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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)

02 │ El imperio napoleónico y la restauración absolutista

HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Sección Contemporánea) Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde Creado con NotebookLM - Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHtrkm9OjAfhKZfj83e_y2L Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L

Transcripción

Bueno, vamos a meternos de lleno en un periodo fascinante. Estamos hablando de 50 años, eh desde 1799 hasta 1848, que literalmente pusieron Europa patas arriba. Es un tiempo de una tensión brutal, como una lucha muerte entre dos ideas completamente opuestas. Por un lado, la revolución, el cambio que parece imparable y por otro la reacción, los que intentaban con todas sus fuerzas volver a lo de antes. Y aquí está la pregunta clave de todo este asunto. ¿Se puede dar marcha atrás en la historia? Es decir, después de una sacudida como la Revolución Francesa, ¿es posible pulsar un botón y hacer como si nada hubiera pasado? Porque en esencia eso es lo que las viejas monarquías intentaron con la restauración. Querían borrar a Napoleón y a la revolución del mapa. Pero claro, una cosa es quererlo y otra es poder hacerlo. Para entender bien el percal, hay que imaginarse la Europa de entonces. No era un solo continente, sino dos luchando en el mismo tablero. Por un lado, tenías la Europa de siempre, la de los reyos absolutistas, los privilegios de la aristocracia, la tradición y, por otro, una Europa nueva que empezaba a hablar de cosas como ciudadanos, derechos, naciones. El choque era, vamos, inevitable. Esta cita lo clava de verdad. No estamos hablando solo de cañonazos y batallas. Esto era una lucha dialéctica, una pelea de ideas, la innovación de Napoleón contra la nostalgia de los reyes que querían que todo volviese a ser como antes. Este conflicto es el motor que mueve toda esta época. Y en medio de todo este lío aparece él, Napoleón Bonaporte. En 1799, Francia estaba hasta arriba del caos del directorio. Napoleón no llega como un revolucionario exaltado, sino todo lo contrario, como el hombre que va a poner orden. Su promesa era muy clara. Se acabó la revolución, pero ojo, vamos a quedarnos con lo bueno. Y aquí llegamos a lo que es probablemente su mayor legado, el código civil. su obra maestra, sin ninguna duda. A ver, para que nos hagamos una idea del cambio tan bestial que supuso, se pasó de un caos de leyes feudales y privilegios por haber nacido en una familia u otra a tener un único código para todos los ciudadanos. Garantizaba la propiedad privada, algo clave para la burguesía, y mandaba el traste los privilegios de la aristocracia. Fue una obra de ingeniería social que cambió Francia para siempre y que luego se exportó a media Europa. El régimen de Napoleón tenía una paradoja enorme. Por un lado, sí consolidó en las libertades civiles y económicas que la burguesía quería. Igualdad ante la ley, tu propiedad está segura, todo eso. Pero, ¿cuál fue el precio? Pues las libertades políticas. El suyo era un poder autoritario con censura, donde la gente participaba en política más bien poco. Fue como un trato. Os doy orden y seguridad para vuestros negocios, pero aquí mando yo. Ahora vamos a ver cómo esta idea se lleva a escala continental. La política exterior de Napoleón fue básicamente construir un gran imperio. En su momento de máximo esplendor, su poder se extendía por más de la mitad de Europa, ya fuese con control directo oponiendo a sus familiares en distintos tronos. Un proyecto colosal. Vaya. Pero su imperio no era solo conquistar por conquistar. A donde llegaban sus soldados, llegaban también las ideas de la revolución. Se acababan los derechos de los señores feudales. Se cerraban instituciones medievales como la Inquisición aquí en España y cómo no, se imponía su famoso Código civil. Era una forma de modernizar Europa a la fuerza. Y aquí está la gran ironía, la contradicción que acabaría con él. Al ir por Europa difundiendo la idea de que cada pueblo tiene derecho a gobernarse a sí mismo, a ser una nación, sin darse cuenta estaba cabando su propia tumba, porque los pueblos que ocupaba, como el español o el ruso, usaron precisamente esa idea de nación para levantarse contra él. El nacionalismo que él mismo ayudó a despertar se lo comió y así su imperio se vino abajo. Después de la derrota final en Waterlou en 1815, los que le ganaron se juntan en el Congreso de Viena. Aquí empieza un nuevo capítulo, el intento de las monarquías de toda la vida de literalmente rebobinar la historia. El objetivo que tenían era así de claro y de imposible, borrar la revolución, como si no hubiera pasado. Con el canciller austríaco a la cabeza querían hacer un reset y volver a la casilla de salida, como si los últimos 25 años de ideas, cambios y guerras no hubieran existido. ¿Y cómo pensaban hacerlo? pues con un plan basado en tres pilares. Primero, el principio de legitimidad, que vuelvan a sus tronos los reyes de siempre, los Borbones, a Francia, por ejemplo. Segundo, equilibrio de poder. Vamos a repartirnos el mapa de Europa para que nadie sea demasiado fuerte y la líe otra vez. Y tercero, intervencionismo. Crearon la Santa Alianza, que era un pacto militar para aplastar cualquier conato de revolución en cualquier parte de Europa. Pero claro, el muro de contención que montaron en Viena tenía fisuras por todas partes. Las ideas del liberalismo y del nacionalismo que la revolución y el propio Napoleón habían soltado eran como un mar embravecido. Era cuestión de tiempo que las olas empezaran a golpear con fuerza. Y así fue. El sistema de la restauración se fue desmontando poco a poco con tres grandes oleadas revolucionarias. La primera, unos pequeños temblores en 1820. Después una sacudida mucho más seria en 1830 y ya el remate, el gran terremoto de 1848. La primera ola, la de 1820, se notó sobre todo en la zona del Mediterráneo. Y aunque la Santa Alianza consiguió aplastar casi todos estos levantamientos, el mensaje quedó muy claro. Las ideas liberales seguían ahí, latentes. La mecha no se había apagado. La revolución de 1830 ya fue otra cosa, un punto de no retorno. En Francia echan a los Borbones para siempre y ponen a un rey burgués, Luis Felipe de Orleans. Bélgica se independiza. Esto significa que la burguesía liberal se hace con el poder en la parte occidental de Europa. El sistema de Viena empieza a hacer aguas por todas partes. Y llegamos a 1848, la famosa primavera de los pueblos. Esta fue la oleada más bestia de todas. se extendió por casi toda Europa y además a las viejas ideas liberales y nacionalistas se sumaron cosas nuevas, peticiones democráticas como el sufragio universal y también reivindicaciones sociales de los trabajadores. Aunque muchas de estas revoluciones fracasaron al principio, el golpe al sistema de la restauración fue definitivo. Así que en 1848 se puede decir que el duelo termina. El intento de volver al antiguo régimen había sido un fracaso total. El absolutismo ya no tenía cabida en una Europa que se estaba industrializando y en la que la idea de soberanía nacional ya era el principio que lo movía todo. Y todo esto nos lleva a una última reflexión, porque los conflictos de esta época en realidad nunca se fueron del todo. La tensión entre libertad y seguridad, la lucha de los pueblos por su soberanía, el debate sobre cuánto debe intervenir el estado, todas son semillas que se plantaron en este medio siglo tan convulso. y sus frutos, para bien para mal, siguen muy presentes en el mundo en el que vivimos hoy.