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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
01 | El problema de Los Dobles Humanos Versión Ampliada #filosofia #antropologia #husserl
A modo de "ubiestesia" en la temática de Antropología Filosófica II
2º año UNED
Basado en el libro:
Antropología filosófica II. Vida humana, persona y cultura
Autor: San Martín Sala, Javier
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGJFDlT5QONRwY0W_TT2H6Q
Transcripción
¿Alguna vez tenemos esa sensación inquietante de estar viviendo nuestra propia vida desde fuera, como si fuéramos, no sé, personajes secundarios en nuestra propia películam? Mm, tomando decisiones basadas enteramente en cómo nos ve el resto del mundo, eh en lo que se espera de nosotros, en la imagen que proyectamos. Claro. El que dirán, eso es. Y esa sensación de agotamiento por mantener una fachada, de olvidar quiénes somos realmente por interpretar un papel que agota muchísimo. Agótatela. Y parece un síntoma serexclusivo de nuestra era moderna, de la hiperconexión y el escaparate constante de las redes, pero resulta que esta tragedia, este desgaste de vivir desde fuera hacia dentro lleva debatiéndose casi un siglo. Es alucinante, ¿sí? Y es un debate que sacude los cimientos de como nos entendemos, porque, a ver, la tendencia natural, la más cómoda para cualquiera, siempre ha sido buscar respuestas fuera. Ya. Lo tangible. Exacto. Nos aferramos a la biología, a la genética, a la neurociencia. En el fondo, queremos que un escáner o un análisis de sangre nos diga qué somos y por qué hacemos lo que hacemos. Claro, es mucho más limpio, es buscar la respuesta fácil, pero los textos de antropología filosófica que desgranamos a fondo hoy nos exigen un cambio de paradigma brutal. nos proponen abandonar esa idea de explicar al ser humano desde abajo, desde las ciencias naturales, y nos retan a mirarnos desde dentro, desde la propia experiencia. Justo. Así que hoy vamos a diseccionar una de las ideas más fascinantes y bueno, más complejas de la filosofía moderna. Vamos a desgranar esto de los dobles humanos que tiene mucha amiga, muchísima. Veremos como pensadores de la talla de Juserel, Ortega y Gaset, Julián Marías y San Martín han intentado resolver este rompecabezas. Y ya advierto que el análisis de hoy no busca darnos una palmadita en la espalda, sino hacernos cuestionar desde dónde estamos viviendo realmente. Pues para empezar a desenredar todo esto, hay que dejar supercaro qué significa mirar desde dentro, porque las fuentes insisten un montón en no confundir términos aquí. A ver, explícanos eso. Pues mirar hacia dentro de espacial. O sea, no es abrir el cerebro en un quirófano a ver si encontramos el alma escondida en un rincón. Ya no es anatomía, para nada. Es un giro epistemológico. Partimos de la base de que el ser humano es el único sujeto con acceso directo, reflexivo y privilegiado a su propia experiencia. Y aquí los textos hacen una advertencia clave, porque es facilísimo confundir esta mirada interna filosófica con lo que la antropología cultural llama la perspectiva EMIC. Mm. La perspectiva del propio actor cultural. Eso es. En las notas aparecía el ejemplo este de la receta tradicional. Si alguien explica por qué prepara el maíz de cierta manera diciendo, "Bueno, es lo que hacían mis abuelos y así honramos a la tierra." Claro, esa es una explicación. IC es válida, es interna, sí, pero está completamente atada a una cultura específica. La antropología filosófica que ponemos hoy sobre la mesa busca algo mucho más ambicioso, algo universal, ¿no? Exactamente. Busca una base universal, porque si dependemos de esa perspectiva EMIC de la que hablabas, la definición de lo que es humano cambiaría en cuanto cruzas una frontera. Ya, claro, lo que es humano en España no sería lo mismo que en Japón. Y eso no nos sirve para la filosofía. La filosofía intenta encontrar una experiencia