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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I - PREGUNTAS DE EXAMEN

Resumen de las líneas fundamentales de la antropología filosófica en el siglo XVIII

Transcripción

En el siglo XVII, una sola pregunta fue capaz de darle la vuelta a todo. Por primera vez en la historia, un grupo de pensadores se atrevió a intentar entender qué somos los seres humanos sin tener que recurrir a Dios o a la religión. Y con eso, sin saberlo, estaban poniendo la primera piedra de lo que hoy llamamos antropología filosófica. Pues venga, vamos a ver cómo se gestó todo esto. Vamos al lío. Fue Manuel Kant, ni más ni menos, quien dijo que toda la filosofía en el fondo se podía reducir a esta pregunta. ¿Qué es un ser humano? Parece simple, ¿verdad? Pues esta cuestión tan directa se convirtió en la auténtica obsesión, en el motor que movió el pensamiento de toda una época. Y ojo, que esto no es ninguna exageración. Durante décadas esta fue la pregunta. lo puso todo patas arriba porque desafiaba siglos y siglos de respuestas que venían dadas por la fe. Fue una revolución en toda regla que nos obligó a pensar en nuestro lugar en el universo de una forma completamente nueva. A ver, este va a ser nuestro recorrido. Primero veremos en qué consistió esa gran revolución del pensamiento. Después seguiremos el rastro de filósofos y científicos mientras intentaban mapear el alma y el cuerpo. Luego, ¿cómo intentaron poner orden en la diversidad humana? Y para terminar veremos qué nos ha quedado de todo aquello. Empezamos por la primera pieza del puzzle, que es un cambio de mentalidad brutal. Pensemos que durante siglos la teología lo explicaba todo, pero en el siglo XVII algo hizo clic. Hubo un terremoto intelectual que quitó a Dios del centro del escenario y por primera vez puso al ser humano bajo los focos. Esta frase de Diderod, uno de los grandes de la ilustración, lo resume todo. Es que es perfecta. La idea es rompedora. Si nos quitas a nosotros, los seres humanos de la ecuación, el universo simplemente se calla. No tiene nada que decir. El conocimiento, por tanto, solo tiene sentido si nos sirve para entendernos. Y aquí está la clave de todo. Se deja de lado la idea de que existe un plan divino. De repente, el progreso, la felicidad, ya no son cosas que hay que esperar que nos caigan del cielo, ¿no? Se convierten en un proyecto que tenemos que construir aquí en la tierra. La responsabilidad de repente es nuestra y nuestras herramientas para lograrlo son la razón y la ciencia. Venga, pues vamos con los dos nombres clave de esta historia. Los dos gigantes que marcaron el camino para esta nueva ciencia del ser humano. A ver, lo que nos viene a decir Rousseau es algo superinesante. Él decía, "Si quieres estudiar a los hombres así en minúscula, refiriéndose a sus contemporáneos europeos, pues mira a tu alrededor y ya está. Pero si quieres entender al hombre con mayúsculas, o sea, lo que nos hace humanos a todos, entonces tienes que mirar muy lejos, tienes que observar las diferencias. La gran pregunta era, ¿cómo encontramos lo que nos une en aquello que a primera vista nos separa? Y aquí hay que ser muy claros. Cuando Rousseau hablaba del buen salvaje o del estado de naturaleza, no estaba describiendo a los pueblos indígenas de forma literal, para nada. Era más bien una herramienta mental, un experimento para poner en jaque las injusticias, la propiedad privada y la desigualdad que él veía en la sociedad europea de su tiempo. Kant, en cambio, era un hombre de sistema, de orden y lo que hizo fue dividir el estudio del ser humano en tres niveles. Primero, el fisiológico, es decir, qué nos da la naturaleza, con qué hardware venimos de serie. Segundo, el pragmático, ¿vale? Y con eso que tenemos, ¿qué podemos y qué debemos hacer con nuestra vida? Y tercero, el moral. como especie, hacia dónde vamos, cuál es nuestro destino final. O sea, que teníamos dos camiros muy distintos. Por un lado, ruso, más crítico, más comparativo. Por otro, Kant, sistemático, supermoral, pero en