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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
10 Roger Bacon | La noción de experiencia en Roger Bacon
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Imaginemos por un momento el siglo XI, plena Edad Media, una era de fe, de autoridad, y en medio de todo, a un hombre le ponen un apodo que sonaba casi casi a herejía. Vamos a meternos de lleno en la historia de Roger Bacon y a descubrir por qué ese título lo cambió todo. Doctor experimentorum. Suena potente, ¿verdad? El doctor de los experimentos. Pensemos en el contexto. Una época donde el saber venía de los textos antiguos de la autoridad de la Iglesia y de repente alguien pone la palabra experimento en el centro de todo. Esto no era un simple apodo. Qué va, era toda una declaración de intenciones, una auténtica rebelión intelectual. Y es que Bacon vino a decir algo que, bueno, hoy nos parece de cajón, pero que en aquel momento fue una auténtica bomba. dijo, "Ojo, que el conocimiento de verdad, el saber con mayúsculas, no puede venir solo de lo que dijo alguien hace siglos o de darle vueltas a las cosas en la cabeza. No, hacía falta algo más, algo mucho más sólido para él. Esa base sólida se construía sobre dos pilares, pero no dos pilares cualquiera, eh, tenían que ser inseparables, trabajar juntos en equipo para poder llegar a la verdad de las cosas. El primer pilar, las matemáticas. Pensemos en ellas como como el esqueleto, la estructura que lo sujeta todo, que le da orden y lógica. Pero claro, un esqueleto sin cuerpo no va a ninguna parte. Y ahí entra el segundo pilar, la experiencia. La experiencia es el ancla, lo que nos conecta con el mundo real, con lo que podemos tocar y ver. Y aquí, aquí es donde está el verdadero click, el cambio de mentalidad que lo revoluciona todo, porque hasta entonces la experiencia era como el extra, ¿no? Algo que se usaba al final para ver si una teoría cuadraba, pero Bacon le da la vuelta a la tortilla. No, no. Para él la experiencia no es el final del camino, es el principio. Es el punto de partida obligatorio. Sin experiencia ni siquiera se empieza a saber. Ahora bien, cuidado. Cuando Bacon decía experiencia, no estaba pensando exactamente en lo mismo que pensamos nosotros hoy con la bata blanca en un laboratorio. Su concepto era mucho más amplio, mucho más profundo y, la verdad, bastante sorprendente. Iba más allá de lo puramente físico. Para él la experiencia era sobre todo una herramienta para conseguir certeza. Era como un sello de calidad, una garantía de que algo era verdad. Y lo más curioso es que este sello se podía estampar en dos sitios muy distintos, en lo que vemos fuera en el mundo y en lo que sentimos dentro en el alma. Por eso él hablaba de dos tipos de experiencia. Por un lado, la externa, la que nos resulta familiar. Mirar por un telescopio, mezclar sustancias, observar la naturaleza, vamos, la ciencia que conocemos. Pero por otro lado estaba la experiencia interna y esto es fascinante. Hablaba de la vida interior, de la espiritualidad, de la fe. Y para él, ojo, ambas eran igual de válidas para encontrar la verdad. Ahí está el gran contraste con nuestra época, ¿no? Hoy en día la ciencia se centra casi exclusivamente en la experiencia externa, en la prueba empírica, en verificar hipótesis. La visión de Bacon era mucho más completa, más holística. Para él, el conocimiento era un gran paraguas que cobijaba tanto lo físico como lo espiritual. No había división. Y claro, esta idea de unir lo físico y lo espiritual nos lleva a la parte más medieval de su pensamiento. Aquí es donde vemos que, por adelantado que estuviera a su tiempo, Bacon seguía siendo, en el fondo un hombre del siglo XI. Veamos su método para alcanzar la certeza total. Tenía tres pasos. El primero, la experimentación, observar el mundo. El segundo, las matemáticas. para ponerle orden y lógica a todo eso. Hasta aquí todo muy moderno, ¿verdad? Pero y el tercer paso, el definitivo, el que daba la certeza absoluta era la iluminación divina. Sí, sí. Una intervención superior. Y esa es su gran y peculiar síntesis, una mezcla de experimentalismo puro y duro con iluminación mística. Para Roger Bacon no había conflicto. Ciencia y fe no eran enemigas, sino que eran dos caras de la misma moneda. Dos herramientas que juntas llevaban a la verdad. Si lo miramos en la línea del tiempo de la historia, Bacon es una figura puente, una bisagra. Por un lado, tiene un pie en el pasado, en la tradición de San Agustín, donde la luz divina lo era todo. Pero con el otro pie está dando un paso de gigante hacia el futuro, hacia la ciencia moderna, que se basará casi exclusivamente en la experiencia. Él está justo en medio conectando dos mundos. Bueno, y llegamos al final. Entonces, ¿con qué nos quedamos? ¿Por qué es tan importante Bacon a pesar de toda esta parte mística? Vamos a resumir su legado. ¿Por qué se ha ganado a pulso el título de pionero? Pues básicamente por tres cosas que hoy son el ABC de la ciencia. Primero, su insistencia machacona en la observación directa y los experimentos. [resoplido] Segundo, el uso de las mates para dar rigor a todo. Y tercero, su defensa ultranza de los hechos, de lo concreto, por encima de las grandes teorías abstractas. Esos son los ladrillos con los que se construyó la ciencia moderna. Pero es muy importante entender esto para ser justos con él. Bacon fue como el que dibuja el mapa, el que señala en la distancia una tierra nueva y prometedora, pero él no llegó a pisarla. Fue un precursor, una avanzadilla, no el resultado final de la ciencia moderna. Y su figura al final nos deja con una pregunta que sigue resonando hoy, casi 800 años después. ¿Es posible ser un pionero de la ciencia y a la vez una persona de fe profunda? ¿O son dos mundos condenados a no entenderse? La vida de Bacon nos demuestra que, al menos para él, la respuesta era un rotundo sí.