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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre

02 02 El repliegue bizantino | Las dinastías heraclida e isáurica

El repliegue bizantino | Las dinastías heráclida e isáurica. Las presiones exteriores desde la muerte de Justiniano. Transformaciones y reorganización del Imperio. Las cuestiones religiosas | La querella de las imágenes. Segunda parte | La Alta Edad Media (siglos VIII al XI) | Los asaltos contra la Europa cristiana.

Transcripción

Imaginen un imperio a punto de desaparecer, de ser borrado del mapa y que no solo sobrevive, sino que renace de sus cenizas transformado en algo completamente nuevo. Pues de eso vamos a hablar hoy, de la increíble metamorfosis del Imperio Romano de Oriente en lo que la historia acabó llamando Bizancio. Es, sin duda, una de las mayores historias de supervivencia y reinvención que existen. Y esa es la pregunta clave, ¿verdad? ¿Cómo se sobrevive a lo imposible? ¿Qué se necesita para que un estado, una civilización entera se reinvente cuando, bueno, cuando todo está en su contra? Vamos a intentar desentrañar ese misterio. Bien, esta es la hoja de ruta. Primero veremos por qué la idea de Roma era ya una ficción, luego el asedio brutal que sufrió el imperio. Pasaremos a la reorganización interna, que es clave para entenderlo todo, y cómo de ahí nace un nuevo imperio griego. Y terminaremos con la famosa guerra de las imágenes. Vamos allá. Vale, empecemos por el principio. Tras la época dorada de Justiniano, el imperio vivía de un recuerdo, de una idea, la de ser todavía el gran imperio romano. Pero seamos sinceros, eso era ya casi una fantasía. Una fantasía que la cruda realidad estaba a punto de hacer saltar por los aires. Miren, a finales del siglo VI imperio era, bueno, era un gigante con pies de barro. El mapa era impresionante, ¿sí? Pero su control real en sitios como África o la Península ibérica era muy muy frágil. apenas unas pocas ciudades costeras, o sea, estaba peligrosamente sobreextendido, era increíblemente vulnerable y lo peor de todo se avecinaba la tormenta perfecta. Y vaya si llegó la tormenta. De repente, en el siglo séptimo, el imperio se encontró literalmente bajo asedio y no desde un frente, no, desde todas las direcciones a la vez. Lo increíble de esta época es el ritmo, es que no daban tregua. O sea, piensen en la situación del emperador Heráclio. Está en una guerra a muerte con los persas para recuperar Siria y al mismo tiempo, pum, le llegan noticias de que los bisigodos acaban de echar a sus últimas tropas de Hispania y cuando por fin parece que respira un poco en oriente, aparecen los ejércitos árabes y arrasan con todo lo que había conseguido. Era era una presión constante, brutal, por todos lados. El resultado fue, para que nos entendamos, una sangría territorial catastróficamente rápida. perdieron Siria y, ojo, Egipto. Egipto no era una provincia cualquiera, era el granero del imperio. Y con la caída del norte de África, adiós al control del Mediterráneo occidental, el mapa se encogía a una velocidad que daba vértigo. La diferencia es que es brután. En poco más de 100 años, el sueño de Justiniano de un lago romano se evaporó por completo. Lo que quedó era un estado mucho más pequeño, sí, pero y aquí está la clave de todo, era un estado más compacto, más coherente y por tanto, mucho más fácil de defender. Y justo ahí, en el punto más bajo, con los ejércitos árabes a las puertas de la mismísima Constantinopla, en el 717, aparece el hombre del momento, un general de Anatolia, león elisáurico. Este hombre no solo salvó la capital de una caída casi segura, sino que fue el arquitecto del nuevo Bizancio, el que puso los cimientos para la supervivencia. Claro, porque una cosa es ganar una batalla y otra muy distinta es ganar la guerra por la supervivencia. Y eso no se hacía solo con espadas, había que cambiarlo todo desde dentro. El imperio necesitaba una reorganización total para poder resistir lo que venía de fuera. Y la piedra central de toda esta reforma fue el famoso sistema de temas. ¿Qué era? Pues básicamente se cargaron la vieja idea romana de separar el poder civil del militar. A partir de ahora, el imperio se dividía en provincias que eran, en esencia distritos militares, todo pensado para la