Si nos paramos a pensar en la Edad Media, lo más seguro es que nos venga a la cabeza una imagen bastante bueno, bastante gris. Oscuridad, ignorancia, una época de 1000 años de parón entre la gloria de Roma y las luces del Renacimiento. Pero, ¿y si todo eso no fuera más que una invención? Pues esa es exactamente la pregunta que vamos a intentar responder. Vamos a desmontar esta idea, este cliché, y lo vamos a hacer usando sus propias armas, los textos, el arte y la arquitectura de la época, que nos revelan una fascinación casi obsesiva, no por la oscuridad, sino justo por lo contrario, por la luz. Y este va a ser nuestro recorrido. Primero vamos a ver de dónde narices sale eso de edad oscura. Después nos meteremos de lleno en la filosofía medieval de la luz. Veremos cómo esa filosofía se construyó literalmente en piedra. Descubriremos que su mundo estaba lleno de color y para terminar veremos cómo todo ese brillo llegó hasta sus leyendas más famosas. Venga, pues vamos al lío. Si la Edad Media no fue oscura, ¿por qué insistimos en llamarla así? Bueno, pues la respuesta es sencilla. La etiqueta no se la pusieron ellos mismos, se la pusieron otros y muchísimo tiempo después. Fijaos en las fechas. Los términos que usamos hoy nacieron siglos más tarde y por motivos muy específicos. Un cardenal del siglo X habló de un siglo oscuro para referirse a una crisis política del papado en el siglo I, no a toda la era. Luego, en el Renacimiento, se empezó a usar gótico como un insulto, como sinónimo de bárbaro. Y la palabra oscurantismo ni siquiera existió hasta 1819 y se usó para atacar a los enemigos de la Ilustración. Y esta cita de Georgio Basari, bueno, es que lo dice todo. Él era un hombre del Renacimiento y para él el arte medieval era simplemente monstruoso y bárbaro si lo comparaba con la perfección clásica que intentaban recuperar. Fue este prejuicio, esta sensación de superioridad cultural la que plantó la semilla del mito de una edad media oscura. Muy bien, ya hemos visto de dónde viene el mito. Ahora vamos a darle la vuelta a la tortilla. Porque lejos de ser una época oscura, la Edad Media estaba profundamente, casi diría que locamente, obsesionada con la luz y no solo con la luz del son, sino con la luz como un concepto filosófico y divino. Esta fascinación, claro, no salió de la nada, bebía de varias fuentes muy potentes. Por un lado, la Biblia con la idea de Cristo como la luz del mundo. Por otro, la filosofía griega, sobre todo la famosa alegoría de la caverna de Platón, pero fueron los filósofos neoplatónicos los que le dieron forma, los que desarrollaron la idea de que la luz es una emanación directa de Dios. Y esta idea acabó en el corazón del pensamiento cristiano gracias a un texto misteriosísimo del siglo V, el Corpus Dionisiau. Y de toda esa filosofía, lo más importante que tenemos que entender es un concepto que suena un poco raro, la anagogía. En el fondo es la idea de un viaje, un ascenso del alma hacia Dios que se hace en tres pasos. Primero, te purificas de lo terrenal, después te iluminas, recibes la luz divina y el paso final, la meta, es la unión con Dios, que es la fuente de toda esa luz. Quedémonos con esta idea porque lo explica casi todo. ¿Y dónde se ve esta filosofía de la luz de la forma más brutal y espectacular posible? Pues en sus edificios. La catedral gótica es ni más ni menos que la prueba hechara. Es un edificio diseñado desde cero para ser una manifestación física de la luz de Dios. Para entender la absoluta revolución que supuso el gótico, solo hay que comparar. El estilo anterior, el románico, creaba edificios macizos, casi fortalezas de fe, con muros gordísimos y ventanas muy pequeñas. El gótico, impulsado por gente como el Abaz Suyer en Francia, buscaba justo lo contrario. Quería demoler los muros y que el espacio se inundara de luz. Y esto fue posible gracias a una serie de innovaciones tecnológicas