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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Manual de iniciación a la historia antigua | Raúl Gonzalez Salinero
Tema 4 El ascenso de las póleis
Tema 4. El ascenso de las póleis
4.1. Minoicos y micenos.
4.2. El mundo de los poemas homéricos.
4.3. Edad arcaica.
4.4. Orígenes y originalidad de la pólis.
4.5. La tiranía.
4.6. Reformas militares y reivindicaciones políticas.
4.7. Dos realidades enfrentadas: Esparta y Atenas.
4.8. Reformas institucionales en la Atenas del siglo VI a.e.c.
Creado con NotebookLM
Basado en el libro del profesor | Raúl González Salinero | Manual de iniciación a la historia antigua
2º Año de Grado de Filosofía UNED
Asignatura | Historia Antigua y Medieval
Transcripción
Vamos a hacer un ejercicio. Olvidémonos por un momento de cómo son nuestras ciudades hoy en día, porque lo que vamos a ver es un concepto que hace más de dos milenios lo puso todo patas arriba, la polis griega. Y ojo, no hablamos solo de un lugar, de calles y edificios. Hablamos de una idea, una idea potentísima sobre el poder, sobre la comunidad y sobre todo sobre qué significa ser ciudadano. Una idea, la verdad, cuyas ondas expansivas nos llegan hasta hoy. Y es que esa idea no nació en un momento de prosperidad ni mucho menos. nació literalmente de las cenizas. El origen de la polis no es una evolución tranquila, no es una ruptura y una ruptura violenta con el pasado. Nace de un colapso total, de un vacío de poder que paradójicamente creó el espacio perfecto para que algo completamente nuevo pudiera empezar a crecer. Claro, para entender la magnitud de esa ruptura, primero tenemos que saber qué fue lo que se rompió. Antes de que existiera la polis, el mundo del ejeo estaba dominado por dos civilizaciones gigantescas de la edad del bronce. Eran mundos de palacios espectaculares, complejos, pero como veremos con una fecha de caducidad que se acercaba peligrosamente. Y eran dos mundos que chocaban. Por un lado, la creta minoica, una civilización volcada al mar, al comercio, sus palacios abiertos sin murallas, lo que nos da una pista de que eran bastante pacíficos. Su poder en manos de una especie de reyes sacerdotes, parece que se basaba más en la influencia que en la fuerza. Y en la otra esquina, la Grecia micénica, pura cultura guerrera, de ciudadelas samuralladas hasta los dientes y un ideal heroico obsesionado con la gloria en combate y el botín. Su escritura, el lineal B, que si hemos descifrado, a diferencia del misterioso lineal A aminoico, nos habla de un control administrativo férreo, de listas, de inventarios, vamos, de una sociedad organizada para la guerra y de repente todo se viene abajo en lo que en términos históricos es un suspiro. Hacia el 1400 antes de nuestra era, el mundo minoico se esfuma, quizás por un desastre natural, quizás por la presión de los propios micénicos. Pero la victoria de estos últimos duró poco, apenas 200 años después. Sus fortalezas acaban en llamas, víctimas de invasiones como las de los misteriosos pueblos del mar y de sus propias guerras internas. El Mediterráneo oriental se apaga. Entramos en la llamada Edad Oscura, una época de colapso, de despoblación, de olvido. Pero es justo ahí, en esa edad oscura, en ese aparente vacío, donde algo radicalmente nuevo empieza a gestarse. No es una reconstrucción de los viejos imperios, para nada. Es una creación desde cero. Es la polis. Y aquí está el gran salto mental. Una polis no son sus murallas ni sus templos. La polis es su gente, su cuerpo de ciudadanos. Es una comunidad que decide gobernarse a sí misma, que comparte una identidad y que toma las riendas de su propio destino. Es, en el fondo, una idea, una abstracción que cobra vida a través de la voluntad de todos. El historiador Tucídides lo clavó con esta frase: "Son los hombres los que constituyen una ciudad. La esencia de la polis es su gente. Las murallas pueden caer, la ciudad puede arder, pero mientras el cuerpo de ciudadanos sobreviva, la poliis sigue existiendo. Y esta idea, creedme, lo cambia absolutamente todo. Físicamente, la polis se organizaba en torno a dos ejes. La acrópolis, arriba, la ciudad de la fortificada, centro religioso y último bastión, y el ágora, abajo, la plaza pública, el corazón político y comercial, donde se cocía todo. Pero su verdadera anatomía era ideológica, se basaba en dos principios sagrados, la autonomía, es decir, el derecho a gobernarse a sí misma, y una independencia feroz. Cada poliis se veía a sí misma como un pequeño universo soberano. Pero claro, este modelo anrevolucionario no nació de forma pacífica. La propia existencia de la polis creó unas tensiones internas brutales. La lucha de clases, el conflicto por la tierra, por el poder, todo amenazaba convorarla desde dentro. Pero, y aquí viene lo interesante, fueron precisamente esas crisis las que la obligaron a evolucionar. Y es que el patrón era casi siempre el mismo. Primero, la aristocracia, los que se llamaban a sí mismos los mejores. Acaparan toda la tierra y, claro, todo el poder. ¿Qué pasa entonces? pues que está ya una crisis social terrible con campesinos que acaban literalmente como esclavos por las deudas. Pero al mismo tiempo el comercio va creando una nueva clase media, gente con dinero que a pesar de tenerlo no pinta nada en política. Tienes todos los ingredientes. Vamos, el caldo de cultivo perfecto para que un noble un poco más listo, un disidente, se aproveche, se ponga