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FILOSOFÍA POLÍTICA I
Tema 3 | Dimensiones del Nacionalismo | Versión simplificada
Filosofía Política I - Grado de Filosofía - 2º año
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hoy vamos a poner el foco en una de las ideologías más potentes, complejas y desde luego paradójicas del mundo moderno, el nacionalismo. Es al final la fuerza que ha dibujado los mapas que conocemos, que ha levantado las fronteras que cruzamos y para bien y para mal ha definido en gran medida quiénes somos. Y para empezar vamos con una idea que de verdad lo pone todo patas arriba. Es del filósofo Ernest Kilner. A ver, normalmente pensamos que las naciones son algo ancestral, casi natural, y que el nacionalismo surge simplemente para defenderlas. Bueno, pues Gelner le da la vuelta por completo. Dice que es la ideología nacionalista en la era moderna la que crea, la que inventa la nación tal y como la entendemos hoy. Este es el plan de ruta que vamos a seguir. Primero definiremos qué es esto del nacionalismo moderno. Luego nos meteremos a fondo a ver qué es exactamente una nación. Veremos ese doble filo que tiene como fuerza de liberación, pero también de destrucción. Analizaremos su gran contradicción, esa paradoja de la autodeterminación, y acabaremos explorando una posible alternativa de futuro. Muy bien, pues vamos al lío. Cuando hablamos de nacionalismo en un sentido moderno, ¿a qué nos referimos exactamente? A ver, en el fondo, el nacionalismo es un principio político con una exigencia muy muy clara, que la comunidad cultural, lo que llamamos nación, y la unidad política, el Estado, sean la misma cosa. La idea es que la gente que comparte una cultura, una lengua, una historia, debería tener su propio gobierno soberano en su propio territorio. Así que el quid de la cuestión es este. El gran proyecto del nacionalismo es básicamente crear un mapa mundi de estados nación puros, ¿no? un mundo donde las fronteras políticas coincidan a la perfección con las fronteras culturales, un encaje ideal, sin fisuras entre un pueblo y su estado. Pero un momento, pensemos, el nacionalismo no vive solo en los grandes discursos políticos o en los desfiles. Está respirando en nuestro día a día de formas casi invisibles. Es lo que el sociólogo Michael Billig llamó nacionalismo banal. La bandera que ondea en un edificio, el himno que suena antes de un partido, los sellos son esos pequeños gestos cotidianos que hacen que la idea de nación se normalice hasta el punto de que nos parezca parte del paisaje, algo que siempre estuvo ahí. Claro, todo esto nos lleva a una pregunta que es fundamental. Si el nacionalismo va de la nación, ¿qué es de verdad una nación? ¿Es algo que que se encuentra o más bien algo que se construya? Muchas veces se nos presenta una división, ¿no? Por un lado, la nación cultural, que mira al pasado, a la herencia común, y por otro, la nación cívica, que mira al presente, a la voluntad de vivir juntos bajo unas mismas leyes. Pero la clave, y esto es importante, es que no son opuestas. Son en realidad dos caras de la misma moneda. Una necesita de la otra para tener sentido hoy en día. Si juntamos las piezas de varias teorías, vemos que una nación se apoya como en cuatro pilares. Es una comunidad que tiene un sentimiento de identidad, que se basa en una cultura y una historia comunes, que tiene voluntad política de autogobernarse y que como objetivo final aspira a tener su propio estado. Esta idea la resumió de una forma brillante el filósofo Ernest Renan con una metáfora que es potentísima. dijo que una nación no es algo estático, no es algo definido por la geografía o por la sangre, es un acto de voluntad, es un sí colectivo que se tiene que reafirmar todos los días. Existe porque sus miembros deciden, de forma consciente o no, seguir perteneciendo a ella. Y aquí llegamos a uno de los conceptos más importantes para entender todo esto, el de Benedicta Anderson, la nación como una comunidad imaginada. Ojo que imaginada no significa que sea falsa o irreal, ¿eh? Para nada. Es imaginada porque aunque nunca vayamos a conocer personalmente a