que son una pasada. El arco apuntado les permitió construir mucho más alto. La bóveda de crucerías repartía el peso de una forma mucho más inteligente y la clave de todo, los arbotantes, esos brazos de piedra que sujetaban el edificio desde fuera. ¿Y qué consiguieron con eso? Pues que los muros de piedra ya no fueran necesarios para soportar el peso. Podían convertirlos en muros de cristal, en vidrieras gigantescas. Así que la idea fundamental es esta. Una catedral gótica no era solo un sitio para ir a misa, era una especie de máquina espiritual, un espacio diseñado para que al entrar una persona se sintiera literalmente bañada por la luz divina y empezara su propio viaje anagógico, ese ascenso del alma hacia Dios del que hablábamos antes. Pero ojo, que esta pasión por la luz y el color no se quedaba solo dentro de las iglesias. Qué va. Estaba por todas partes, en la ropa que vestían, en la comida, en las fiestas. Su mundo era muchísimo más vibrante y colorido de lo que nos han contado. Volvamos un momento a esas vidrieras que llenaban de luz las catedrales. Es alucinante pensar en cómo conseguían esos colores tan puros y brillantes. Era pura alquimia. Mezclaban óxidos de metales con el vidrio fundido. Usaban cobalto para los azules del cielo, cobre para los rojos y verdes intensos, manganeso para los púrpuras y antimonio para los amarillos. Convertían la luz en auténticas joyas. Y el color claro tenía un simbolismo brutal. Durante la primera parte de la Edad Media, el rojo era el color del poder de los emperadores y los papas. Pero a partir del siglo XI, el azul empezó a ponerse de moda asociado a los reyes de Francia y sobre todo a la Virgen María. Lo más irónico es que el negro, que hoy asociamos a la elegancia, para ellos era el color del La austeridad y el rigor del negro es una cosa que llegó mucho, mucho después. Y por si todavía queda alguna duda sobre esa supuesta austeridad medieval, aquí va un dato que lo rompe todo. Este número que vemos, 4,000 millones, es la cantidad de conchas de ostra que los arqueólogos encontraron en un único yacimiento medieval en Francia. 4,000 millones. Esto no nos habla de una vida gris y austera, nos habla de banquetes, de fiestas y de un gusto por la vida tremendo. Y ya para rematar, esta obsesión por la luz y el brillo lo inunda todo, hasta sus leyendas más importantes, las historias de caballerías que formaron su imaginario colectivo. Pensemos, por ejemplo, en Excalibur, la espada del rey Arturo. Los textos no se conforman con decir que era una buena espada, que cortaba bien, no, no la describen como una fuente de luz. Dicen que al sacarla de la vaina brillaba tanto como dos antorchas cegando a sus enemigos. El arma definitiva no era un trozo de metal, era literalmente un rayo de luz. Pero claro, el objeto más resplandeciente de todos, la luz definitiva, era el Santo Grial. Crechen Troyce, que fue el primero en escribir sobre él, lo describe así: su luz era tan potente que la de las velas a su lado desaparecía, igual que las estrellas cuando sale el sol. El Grial no es una copa, es la manifestación de una luz divina abrumadora. Y aquí es donde todo cobra sentido, donde se cierra el círculo. La búsqueda del Grial no era solo una aventura de caballeros, era una alegoría, una metáfora perfecta de ese viaje anagógico del que hablamos al principio. Era el viaje del alma del caballero que se purifica a través de pruebas para al final poder contemplar la gracia de Dios, la luz con mayúsculas. Así que, como hemos visto, eso de la edad oscura es más bien una etiquleta, un prejuicio que se inventaron después y que ignora por completo la cultura tan luminosa que existió en realidad. Y esto nos deja con una última pregunta, volviendo a la caverna de Platón. ¿Cuántas otras de esas verdades que damos por sentadas sobre la historia no son en realidad más que sombras proyectadas en la pared de una cueva?