defensa. Y al mando de cada tema pusieron a una figura nueva, el estrategos. Este tipo tenía todo el poder, el militar y el civil. ¿Por qué hicieron esto? Pues muy sencillo, por pura necesidad. Cuando tienes incursiones enemigas casi a diario, no puedes andar con burocracia. Necesitas a alguien que pueda tomar decisiones y actuar al instante. La velocidad era literalmente la diferencia entre la vida y la muerte. Pero claro, la pregunta es, ¿y los soldados de dónde los sacaban? Aquí es donde el sistema es de verdad brillante. En vez de pagar a mercenarios caros y que a saber si te eran leales, crearon un ejército de ciudadanos propietarios. La idea era, "Te doy esta tierra y a cambio tú y tu familia me proporcionáis servicio militar de padres a hijos." Así consiguieron un ejército leal que luchaba por sus propias tierras y que además no les costaba una fortuna. Pero ojo que la transformación no fue solo militar o administrativa, fue mucho más profunda. El imperio, en esencia cambió de alma, dejó atrás su pasado latino y abrazó por completo su identidad griega. Y el cambio se notó en todo. El idioma oficial pasó a ser el griego. El título del emperador ya no era imperator a la romana, seno Basileus en griego. Y aquí viene una de esas paradojas geniales de la historia. Al perder provincias tan distintas como Siria o Egipto, el imperio se hizo más pequeño, sí, pero cultural y religiosamente se volvió mucho más uniforme, más griego, y eso le dio una cohesión que antes no tenía. Y el Basileus, el emperador, se convirtió en algo más que un simple gobernante. Su figura se elevó a una dimensión casi sagrada. Como dice el historiador Charles Diale, era el elegido de Dios, el vicario de Dios en la tierra. En teoría, su poder era total, absoluto. El único límite real era el miedo a que el ejército o el pueblo se levantaran y lo quitaran de medio. Cla. Y para que todo este estado centralizado funcionara, Bizancio creó una maquinaria burocrática sofisticada. Es interesante porque el poder real no estaba en una nobleza de sangle grandes familias, sino en una élite de funcionarios de carrera, tipos como el logoteta o el saquelario, que eran los que movían los hilos del imperio desde sus despachos en Constantinopla. Pero no todo fue tan ordenado. Este nuevo Bizancio nació con una herida interna profundísima, una crisis espiritual que casi lo desgarra por dentro, la famosa guerra de las imágenes, la querella iconoclasta. Y no fue cosa de un par de años, eh, fue una lucha larguísima con dos fases muy marcadas. Lo más curioso es que quien la empezó fue precisamente León Icero, el salvador del imperio. Y quienes le pusieron fin en ambas ocasiones fueron dos mujeres, dos emperatrices, primero Irene y luego de forma definitiva Teodora. Ahora la pregunta es, ¿por qué tanto lío por unas imágenes religiosas? Pues la cosa tiene miga, hay que entenderlo desde tres puntos de vista. Por un lado, sí había un debate teológico sincero. Venerar imágenes es idolatría o no. Por otro, era una lucha de poder clarísima entre los emperadores, que venían de Anatolia, una zona muy iconoclasta, y las provincias de Grecia e Italia. Y no nos olvidemos del dinero, fue un ataque directo a la yugular del poder económico de los monasterios que se forraban produciendo y vendiendo iconos. Los argumentos de cada bando estaban muy claros. Los iconoclastas, los rompeimágenes decían, "Esto es idolatría." La Biblia lo prohíbe, hay que purificar la fe. En la otra esquina, los iconódulos respondían, "Un momento, no adoramos el objeto, veneramos lo que representa. Los iconos son como libros para los que no saben leer. Y además, si Cristo se hizo hombre, ¿por qué no vamos a poder representarlo?" Y así de esta mezcla de asedio exterior y crisis interna emergió algo nuevo, un imperio más pequeño, sin duda, mucho más militarizado por pura supervivencia y con una identidad clara, rotunda y orgullosamente griega, un imperio forjado literalmente a fuego. Lo que nos lleva a la pregunta final, que ahí la dejó. Toda esta reinvención tan brutal fue la salvación definitiva de Bizancio, lo que le dio cuerda para aguantar otros siete siglos o fue en realidad una adaptación genial que solo sirvió para retrasar un final que ya estaba escrito? La respuesta, como casi todo en Bizancio, no es nada sencilla.