subjetiva que cualquier individuo en cualquier época y lugar reconozca como propia y sin depender de su folclore o de sus tradiciones. O sea, el objetivo de fondo que plantean estos textos es monumental, es entender cómo damos el salto de ser simples animales racionales enfocados en sobrevivir, el clásico homofaber que fabrica herramientas, a desarrollar una racionalidad comunicativa. una racionalidad donde nos reconocemos como sujetos capaces de relacionarnos con la verdad y sobre todo con los demás. Y justo al intentar hacer ese ejercicio, eh al mirarnos desde esa perspectiva universal, los apuntes señalan que nos damos de bruces contra un muro. Descubrimos que no somos una sola entidad plana y sencilla. Para nada. Somos bastante más complicados. Ya te digo, al reflexionar sobre nosotros mismos nos encontramos irremediablemente divididos. Y aquí es donde nace lo que la literatura llama los dobles humanos. Resulta que por un lado tenemos unas dimensiones o estructuras básicas y por otro la realidad concreta de nuestro día a día. Y esta dualidad es el núcleo de todo el problema. La filosofía detecta que hay unas estructuras trascendentales que son absolutamente ineludibles. Hablamos de cosas como la corporeidad, la mundanidad, la temporalidad, la lingüisticidad. La mismidad. Sí, la mismidad. la socialidad y la historicidad. Los textos subrayan que todas estas dimensiones son cooriginales y necesarias, es decir, que no son el menú de un restaurante donde eliges lo que te apetece. No son opcionales. Repasando esa lista, eh uno se da cuenta de que puede cambiar su dieta, puede cambiar de idioma o mudarse de país, pero no puede decidir no tener un cuerpo. Imposible. O no puedes pulsar un botón y existir fuera del paso del tiempo o decidir no ser un yo proyectado hacia un futuro. Esas son las dimensiones básicas inmutables. Eso es. Y fíjate, para aterrizar un poco estos conceptos que son superdensos, me vino a la mente una analogía con la estructura de un videojuego. A ver, cuéntame. Pues mira, por un lado tienes el motor gráfico del juego, ese código invisible que impone las reglas, eh, las leyes de la física, la gravedad, cómo pasa el tiempo en ese universo virtual. Vale, ese motor gráfico sería nuestras dimensiones trascendentales, pero por otro lado tienes al personaje que tú manejas con la ropa que lleva puesta, si decide explorar una cueva o ir a hablar con un mercader. Claro, el lado empírico. Exacto, ese lado empírico, la biografía concreta y visible es nuestra segunda mitad de ese doble humano. Entonces, la pregunta es, si todos tenemos este doble interior, el motor gráfico y el personaje, ¿cómo han intentado los pesos pesados de la filosofía resolver este rompecabezas? Pues es una pregunta fantástica y el motor gráfico impone las condiciones de posibilidad, pero sin el avatar y sus decisiones, pues no hay historia, no hay partida. La gran fricción en la historia de la filosofía no es darse cuenta de que existen estas dos partes. Ya, eso es lo evidente. Lo difícil es intentar explicar cómo diablos interactúan entre sí, porque si somos dos cosas a la vez, ¿quién manda? ¿Están en paz o están en guerra? Y ahí es donde entran las tres grandes cartografías que nos plantean las fuentes, empezando por Edmund Huser. Correcto. Y lo fascinante aquí es como Huser bilivide al humano. Él habla de la subjetividad trascendental frente al sujeto fáctico mundano. Y leyendo sus planteamientos, lo que me fascina a mí de Huser es el miedo tremendo que parece tenerle a la historia. da la sensación de que hace esta división quirúrgica precisamente para proteger algo puro del ser humano y aislarlo del caos del mundo real. Totalmente. Es que Huser escribe en un contexto donde el relativismo histórico amenazaba con devorar cualquier noción de verdad universal. Si todo es producto de la historia humana y la historia cambia constantemente, comete errores, entra en