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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
02.02.01 En un occidente "posideológico"
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hola, bienvenidos a este análisis en el que vamos a intentar desvelar esos guiones ocultos que guían nuestra vida cotidiana y para ello vamos a empezar en un lugar, la verdad, de lo más inesperado. Pues sí, la pregunta es rara, lo sé, pero merece la pena seguir el hilo porque la respuesta revela mucho más de lo que podríamos pensar sobre esas fuerzas invisibles que nos rodean. A ver, vamos a meternos en esto. El filósofo esloveno, Slabo Yek, propone una teoría que es, bueno, fascinante y a la vez bastante provocadora. El inodoro tradicional alemán con su diseño casi nos obliga a confrontar nuestros propios desechos. Esto, según Yek, refleja un rigor reflexivo, una mentalidad conservadora. Por otro lado, el inodoro francés está pensado para que todo desaparezca lo más rápido posible, una especie de metáfora de la prisa revolucionaria, del radicalismo. Y luego está el modelo anglosajón, que es como un término medio. Los desechos flotan, sí se ven, pero no invitan a una inspección detallada. un pragmatismo utilitario puro, un liberalismo moderado. Esta es una idea que se oye mucho, ¿verdad? La noción de que las grandes ideologías del siglo X pues ya son cosa del pasado, que hemos superado esas grandes narrativas. Y aquí viene el giro, el punto crucial. Y si la ideología no es tanto un conjunto de creencias abstractas que uno elige, sino el propio telón de fondo que damos por sentado, o sea, las reglas no escritas de nuestra vida diaria. Esta es la clave de todo. La ideología es esa textura del mundo que nos permite vivir con nuestras contradicciones sin que apenas nos demos cuenta. Es como un software invisible que se ejecuta en segundo plano y como acabamos de ver está en las cosas más pequeñas, en lo que queda, en los restos. ¿Vale? Si la ideología es este telón de fondo, ¿cómo opera hoy en día? Pues aquí es donde entra en escena una figura muy contemporánea, el cínico moderno. Aquí el filósofo Peter Slotterdik nos ofrece una distinción que es francamente brillante. El cinismo antiguo, el de Diógenes, era plebello, era confrontacional. Era Diógenes diciéndole a Alejandro Magno que se apartara, que le estaba tapando el sol. El cinismo moderno, sin embargo, parece que ha cambiado de bando. Es un cinismo señorial, distante. Y esta es la gran paradoja. El cínico moderno es perfectamente consciente de que el sistema es una mascarada. Se ríe de ello, pero es justo ahí, en esa distancia irónica, en esa creencia de que se está por encima de todo, donde la ideología se hace más y más fuerte. Al aceptarla con una sonrisa, lo que hacemos es permitir que siga funcionando sin oposición alguna. Bien, entonces si estamos atrapados en esta red, ¿hay alguna manera de escapar? Es posible liberarse a través de actos de transgresión como, no sé, el arte subversivo? Este es un ejemplo perfecto. A primera vista parece un folleto turístico idílico, pero si nos fijamos bien, descubrimos una crítica mordaz a cómo se tratan los inmigrantes. Parece, desde luego, una forma clara de rebelión. El mecanismo que utiliza es el que describió Henry Berkson al tomar la metáfora de los mundos de ensueño, de las vacaciones y aplicarla de forma literal a la cruda realidad de la inmigración, se genera una disonancia cognitiva, nos hace pensar, nos saca de nuestra comodidad y aquí es donde la cosa se empieza a complicar. ¿Es esta crítica un ataque real al sistema o es más bien como un carnaval, como una fiesta en la que se permite romper las reglas por un tiempo para que luego todo vuelva a la normalidad y el sistema, de hecho, salga reforzado? Podemos entender la transgresión de dos maneras. La primera es la del carnaval, una pequeña válvula de escape que al final no hace más que confirmar que la regla general es válida. La segunda es mucho más radical. No se trata de una excepción a la regla, sino de la prueba de que la regla en sí misma es defectuosa. Para explorar esta segunda fórmula, la de la confrontación directa, vamos a fijarnos en la obra del artista Santiago Sierra. Su trabajo, en este sentido, es implacable. Hay que prepararse porque esto no es una obra para ser contemplada pasivamente. Es toda una experiencia diseñada para atrapar el espectador. Imaginemos la situación. Una figura relevante del mundo de la cultura. Alguien acostumbrado a ser quien observa. Entra en este pasillo. Al final se ve convertida en el espectáculo. 186 trabajadores, la mano de obra invisible que sostiene todo ese mundo, le observan en silencio. No hay salida posible. Solo se puede dar la vuelta y ser devuelto a la calle, a la realidad. Y aquí reside la potencia genial y brutal al mismo tiempo de esta obra. invierte por completo la relación de poder. La obra no es una crítica sobre algo, es una confrontación directa con los mecanismos ocultos del propio sistema artístico y cultural. En otra de sus acciones, Sierra pagó a un grupo de mujeres sin hogar el equivalente a una noche de hotel para que se pusieran de cara a la pared en la Tate Modern. La postura evoca castigo, invisibilidad. Lo fácil sería pensar que es una crítica a los políticos, pero Sierra es mucho más astuto. Evita darnos un culpable fácil. Al negarnos un chivo expiatorio, la mora se gira y nos apunta. La gente que va a la galería a consumir arte se topa con un retrato incómodo de sí misma y del sistema del que forma parte. Un sistema que produce precisamente esa invisibilidad que ahora se está exhibiendo como si fuera arte. Así que, como hemos visto, la ideología no es un gran manifiesto político, sino más bien el murmullo de fondo de nuestras vidas. está en los objetos más mundanos y en las experiencias más extremas. La pregunta final entonces no es tanto si podemos escapar de ella, sino si podemos aprender a escuchar lo que sus fantasmas nos están diciendo. No.