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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)

09 │ Causas y consecuencias de la I Guerra Mundial

HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Sección Contemporánea) Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde Creado con NotebookLM - Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHtrkm9OjAfhKZfj83e_y2L Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L

Transcripción

Vamos a imaginarnos un mundo que de repente se hace pedazos. Hoy no vamos a hablar de una guerra sin más, no. Vamos a hablar de la grieta que partió la historia en dos, de ese cataclismo que borró de un plumazo un siglo entero de certezas y que de una forma brutal dio a luz al mundo que conocemos hoy. Y es que esta frase, esta frase lo es todo. Para la gente de la época, la gran guerra fue mucho más que un conflicto entre ejércitos. fue fue ver como su mundo, ese en el que creían ciegamente en la razón, en un progreso que parecía no tener fin, se venía abajo delante de sus narices. Fue, vamos, una auténtica crisis de civilización. Así que para entender la magnitud de este colapso, lo primero es viajar a ese mundo perdido, a esa era de aparente calma que estaba literalmente a punto de saltar por los aires. Fijaos, antes de 1914 Europa se sentía en la cima. Estaban convencidos de su estabilidad que parecía que iba a durar para siempre. La ciencia, la industria, el arte, todo, absolutamente todo, apuntaba un futuro brillante. Pero toda esa confianza se estrelló contra la brutalidad de una guerra industrial que nadie, de verdad, nadie, pudo prever. Pero claro, la pregunta es, ¿cómo se llega a esa catástrofe? Pues porque debajo de esa capa de calma, la Europa de principios de siglo era un polvorín, un auténtico polvorín a punto de estallar. Solo le faltaba la chispa. Había tres fuerjas enormes que se fueron acumulando durante décadas. Eran como piezas de dominó, perfectamente alineadas, listas para provocar una caída en cadena que iba a arrastrar a todo el continente al abismo. La primera pieza, la ambición económica. La carrera por conseguir colonias, mercados, recursos era salvaje. Gran Bretaña era la que mandaba en el tablero global. Pero una Alemania nueva, industrializada y con mucha hambre sentía que había llegado tarde a la fiesta. Y claro, ¿qué hizo? Desafiar el poder británico construyendo una flota naval para competir con ellos en todos los mares. A esa tensión económica se le suma el nacionalismo, una fuerza, bueno, explosiva. Lo que antes había unido a naciones como Alemania, ahora amenazaba con hacer saltar por los aires a los viejos imperios, esos que tenían muchas etnias distintas. Y el epicentro de todo este terremoto, ¿dónde estaba? en los Balcanes, un auténtico hervidero donde chocaban los intereses de Austria, Hungría y Rusia con el gran sueño de Serbia de crear una enorme nación esla. Y para rematar este sistema de alianzas que dividía el tablero en dos, dos bloques militares enfrentados, armados hasta los dientes. Este sistema era una garantía de que cualquier crisis local, por pequeña que fuera, se convertiría en una guerra continental. Es la famosa paz armada, una paz superfágil, sostenida solo por el miedo y una carrera armamentística que no tenía precedentes. Con el polvorín ya preparado y las alianzas listas para activarse, solo hacía falta una cosa, una única chispa para que todo ardiera. Y esa chispa fue el asesinato del heredero al trono austrohúngaro en Sarajebo. A partir de ese momento, la escalada fue de vértigo, aterradora. En solo un mes, las alianzas se activaron como un mecanismo de relojería que ya nadie podía parar, arrastrando a todas las potencias a una guerra que de repente se hizo inevitable. La guerra que estalló, como decíamos, no se parecía a nada que se hubiera visto antes y las ruinas que dejó, tanto humanas como políticas, cambiaron el mundo para siempre. Antes de hablar de política o de mapas, hay que pararse a pensar en el coste humano. Es que la cifra te deja lado, 10 millones de soldados muertos. 10 millones y a esos súmale millones y millones de heridos de mutilados. Fue la generación perdida, toda la juventud de un continente sacrificada en las trincheras, dejando un vacío que era imposible de llenar. A nivel político, la guerra fue un auténtico seísmo. Cuatro de los grandes imperios que habían dominado el mundo durante siglos, el alemán, el austrohúngngaro, el ruso y el otomano, simplemente dejaron de existir. Se esfumaron del mapa. Así de claro. De sus cenizas, pues se intentó dibujar un mapa nuevo. Nacieron países como Polonia o Yugoslavia, pero las fronteras se trazaron, bueno, a menudo con bastante torpeza, creando nuevos focos de tensión, porque dejaban atrapadas a minorías que no estaban nada contentas. Básicamente se estaban plantando las semillas de los conflictos que vendrían después. Y aquí es donde viene la gran ironía de todo esto. El intento de construir una paz que durara. nació ya viciado, casi condenado al fracaso desde el minuto uno. El final oficial de la guerra llegó con la firma del tratado de Versalles, pero lejos de ser una solución para muchísima gente fue en realidad el origen del siguiente conflicto. La crítica más brillante de la época vino del economista John Menarkins. Él la llamó una paz cartaginesa, o sea, una paz de aniquilación, una paz diseñada no para reconstruir Europa, sino para humillar y para aplastar al enemigo vencido. es que las condiciones que le impusieron a Alemania fueron devastadoras. Pérdidas de territorio, un desarme casi total, unas reparaciones económicas que era imposible que pagaran y lo que fue más humillante de todo, la imposición de ser los únicos culpables de la guerra. Esto fue una receta perfecta para generar un resentimiento que iba a envenenar Europa durante años. Sobre el papel, la gran promesa para el futuro era la sociedad de naciones, un foro mundial para evitar más guerras. Pero la realidad pues fue un fracaso estrepitoso. Nació herida de muerte, sin que participaran potencias clave como Estados Unidos y su capacidad para mantener la paz fue, seamos sinceros, prácticamente nula. Y este es el punto clave. La guerra provocó un cambio tectónico en el poder mundial. Europa, que había sido el centro del universo, se quedó en ruinas y ahogada en deudas. Y mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Estados Unidos emergía como la nueva indiscutible superpotencia económica global. Al final, la gran guerra no solucionó los problemas de Europa, lo que hizo fue infectarlos. Dejó un legado de trauma, de inestabilidad económica, de fronteras en disputa. El terreno de juego perfecto para que surgieran ideologías totalitarias y para que solo 20 años después el mundo se viera metido en una guerra todavía más destructiva. La paz en realidad nunca llegó.