guerras, pues apaga y vámonos. Claro, todo es relativo. Exacto. Entonces, él coge a la subjetividad trascendental y la isla, la convierte en un observador puro, un foco de racionalidad absoluta que es inatacable por las modas, por la psicología de la época o por el devenir histórico. Es nuestra esencia más pura constituyendo el mundo. Qué bárbaro. Mientras que el sujeto fáctico mundano, el otro lado de la monera, pues es el pobre individuo de carne y huiso que tiene que pagar facturas, que sufre enfermedades y que absorbe los prejuicios de su tiempo. Efectivamente, es el ser humano sometido a las leyes causales, tanto las de la física como las de la sociedad. Husert sostiene que el sujeto empírico es en realidad la autoobjetivación de la vida trascendental. Es un mecanismo de ida y vuelta constante. Una tensión, sí, una tensión donde lo absoluto tiene que encarnarse en lo mundano, ensuciarse las manos, digamos, para poder existir. Pero Ortega y Gasette coge esta tensión y la lleva a un nivel completamente distinto. Ortega es un punto de inflexión brutal en estos textos porque, a ver, todos conocemos la famosísima frase de "Yo soy yo y mi circunstancia". Clasicazo. Sí, un clásico. Pero aquí se aborda desde su distinción entre la vida radical y las realidades radicadas. Y según entiendo, esta vida radical no es una cosa más flotando en el universo. Es el escenario primario, la realidad absoluta donde aparece todo lo demás. Exacto. Incluyéndome a mí mismo. Justo. Todo lo demás, incluido mi cuerpo o mis conceptos, son realidades radicadas. Derivan de ese núcleo radical. Y Ortega cruza esta idea con una observación metodológica que es brillante. Nos advierte del peligro de mirar la vida humana solo con los ojos del historiador al ejecutándose a sí misma. Pero lo que realmente golpea fuerte de la propuesta de Ortega es cómo describe la interacción entre estas dos mitades, porque no es un caminito de ida y vuelta ordenado como en Huser, ¿no? ¿Qué va? Ortega le da un tinte trágico. Habla del olvido de sí mismo y es fortísimo porque la vida radical, que es nuestra verdadera esencia ejecutiva, se esconde, se pierde, se diluye. Sí, terminamos identificándonos tantísimo con nuestra circunstancia, con el papel que jugamos en la sociedad, que nos vemos a nosotros mismos desde fuera utilizando las categorías y las etiquetas que nos ponen los demás. Es una alienación profundísima. Básicamente nos cosificamos. En lugar de sentirnos como la fuente originaria y libre de nuestra propia vida, nos percibimos como una simple cosa más dentro del mundo material, como una silla o una piedra, pero que paga impuestos. Tal cual. La tensión dialéctica aquí es altísima. Para Ortega la vida humana es un campo de batalla continuo donde nuestra esencia radical se asusta. se asusta ante la inmensidad de tener que hacerse a sí misma desde cero y busca refugio en lo empírico, en lo que ya viene dado y masticado por la sociedad. Es como, fíjate, es como llevar puesto un traje que te viene unas tallas más grande, que te pica, un traje que te impone la sociedad y terminas tan sumamente acostumbrado a esa incomodidad que llegas a creer que tú eres el traje. Qué buena imagen. Te olvidas de que hay un cuerpo desnudo debajo de todo eso. Y esta tragedia que plantea Ortega nos deja en un punto de máxima tensión existencial. Estamos al borde del abismo. Pero entonces los apuntes introducen al tercer pensador, a Julián Marías, y de repente todo el tono del debate cambia drásticamente. Sí, Marías es como que intenta poner orden en esta dualidad. Su punto de partida es parecido. Sostiene que la vida humana es anterior a lo que llamamos el hombre. El hombre, biológicamente hablando, es como una realidad empírica que me encuentro instalada dentro de mi vida. ¿Vale? Hasta ahí, bien. Y a partir de ahí divide nuestro ser en dos estructuras. Por un lado, la estructura analítica, que son esas dimensiones