el fondo los dos apuntaban al mismo sitio, a la misma diana. intentar responder por fin a esa pregunta fundamental sobre qué demonios significa ser humano. Vale, y ahora cambiamos de cercio, dejamos por un momento la filosofía pura y nos metemos en el laboratorio, porque la ciencia, claro, también tenía mucho que decir. Vamos a ver cómo la biología y la anatomía se metieron en el ajo. Esta pregunta se convirtió en una obsesión para los científicos de la época. ¿Dónde está la frontera exacta? ¿Qué rasgo físico? ¿Qué pequeño detalle nos separa del resto de los animales? Se lanzó una carrera frenética para encontrar esa prueba anatómica definitiva que demostrara de una vez por todas que éramos especiales. La tensión era máxima. De verdad, muchos estaban convencidos de que la prueba final de nuestra singularidad no estaba en algo tan abstracto como el alma, sino en algo físico, tangible. Y la buscaron, concretamente en un huesecillo de nada que supuestamente nos separaba para siempre del reino animal. Y aquí lo tenemos, el protagonista de este misterio, el hueso intermaxilar. La teoría que dominaba en la época era que los animales lo tenían, pero los humanos no. Y esa ausencia era para muchos la prueba irrefutable, el sello de calidad de que éramos una creación única y aparte. Y entonces, en 1784, llega el giro de guion. Y atención, porque quien lo descubre no es un anatomista de bata blanca, es el poeta Johan Wolfgan Fonguete. Él se da cuenta de que los humanos sí tenemos ese hueso, solo que se fusiona con el resto del cráneo antes de nacer. El hallazgo fue una auténtica bomba. Era la prueba científica de que no éramos una excepción, éramos simplemente una pieza más en el gran puzzle de la naturaleza. Claro, este afán por clasificarlo todo también se aplicó a las diferencias que veían entre los distintos grupos humanos. La postura mayoritaria era el monogenismo. Todos venimos de un único origen, de Adán y Eva. Pero empezó a fuerza una idea minoritaria, el poligenismo, que defendía que las razas tenían orígenes distintos. Este debate, que parecía muy académico, acabaría sentando las bases de ideologías raciales muy peligrosas en el futuro. Venga, y con todo esto sobre la mesa, el siguiente paso era lógico. Había que intentar poner un poco de orden en la increíble diversidad humana que los exploradores y los viajeros estaban trayendo Europa. Así que se inventaron un método nuevo. Los eruditos, cómodamente sentados en sus despachos de París o Londres, leían los relatos de los viejeros sobre los pueblos de América o de África y los comparaban con lo que sabían de los antiguos griegos o romanos. Su idea era que observar a esos pueblos salvajes era como asomarse a una ventana al pasado de la propia Europa. Y de ahí salió este esquema que se hizo famosísimo, la escalera del progreso. Era muy simple, se colocaba a todas las culturas del mundo en una especie de escalera. Abajo del todo, los salvajes, un poquito más arriba los bárbaros y en la cima aclaró quién iba a estar, pues la civilización europea. Era una forma de ver la historia como un único camino que casualmente ellos ya habían completado. Bueno, ya para ir cerrando, vamos a conectar todas estas ideas del siglo XVII con el presente para ver qué es lo que hemos heredado de todo este jaleo intelectual. El legado que nos dejó este siglo es sencillamente inmenso. Nos regaló la idea revolucionaria de que podemos estudiarnos a nosotros mismos con las herramientas de la ciencia sin pedirle permiso a nadie. Nos enseñó que para entendernos hay que mirar tanto a nuestra biología como a nuestra cultura y sobre todo nos dejó la potentísima idea de que el progreso no es algo que se espera, sino algo que se construye. Y terminamos con una pregunta para darle un par de vueltas. Cuando hoy hablamos de progreso, de civilización o de naturaleza humana, somos tan originales como creemos o en el fondo, sin darnos cuenta, seguimos pensando con las mismas categorías, con las mismas herramientas que nos legó para lo bueno y para lo malo aquel siglo XVI. Ahí queda eso.