del lado del pueblo, tome el poder por la fuerza y zas se convierta en lo que los grievos llamaban un tirano. Y mientras todo esto pasaba, en los campos de batalla estaba ocurriendo otra revolución más silenciosa. El crecimiento económico hizo que más ciudadanos, no solo los nobles ricos, pudieran pagarse una armadura pesada. Y así nace el oplita, el soldado ciudadano, la nueva columna vertebral del ejército de la polis. Y su forma de luchar, la falange, ese muro compacto de escudos y lanzas, lo cambió todo. La defensa de la ciudad ya no dependía de la caballería de los nobles, sino de esta masa de infantería ciudadana. y el razonamiento era aplastante. Si somos nosotros los que defendemos la polis con nuestra vida, entonces tenemos derecho a decidir sobre su futuro en la asamblea. El poder militar se convirtió, así de simple, en la palanca para conseguir poder político. Todas estas tensiones y cambios hicieron que cada polis evolucionara por caminos muy diferentes. Dos de esos caminos se convirtieron en los grandes modelos para todo el mundo griego. Dos modelos tan influyentes como radicalmente opuestos, Esparta y Atenas. Es que el contraste es total. Esparta es básicamente una máquina de guerra. Su sociedad rígidamente dividida en tres. La élite de soldados ciudadanos, los espartiatas, los perícos, libres, pero sin derechos políticos y los ilotas, una masa enorme de siervos que trabajan para mantener todo el sistema. Su valor supremo es la eunomia, el buen orden, impuesto con una disciplina de hierro. Atenas, en cambio, es una potencia comercial, una sociedad mucho más dinámica, más abierta y su valor fundamental acabará siendo la isonomia, la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Orden frente a igualdad. Dos visiones del mundo totalmente irreconciliables. Vamos a meternos de lleno en el increíble caso de Atenas. Porque a diferencia de la rígida Esparta, la historia de Atenas es una de cambio constante, una serie de reformas audaces que la llevaron de ser una póliz aristocrática más a convertirse nada menos que en la cuna de la democracia. El primer gran nombre de esta historia es Solón. A principios del siglo VI antes de nuestra era, Atenas era una olla a presión a punto de reventar. Los campesinos, esclavizados por sus deudas con los nobles, estaban al límite y en medio de esa crisis total le dieron a Solón poderes extraordinarios para que básicamente arreglara el desaguisado y las medidas que tomó fueron revolucionarias. De entrada prohibió la esclavitud por deudas. Imaginaos el alivio para el campesinado. Pero, y aquí está la genialidad, no atacó de frente la riqueza de los nobles. Lo que hizo fue vincular los derechos políticos a la riqueza y no al apellido. Creó una democracia. ¿Qué significaba esto? que los nuevos ricos, los comerciantes, ahora podían acceder al poder rompía para siempre el monopolio de la aristocracia de sangre. Pero las reformas de Solón no pacificaron Atenas. Las luchas entre las familias nobles continuaron hasta que uno de ellos, Pisistrato, un general con mucho carisma, aprovechó el descontento del pueblo para tomar el poder. Fue un tirano, sí, pero su tiranía, irónicamente acabó empujando a Atenas un poco más hacia el gobierno del pueblo. Para mantenerse en el poder, Pisistrato hizo lo que más dolía a sus rivales aristócratas. Les quitó tierras y las repartió entre los campesinos. Lanzó un programa de obras públicas impresionante que dio trabajo a muchísima gente y embelleció la ciudad. Y muy importante, fomentó una identidad cultural común, impulsando festivales y encargando la versión definitiva de los poemas de Homero. Era un dictador, sí, pero sus acciones debilitaron a la nobleza y fortalecieron al pueblo y al estado. Cuando la tiranía de los hijos de Pisistrato cayó, llegó el momento de la verdad. Un noble llamado Clístenes lideró la reforma final, la que diseñaría la arquitectura de lo que hoy conocemos como democracia ateniense. La reforma de Clístenes fue, bueno, fue una auténtica genialidad. política. Para cargarse de una vez el poder de los clanes aristocráticos, lo que hizo fue literalmente redibujar el mapa de Atenas. Se inventó 10 tribus nuevas, pero mezclando a propósito a ciudadanos de la ciudad, de la costa y del interior en cada una. El resultado que las viejas lealtades de clan se iban al traste. De repente tenías que pensar como un ateniense y por si fuera poco, instituyó el sorteo para elegir a los miembros del Consejo de los 500. el sorteo. Esto aseguraba que cualquier ciudadano, daba igual si era rico o pobre, tuviera una oportunidad real de gobernar. Todas estas reformas llevaban a un único y poderoso ideal, la isonomía, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. A partir de ese momento, tu linaje o tu cuenta corriente ya no determinaban tus derechos. Como ciudadano, tenías la misma capacidad para participar en el gobierno de tu ciudad. Se había completado el viaje. Pasamos de la eonomia aristocrática, el buen orden de unos pocos, a la isonomía democrática. la igualdad de la mayoría. La isonomía fue, sin duda, la culminación de un proceso absolutamente revolucionario. Pero esta idea de igualdad era tan radical como frágil. ¿Podría sobrevivir a las ambiciones de los imperios que la rodeaban? Y casi más importante, ¿podría sobrevivir a las propias ambiciones de sus ciudadanos? Esa es una pregunta que marcaría a fuego el siguiente y desde luego sangriendo capítulo de la historia de Grecia.