millones de nuestros compatriotas, en nuestra mente existe un vínculo, una sensación de comunión con ellos. Y este imaginario colectivo se ha forjado gracias a la educación, la prensa, los símbolos compartidos. Bien, con estas ideas ya más claras podemos empezar a ver la gran paradoje del nacionalismo, esa capacidad increíble y terrible a la vez para ser una fuerza de creación y al mismo tiempo de aniquilación. su doble cara, su doble filo. Por un lado, es imposible negar su poder liberador. El nacionalismo ha sido el combustible de la soberanía popular, el motor que impulsó las luchas anticoloniales que dieron la independencia a muchísimos pueblos y el principio sobre el que se levantaron muchos de los estados democráticos que conocemos. Pero y es un pero gigantesco, esa misma ideología tiene un lado muy muy oscuro. Ha servido de excusa para las guerras más brutales, para la exclusión y persecución de minarías, para el totalitarismo y el genocidio. Cuando la lealtad a la nación se pone por encima de todo lo demás, puede ser una semilla de destrucción terrible. El siglo XX es, sin duda, su testigo más trágico. Y claro, este modelo de estado nación no apareció de la nada. Su expansión por el mundo se puede entender como una historia en cinco grandes olas. Cinco actos que barrieron el planeta desde los primeros estados en Europa occidental, pasando por las independencias americanas, la explosión nacionalista en el centro de Europa, la descolonización masiva después de 1945 y por último el redibujado del mapa tras la caída del bloque soviético. Y es justo esta historia de expansión la que nos pone delante de su contradicción más profunda, casi un fallo lógico en su sistema, la paradoja de la autodeterminación. La pregunta que aparece es tan simple como demoledora. A ver, si una nación se crea y se legitima a través del derecho a decidir su propio destino, ¿con qué autoridad moral puede luego negarle ese mismo derecho a un grupo dentro de sus fronteras que quiera hacer lo mismo? Aquí es donde la lógica nacionalista, digamos, se muerde la cola. Entra en un bucle sin salida. El principio de autodeterminación es como una escalera que se usa para subir al poder y crear un estado, pero una vez arriba, el nuevo estado le da una patada a la escalera para que nadie más la pueda usar. La soberanía, que era el objetivo, se convierte en la excusa para impedir nuevas soberanías. En el fondo, el nudo del problema es físico, es geográfico, el territorio no es infinito. El nacionalismo funciona con una lógica de suma cero, una lógica de esta tierra es mía y solo mía. Entonces, cuando dos o más nacionalismos reclaman en exclusiva el mismo trozo de tierra, el modelo no ofrece herramientas para el acuerdo, solo para la pelea por el control total. Entonces, ¿hay alguna manera de romper este círculo vicioso? Bueno, la propuesta que vamos a explorar para terminar supone un cambio de chip radical, pensar más allá del estado nación. Fijaos en el contraste de esta tabla. Por un lado, el paradigma nacionalista clásico que se basa en que la soberanía es una, indivisible, que busca la homogeneidad y sigue la regla de una nación, un estado, y por otro lado el paradigma federalista que habla de soberanía compartida, de unión en la diversidad y de sociedades que son plurales. En esencia, lo que este enfoque federalista propone es cambiar las reglas del juego. En vez de que cada nación necesite su propio estado exclusivo para existir, plantea un modelo donde varias comunidades nacionales pueden autogobernarse y a la vez compartir poder dentro de un espacio político más grande. Es una forma de intentar romper ese círculo vicioso de la soberanía excluyente. Y con esto llegamos a la pregunta del millón, una que define muchísimos de los debates de nuestro tiempo. En un planeta totalmente interconectado con retos globales que no entienden de fronteras, será posible construir lealtades e identidades compartidas que vayan más allá del Estado nación o el nacionalismo seguirá siendo la fuerza política dominante que dé forma a nuestro futuro. Es una pregunta cuya respuesta al final estamos escribiendo juntos día a día.