hace único lo más real que hay? ¿O es más bien la humanidad ese concepto que comparte con el resto de seres humanos una realidad superior más auténtica? Parece algo muy abstracto, ¿verdad? Pues esta pregunta fue el epicentro de un terremoto que sacudió a los cimientos del pensamiento medieval. Y ojo que no hablamos de una simple discusión de café. Esto fue un auténtico choque de titanes, una pelea por definir cómo entendemos el mundo y las etiquetas que le ponemos. Y en mitad de la tormenta, dos figuras clave, un maestro y su alumno más brillante y rebelde. El escenario ya está montado. A un lado del ring, Guillermo de Champeus, un maestro respetadísimo, el campeón de la postura filosófica dominante y al otro su desafiante discípulo, Pedro Abelardo, armado con una lógica que cortaba como un bisturí. El tema sobre la mesa, el problema de los universales. La postura de Guillemo, la de Champeos, se conoce como hiperrealismo. A ver, para que nos hagamos una idea, un hiperrealista cree que cuando decimos humanidad no estamos hablando de una idea en nuestra cabeza, sino de una cosa que existe por ahí en el mundo, tan real como esta mesa o esa silla. La primera propuesta de Guillermo era bastante radical. sostenía que una única idéntica sustancia de hombre existe enterita y a la vez en cada persona. O sea, que según él, Platón y Sócrates no es que fueran parecidos, no, es que compartían la mismísima esencia. Lo único que los diferenciaba eran sus accidentes. Pues eso, si no era más alto, tenía barba o era más viejo. Pero claro, llegó a Abelardo con su mente afiladísima y vio una grieta enorme en ese razonamiento y no se limitó a decir, "No estoy de acuerdo, qué va." lanzó un ataque lógico paso a paso que fue bueno, fue devastador para la teoría de su maestro. El método de Abelardo es que es implacable. El razonamiento es este. Si el género animal es una cosa única y real, como dice Guillermo, y esa misma cosa está enterita tanto en el hombre que es racional como en el caballo que es irracional, entonces esa cosa animal sería a la vez racional e irracional. Y eso es una contradicción de manual. Es lógicamente imposible. Una misma cosa no puede ser y no ser algo al mismo tiempo. Jaque mate. El argumento de Guillermo se venía abajo. El golpe fue tan directo que Guillelmo tuvo que recular. No le quedó otra. Abandonó su primera idea de la esencia idéntica y propuso una nueva teoría, la de la indiferencia. Ahora, lo que decía era que dos hombres son lo mismo en cuanto a ser hombre, no porque compartan una sustancia, sino porque son indiferentes. O sea, que no difieren en lo que a su naturaleza humana se refiere. un intento de parchear la teoría. Pero Abelardo no se iba a conformar con eso. Claro, su contraataque fue brillante y hasta con un punto de ironía. Le dijo palabras más, palabras menos. Vale, pero es que Platón y Sócrates tampoco difieren en ser una piedra porque ninguno de los dos lo es. Coinciden en no ser una piedra. Se ve la jugada. La simple no diferencia es una definición en negativo. No nos dicen nada positivo sobre lo que las cosas son. De verdad, el problema seguía ahí. Después de demoler las teorías de su maestro, a Abelardo le tocaba proponer algo y lo que hizo fue revolucionario. Le dio una vuelta de 180 gr al problema. En vez de buscar los universales como cosas perdidas por el mundo, se puso a buscarlos en el lenguaje, en las palabras. Aquí está el cambio de paradigma, la clave de todo. Para Champeo, el Universal es una entidad casi mística. Para Belardo, la universalidad es una función lógica de las palabras. Su conclusión es que un universal es simplemente una palabra que por acuerdo podemos aplicar a muchos individuos. La pregunta ya no es, ¿qué es la humanidad? Sino, ¿por qué podemos usar la palabra hombre para referirnos tanto a Platón como a Sócrates? Y la respuesta de Abelardo a su propia pregunta es el concepto de estado. El estado de ser hombre no es una cosa que se reparte como una tarta entre las personas, no. Es la condición que comparten, el fundamento real que justifica que les pongamos el mismo nombre. Es una solución de una elegancia increíble que esquiva todas las contradicciones del hiperrealismo. Pero claro, la prueba de fuego para cualquier teoría sobre los universales era ser capaz de responder a una serie de preguntas que había planteado siglos atrás el filósofo Porfirio. Y la teoría de Abelardo, para sorpresa de muchos, permitía contestarlas de una forma sistemática y completamente nueva. Es que sus respuestas son de una finura brutal. Por ejemplo, ¿son los universales algo físico, corpóreo? Abelardo dice sí y no. La palabra como sonido es física, claro, pero su significado, el concepto es inmaterial. Esta distinción es la que le permite resolver el puzle. Están en las cosas que podemos tocar, sí, pero nuestra mente los aísla, los separa a través de la abstracción. Supera con creces las soluciones simplonas de antes. Pero Abelardo no se detuvo ahí. Llevó su análisis un paso más allá con una pregunta de su propia cosecha. un experimento mental fascinante. A ver, si la palabra rosa es universal, porque la podemos usar para todas las rosas, ¿qué pasaría con esa palabra si de repente desaparecieran todas las rosas del mundo? Y aquí está la genialidad de su distinción. El nombre rosa se quedaría sin cosas a las que señalar, ¿de acuerdo? Pero su significación, el concepto de rosa que tenemos en la cabeza, seguiría existiendo. Por eso la frase "La rosa no existe" seguiría teniendo todo el sentido del mundo. Abelardo acaba de separar de forma magistral a qué se refiere una palabra de lo que esa palabra significa. Y esta agudeza lógica, esta forma de pensar tan radical, no se quedó solo en el problema de los universales. La mente inquieta de Abelardo transformó otras áreas clave del pensamiento medieval, dejando una huella que, bueno, iba a durar siglos. Dos de sus aportaciones más bestias fueron, por un lado, el método del sí y el no, de su obra Sik etnon, que básicamente enseñaba a buscar la verdad poniendo a pelear argumentos a favor y en contra. Y por otro algo que quizás tuvo todavía más impacto, una teoría ética revolucionaria que cambiaba el foco de la moralidad del mundo exterior al universo interior de la mente. Para Abelardo, a la hora de juzgar si un acto es bueno o malo, no hay que mirar el resultado final, ni siquiera la acción física en sí. Una buena intención puede por mala suerte acabar en un desastre, pero eso no la convierte en una mala acción. El punto clave, el núcleo de su ética, es que la moralidad está en la intención de quien actúa. Es el propósito con el que se hace algo lo que determina si ese algo es bueno o es malo. Un giro radical. Pasamos de una moralidad de las obras a una moralidad de las intenciones. Claro, esto nos lleva a una pregunta inmediata. Si todo depende de la intención, ¿qué impide que cada uno justifique lo que le dé la gana? ¿Cómo sabemos qué intención es buena? Para evitar caer en ese relativismo, Abelaldo la ancla en un fundamento teológico. Una buena intención es la que busca hacer lo que se cree que es agradable a Dios. Una solución que, eso sí, habría debates nuevos y complicadísimos sobre la conciencia y el conocimiento. Y así nos deja con un dilema que resuena hasta nuestros días. Al poner la moral en la intención, Abelardo nos obliga a enfrentarnos a una pregunta que sigue siendo el pan de cada día en la ética. ¿Hasta qué punto una buena intención puede justificar un mal resultado? Es la eterna pregunta sobre la relación entre lo que queremos, lo que hacemos y las consecuencias que provocamos. un legado, sin duda que sigue muy vivo.