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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Introducción a la Historia de la Edad Media | Emilio Mitre

04 05 La marcha hacia el autoritarismo monárquico en la Europa occidental

La marcha hacia el autoritarismo monárquico en la Europa occidental. La Francia de Luis XI y el Estado borgoñón. Inglaterra | La Guerra de las Dos Rosas y el ascenso de los Tudor. Los reinos hispanocristianos y la unión personal castellano aragonesa. Cuarta parte | La Baja Edad Media (siglos XIV y XV) | La crisis de la sociedad medieval.

Transcripción

Pensemos por un momento en una época en la que un rey, bueno, era básicamente un noble más, a veces incluso con menos poder y dinero que sus propios vasallos. Entonces, ¿cómo se pasa de eso a la figura de un monarca con un poder casi absoluto que puede decidir sobre la vida y la muerte de la gente? Pues de eso va todo esto. Vamos a analizar esa transformación que fue radical y que al final dio forma al Estado moderno que conocemos. Esa es la pregunta del millón, ¿verdad? ¿Qué pasó? ¿Qué meismos? ¿Qué guerras? ¿Qué pactos hicieron falta para que una sola persona concentrara tantísimo poder? Pues vamos a intentar desentrañar ese proceso que cambió el mapa político de Europa para siempre. Para entenderlo bien, vamos a seguir un orden. Primero veremos cómo estaba el patio en Europa en ese momento. Luego nos vamos a ir a tres casos clave. La Francia del astuto rey araña, una Inglaterra destrozada por una guerra civil y una España que se forja a partir de la Unión. Y para terminar veremos cuál era la caja de herramientas que todos ellos usaron para hacerse fuertes. Empezamos. Bien. Situámonos a mediados del siglo XV. Europa está literalmente agotada. La guerra de los 100 años, que pareció no acabar nunca, y un montón de rebeliones de nobles han dejado un panorama de caos total. Y en ese vacío empieza a destacar una figura como la única que parece capaz de poner algo de orden, el rey. ¿Vale? Y aquí lo que tenemos es básicamente el choque de dos mundos. Por un lado, los poderes de toda la vida, la nobleza, que en sus tierras eran prácticamente reyes, los parlamentos que le paraban los pies al monarca y, claro, la iglesia, el papado, que tenía una influencia universal. Pero, ¿qué están haciendo? Pues justo lo contrario, la monarquía que empieza a jugar la carta del sentimiento nacional, de la unidad y a decir, "Oye, que en mi reino mando yo." Es una lucha por centralizar el poder. Y el primer caso que vamos a ver es el de Francia con Luis X. Lo llamaban el rey araña. Y no por nada. Era un maestro tejiendo redes diplomáticas, conspiraciones, trampas. Su gran obsesión era una, doblegar a los grandes príncipes, a esos nobles que tenían territorios enormes y que amenazaban con romper el reino. Y su principal problema, su archienemigo, tenían nombre y apellido, Carlos el Temerario, el duque de Borgoña. Es que, a ver, los dominios de este hombre no eran un ducado cualquiera, eran casi un estado propio que iba desde Francia hasta Alemania y que soñaba con ser un reino independiente. Para Luis XI, acabar con este poder era simplemente una cuestión de supervivencia para Francia. Y esta cronología es genial para ver cómo se las gastaba el rey araña. Esto no fue una victoria rápida y fácil para nada. De hecho, al principio se llevó un palo tremendo, una humillación en Perone. Pero Luis era paciente. En lugar de ir al choque directo, se dedicó a tejer su tela, aislar a su enemigo. Su gran jugada fue el tratado de Piquini. Básicamente le pagó a los ingleses para que se fueran a casa y dejaran solo a Carlos. y una vez solo financió a los enemigos de Borgoña, a los suizos, para que hicieran el trabajo sucio. Y lo hicieron. Acabaron con él en la batalla de Nancy. El resultado fue espectacular. Al morir su gran rival, Luis se queda con un montón de territorios importantísimos como el ducado de Borgoña o Picardía y luego cayeron Anju, Provenza. Para remater la faena, se aseguró el control del último gran feudo independiente, Bretaña, con una boda estratégica. Cuando murió, dejó una Francia mucho más grande, unida y fuerte. Venga, cruzamos el canal de la Mancha y nos vamos a Inglaterra. Aquí el camino hacia el poder absoluto fue muy distinto. No se basó tanto en la diplomacia y las trampas, sino que se forjó en el fuego y la sangre de una de las guerras civiles más brutales de su historia. Hablamos, claro, de la guerra de las dos rosas, un conflicto que enfrentó a dos ramas de la familia real, los Lancaster con su rosa roja y los York con la blanca. Pero que nadie se