previas inmutables de las que hablábamos. Los moldes vacíos, digamos. Exacto. Los moldes de existir en el mundo. Y por otro lado, la estructura empírica, que son las determinaciones de mi biografía concreta, o sea, el color de ojos, la altura, el entorno cultural en el que nazco, si tengo buen olfato o no. Todo eso es la estructura empírica que rellena el molde analítico. Eso es. Y hasta aquí pues parece una evolución bastante lógica. Pero leyendo las implicaciones metodológicas de Marías, me encontré con algo que aquí entre nosotros me parece un error gravísimo. A ver, dispare. Marías afirma tajantemente que la antropología solo debe encargarse de estudiar la estructura empílica. Dice que esa vida radical, esa estructura analítica profunda, se la tenemos que ceder a la metafísica y olvidarnos. Mm. Pero a ver, si amputamos lo más esencial del ser humano y lo mandamos al cajón del departamento de metafísica, eh, no estamos castrando a la antropología filosófica por completo, no la reducimos a ser un mero inventario de anécdotas biográficas. Pues esa reacción que tienes, esa misma indignación es exactamente el centro del debate crítico en estas fuentes. Al sacar la estructura analítica del radar de la antropología, Marías aniquila por completo esa tensión vital de la que hablábamos. Claro, lo deja todo plano. Convierte esa relación trágica y superconflictiva de Ortega en una simple relación de género y especie. Es como un molde prefabricado donde el material empírico encaja sin ningún tipo de resistencia. ya pierde de vista que el ser humano es un ente paradójico, que está luchando constantemente con sus propios límites. Al derivar lo radical a la metafísica, pues la antropología de María se vuelve pacífica, sin fricción, pierde todo el dramatismo de la existencia. Exacto. Pierde la sangre, pierde el pulso. Si a Ortega le preocupaba muchísimo que nos olvidáramos de nosotros mismos, parece que María escoge ese olvido y lo oficializa metodológicamente. Y aquí es donde las fuentes nos presentan una tabla de salvación frente a este vacío enorme que es la propuesta de San Martín. Menos mal que llega San Martín. Sí. Él coge la teoría de Marías, ve este agujero metodológico gigante y decide darle la vuelta a la tortilla por completo. San Martín realiza una inversión que es fundamental para entender esto. Argumenta que lo trascendental, esa estructura analítica de dimensiones básicas, no puede ser de ninguna manera una abstracción relegada a la metafísica. Ni de broma. al revés. Es que es la perspectiva irrenunciable del ser humano. Esas dimensiones básicas son el corazón palpitante de nuestra existencia. Sin comprender eso, desde el minuto uno, es sencillamente imposible hacer antropología. Y el texto hace muchísimo hincapií en que si ignoramos este núcleo trascendental caemos en lo que él denomina una ontología regional. Y a ver, vamos a traducir esto para que no se nos quede en simple jerga académica. Tratar al ser humano desde una ontología regional sería básicamente estudiarlo como si fuera una parcela más del universo, ¿no? Exactamente. Como quien clasifica los minerales de la ladera de una montaña o describe el proceso de digestión de un escarabajo. Completamente de acuerdo. Es tratar al humano como un objeto más en el inventario enorme del cosmos, ignorando el pequeño detalle de que el humano es el único ser que constituye y que le da sentido a ese cosmos. Para empezar, casi nada. San Martín insiste en que somos un yo proyectivo, pero y aquí viene su gran aportación, San Martín no deja este corazón trascendental flotando por ahí en el mundo de las ideas platónicas. Nos dice que esa esencia vital aterriza, se ensucia las manos de barro y se materializa en un espacio muy, pero que muy concreto que es la cultura. Y me parece supervital recalcar esto, ¿sí? Porque no está hablando de cultura como ir a la ópera un viernes o el folklore local de un pueblo. No