engañe, esto era mucho más que una pelea de familia. En el fondo era la nobleza inglesa a la que se estaba peleando. Tras la derrota en Francia, los grandes señores volvieron a la isla y se lanzaron a una lucha a muerte por controlar el trono. Y aquí está la clave de todo. No fue una guerra del pueblo, fue una guerra de élites contra élites, una sangría brutal entre nobles que tuvo una consecuencia que nadie esperaba. La vieja aristocracia inglesa, la que siempre estaba dando problemas, quedó prácticamente aniquilada. Y claro, con el solar limpio de matojos era el momento perfecto para que una nueva dinastía construyera algo desde cero. Y el que va a construir sobre esas cenizas es Enrique VII, el primer tudor. Y su plan fue metódico e implacable. Primero, ganar la guerra en el campo de batalla. Listo. Segundo, casarse con la del bando contrario, Isabel de York y así unir las dos casas. Paz. Pero ojo, que lo realmente gordo vino después. Sometió al parlamento, lo convirtió en una herramienta suya. Y lo más importante de todo, se buscó la vida para tener su propio dinero. Préstamos forzosos, impuestos al comercio. Ya no tenía que ir pidiendo permiso a los nobles para cada gasto. Ató todo bien atado con bodas estratégicas con Escocia y España y dejó una monarquía, bueno, con un poder como nunca se había visto en Inglaterra. Nuestro viaje nos lleva ahora a la península ibírica. Y si en Francia el cambio vino por la lucha contra un noble demasiado poderoso y en Inglaterra por una guerra civil, en España el Estado moderno va a nacer de la unión de dos crisis que estaban ocurriendo a la vez en sus dos reinos más importantes. Por un lado tenemos a Castilla. La situación era de anarquía, un caos total. El rey Enrique IV era muy débil y la noblez hacía lo que le daba la gana. Hasta tal punto llegó la cosa que montaron la famosa farsa de Ávila, donde en plan teatrillo depusieron una estatua del rey, o sea, la autoridad real estaba por los suelos. Y mientras en la Corona de Aragón otra guerra civil, esta vez en Catalia, allí el rey Juan I se enfrentó a las élites catalanas. Era un choque entre dos formas de ver el poder. El pactismo que defendían los catalanes, donde el rey tenía que respetar las leyes y fueros locales y el autoritarismo que quería imponer el rey. La guerra duró 10 años y dejó Cataluña destrozada. ¿Y cuál fue la solución a este doble problema? Pues una jugada política maestra, casar a los herederos de los dos reinos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Juntos, lo primero que hicieron fue poner orden en Castilla. Luego, con la conquista de Granara terminaron de unificar el territorio. Ojo, no fusionaron los reinos. Cada uno mantuvo sus leyes. Pero esa unión personal creó una nueva potencia en Europa de la noche a la mañana. Hemos visto las historias de Francia, Inglaterra y España. Son caminos diferentes, ¿verdad? Pero lo más curioso es que todos estos nuevos monarcas, como se les llama, acabaron usando una caja de herramientas muy muy parecida para conseguir y mantener su poder. Y esos instrumentos fueron fundamentalmente cuatro. Primero, un ejército permanente que solo obedece al rey, no a los nobles. Segundo, un sistema de impuestos fijos para tener dinero contante y sonante. Tercero, una diplomacia profesional con embajadores que eran los ojos y oídos del rey en el extranjero. Y por último, y quizá lo más importante, una justicia real que se imponía a la justicia de los señores feudales. Y esta tabla lo deja clarísimo. La idea es la misma en todas partes, solo cambian los nombres. Para los impuestos, pues en Francia tenían las tallas y en Castilla las alcabalas. Para la justicia crearon tribunales reales potentes como la famosa cámara estrellada en Inglaterra o las chancillerías en Castilla. El objetivo era siempre el mismo, que la ley del rey estuviera por encima de cualquier otra. Así que para resumir lo que consiguieron estos reyes y reinas fue una auténtica revolución. Le quitaron poder a los que siempre se lo habían limitado, es decir, a la nobleza y a los parlamentos. Y al hacerlo, inclinaron la balanza del poder de una forma brutal hacia su lado. Crearon los estados centralizados que iban a dominar la historia de Europa durante los siguientes siglos. Porque, a ver, este nuevo poder real acabó con una época de caos, de guerras internas y trajo una estabilidad que hacía mucha falta, pero esta paz se pagó cara. El precio fue la pérdida de libertades políticas y el sometimiento de los antiguos parlamentos. una tensión entre orden y libertad que, si lo pensamos bien, sigue resonando de alguna manera hasta hoy.