habla de la cultura con mayúsculas como el escenario vital irrenunciable donde el ser humano canaliza y resuelve todas esas dimensiones trascendentales en las que hablábamos. La cultura, en este sentido filosófico, es el conjunto de cauces que inventamos para dar respuesta a nuestras necesidades más profundas. Y San Martín es queematiza esto en escenarios universales que de verdad son brillantes por su contundencia. Totalmente. Piensa en nuestra relación con la naturaleza. No nos limitamos a habitarla como hace un oso o un pájaro. Necesitamos conservarnos frente a ella. Necesitamos transformarla para sobrevivir. ¿Y cuál es el gran cauce cultural que hemos creado para esto? El trabajo. El trabajo, claro, pero no entendido solo como un empleo asalariado de 8 a cinco, sino como la modificación consciente de nuestro entorno. Y luego los apuntes exploran nuestra relación con los otros, con nuestros semejantes. Y ahí es donde aparecen dos fuerzas motrices inmensas en el ser humano. Por un lado, tenemos esa necesidad víceral de vínculo, de reproducción en su sentido más amplio y eso da lugar a toda la enorme estructura cultural del amor. Qué bonito eso. Sí. Y por otro lado, tenemos la necesidad de gestionar la convivencia porque somos muchos y hay que establecer un orden y esto desemboca irremediablemente en el poder. Gente de la especulación abstracta de los despachos y se mete en las trincheras de la vida diaria de cualquiera. Ya lo creo. Pero hay dos categorías más que son absolutamente imprescindibles para San Martín. La relación del ser humano con sus propios límites absolutos. Cuando chocamos contra la imposibilidad física de seguir proyectándonos, nos topamos de frente con la muerte, el gran límite. Y la cultura entera a lo largo de los siglos está vertebrada por cómo lidiamos, cómo simbolizamos y cómo intentamos darle algún tipo de sentido a la muerte. Y llegamos a la que francamente para mí es la categoría más reveladora y sorprendente de San Martín. Hemos hablado de la naturaleza de los demás humanos, de nuestros límites, pero nos queda nuestra relación con lo que no existe, con lo puramente posible, con la ficción. Y el cauce cultural para lidiar con lo irreal, con la fantasía, es el juego. El juego. Y quiero que nos detengamos aquí un momento, porque ¿por qué el juego tiene tanto peso filosófico? De repente solemos asociarlo a algo infantil, a pasar el rato, a algo trivial. Y San Martín coge el juego y lo eleva a un pilar fundacional de la condición humana. Pues porque el juego es el verdadero laboratorio de la libertad humana. Cuando jugamos, me da igual si es en un partido de baloncesto, si es leyendo una novela de ciencia ficción o imaginando un escenario futuro en nuestra cabeza o en un videojuego. O en un videojuego. Claro. Lo que estamos haciendo es suspender temporalmente las reglas de esa realidad empírica. que tantas veces nos asfixia. Estamos ejercitando en estado puro esa racionalidad comunicativa y libre de la que hablábamos al principio del análisis. O sea, experimentamos con lo posible. Exacto. Experimentamos con lo posible sin tener que sufrir las consecuencias causales y reales del mundo fáctico. Es una válvula de escape brutal y al mismo tiempo es la máxima expresión de que no estamos totalmente encadenados a nuestra biología o nuestro entorno físico. Es como la rebelión definitiva contra ser simplemente una cosa más en el universo. Como decía Ortega, jugamos porque podemos imaginar mundos que aún no son reales. Me parece una manera espectacular de cerrar el círculo de esta teoría. Es precioso, la verdad. Y todo esto nos lleva a la conclusión final de San Martín, que la filosofía de la cultura es en realidad la verdadera antropología filosófica. Claro, no pueden separarse porque el estudiar cómo trabajamos, cómo nos amamos, cómo organizamos las jerarquías de poder, cómo lloramos la muerte y cómo jugamos, estamos viendo en tiempo real como ese motor gráfico del que hablabas, ese código trascendental, eso es cómo está buscando desesperadamente su sentido en el mundo físico y nos devuelve la gravedad a nuestras acciones más cotidianas, porque de repente te das cuenta de que al lidiar con una jerarquía pesada en la oficina o al perderte en un videojuego el fin de semana, No estás simplemente matando el tiempo, estás participando activamente en la ejecución de tus estructuras analíticas fundamentales. No hay absolutamente nada trivial en la vida humana cuando te pones estas gafas filosóficas. Pues vamos a ir recogiendo todo este viaje intelectual porque, madre mía, ha sido denso, pero absolutamente transformador. Partimos de la insatisfacción total con esas definiciones meramente biológicas del ser humano. Entendimos la necesidad urgente de mirarnos desde dentro, reconociendo que habitamos una fractura, un doble humano. Ese motor y ese avatar. Eso es. Vimos como Huserl intentó salvar nuestra racionalidad pura aislándola de los baivenes de la historia. Luego Ortega nos enfrentó al drama tremendo de perdernos a nosotros mismos en la mirada social. Y aunque Marías eh intentó calmar las aguas a costa de perder esa tensión vital, llegó San Martín y nos devolvió el pulso, demostrando que nuestra esencia trascendental vive y respira a través de la cultura, a través del sudor del trabajo, de las dinámicas de poder, del impacto del amor, del luto y de la pura invención libre del juego. Es un recorrido que demuestra clarísimamente que la antropología no es un mapa estático que ya está dibujado. Es la disciplina de mantener siempre abierta la pregunta sobre quiénes somos sin conformarnos jamás con respuestas superficiales. Y precisamente por eso me gustaría recuperar la imagen con la que abrimos hoy y dejarla flotando un poco en el aire para que le demos unas vueltas. Venga. Ortega nos advertía hace casi 100 años de esa tragedia del olvido, ¿no? De cómo nos acobardamos ante nuestra propia libertad y preferimos cosificarnos asumiendo la mirada, los likes, las etiquetas y los juicios que los demás proyectan sobre nosotros. Ese traje que nos pica, pero que no nos atrevemos a quitarnos. Sí, la alienación. Y luego San Martín nos dice que la cultura es el gran terreno donde jugamos con el poder, con lo posible y con nuestra propia autoafirmación. La conexión con nuestro presente parece inevitable al escuchar esto. Es que la pregunta se escribe sola al ver cómo vivimos hoy en día. Pasamos incontables horas esculpiendo meticulosamente una versión empírica de nosotros mismos en los entornos digitales. En Instagram, en TikTok. Claro, diseñamos avatares, seleccionamos fotos con lupa, filtramos nuestras opiniones, todo para que una audiencia anónima nos devuelva validación en forma de métricas. Entonces, la gran pregunta es, ¿acaso esta cultura de la hiperconexión es la trampa definitiva, el abismo final donde ese olvido de sí mismo de Ortega triunfa por completo y nuestra vida radical queda sepultada bajo el peso de la mirada ajena? Ostras. O por otro lado, podríamos ser optimistas y pensar, usando la lente de San Martín que todo este inmenso teatro digital es simplemente la última gran frontera del juego humano, un espacio donde ensayamos de forma segura nuevas formas de lo posible y de la libertad. Es una disyuntiva fascinante, fíjate. La red vista como la prisión absoluta de nuestra autoobjetivación o la red como el mayor tablero de juego que la humanidad jamás ha construido. Da para pensar. Quizá la respuesta dependa del grado de consciencia con el que iniciamos sesión en el ordenador cada día. Ahí queda eso para darle unas cuantas vueltas. Ha sido un absoluto privilegio desgranar estas ideas hoy. Ojalá este análisis haya servido para mirarnos a nosotros mismos con un poco más de profundidad y, desde luego, con un poco menos de complacencia. Nos encontramos en la próxima inmersión. Yeah.