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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
10 │ La radicalización de la política en la Europa de entreguerras fascismo y comunismo
HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
(Sección Contemporánea)
Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI
Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)
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Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
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Transcripción
Hoy vamos a meternos de lleno en uno de los periodos más convulsos y decisivos de la historia, esos 20 años que van de 1919 a 1939. Y ojo, porque lejos de ser una simple tregua entre dos guerras, esta fue una época de radicalización política brutal, un auténtico laboratorio de ideologías que iban a poner el mundo patas arriba. La pregunta es casi obligada, ¿no? ¿Cómo es posible que después de una carnicería como la Primera Guerra Mundial el mundo se lanzara de cabeza a otra todavía peor? Pues para encontrar la respuesta vamos a tener que explorar las fuerzas que se desataron en esa Europa de entreguerras. Para entender cómo surgieron los totalitarismos, primero tenemos que mirar el percal que había. El punto de partida es un continente que estaba literalmente en ruinas. Es que el final de la Primera Guerra Mundial no trajo la paz, sino un vacío gigantesco. Todo el orden tradicional, con sus emperadores, sus certezas, todo se había hecho añicos. Y en medio de ese caos, millones de personas buscaban desesperadamente respuestas nuevas, soluciones drásticas para un mundo que de repente ya no entendían. Y la primera gran solución radical que aparece entre todas estas cenizas llega desde el este. Es la promesa revolucionaria del comunismo que acababa de nacer de la revolución rusa. Aquí está la idea clave de Lenin. Y es que la revolución no iba a ser un levantamiento espontáneo de la gente, ¿no? El bolchsevismo se diseñó como una herramienta de combate político, un grupo pequeño, muy organizado y con una disciplina de hierro, capaz de hacerse con el control de un estado gigante que se estaba desmoronando. La velocidad y la brutalidad de todo el proceso fueron de vértigo. En apenas 5 años, desde la toma del poder hasta la creación de la URS, se montó un tipo de estado completamente nuevo. Y ya con la llegada de Stalin, este modelo se consolidó a base de una planificación económica bestial y un control social absoluto. Y este es el meollo de la cuestión. La simple existencia de la Unión Soviética partió Europa en dos. Para millones de obreros que vivían en la miseria era la prueba de que, oye, otro mundo era posible, pero para las clases acomodadas era una amenaza de muerte, el gran miedo a que la revolución se extendiera y les quitara todo lo que tenían. Venga, pasemos ahora a la otra cara de la moneda. Si el comunismo fue la primera solución radical, el fascismo fue la reacción víceral y violenta, no solo contra el comunismo, sino también contra unas democracias que a muchos les parecían débiles e inútiles. Es importantísimo entender esto. El fascismo no era la típica dictadura conservadora de derechas de toda la vida. Era algo completamente nuevo, un movimiento moderno que usaba la propaganda, los símbolos y la acción directa en las calles para movilizar a una población que estaba hasta las narices de todo. Apelaba a las tripas, no a la cabeza. Esta frase de Mussoline lo clava de una forma brillante y a la vez aterradora. Es el principio totalitario en Estado puro. El individuo no es nada, cero. No tiene valor fuera del Estado. La nación encarnada en un líder carismático y en un partido único lo es todo. Y la libertad individual, pues es simplemente un estorbo que hay que eliminar. Si el fascismo italiano ya era radical, el nazismo en Alemania lo llevó a un extremo muchísimo más mortal. Lo que hizo Hitler fue añadirle a ese cóctel fascista el veneno del racismo biológico. La política ya no era una lucha de naciones, era una lucha de razas, una batalla por la supervivencia del más fuerte que justificaba directamente la aniquilación de otros pueblos. Si los ponemos así cara a cara, se entiende perfectamente el duelo del siglo. Aunque sus objetivos finales eran totalmente opuestos, la dictadura del proletariado contra la pureza racial, ambos compartían un método y, sobre todo, un enemigo. El método era el estado totalitario y el enemigo a batir era la democracia liberal con sus parlamentos, sus debates y sus libertades. Bien, ya hemos visto las dos grandes ideologías totalitarias, pero la pregunta del millón es, ¿por qué? ¿Por qué millones de personas se sintieron atraídas por estas ideas tan extremas, tan violentas? Pues podemos verlo como una tormenta perfecta en tres pasos. Primero, la guerra acostumbró a toda una generación a la violencia. La política pasó a ser una forma más de guerra. Segundo, la crisis económica del 29 pareció la prueba definitiva de que el capitalismo había fracasado. Y tercero, con ese panorama, la democracia parecía un lujo inútil. La gente no quería debates, quería soluciones y empezó a buscar a hombres fuertes que prometían restaurar el orden a cualquier precio. Con el tablero dispuesto de esta manera, el resultado fue un continente fracturado, armado hasta los dientes y, básicamente, preparado para un nuevo conflicto. La radicalización había creado un escenario en el que ya no había compromiso posible y este era el panorama final. Por un lado, tenías a las democracias como Francia y Gran Bretaña, a la defensiva acorraladas. Por otro, el bloque fascista de Alemania e Italia, superagresivo y con ganas de expandirse. Y finalmente, la Unión Soviética de Stalin, aislada, pero con sus propios planes. Sencillamente no había espacio para el diálogo. Y esto es quizás lo más aterrador de todo, que la política había dejado de ser un debate de ideas para convertirse en una lucha muerte. La retórica de aniquilar al enemigo, ya fuera el burgués, el judío o el demócrata, se había convertido en la norma. Se estaba preparando el terreno para las masacres que estaban a punto de llegar. Así que los años 30 se convirtieron en una especie de sala de espera para la Segunda Guerra Mundial. Una guerra que no iba a ser solo por territorios o por recursos, sino una colisión frontal entre visiones del mundo que eran incompatibles. La pregunta que flotaba en el aire era, ¿cuál de estos modelos, el de la libertad individual, el de la igualdad de clase o el de la pureza racial, iba a heredar el futuro? Una pregunta cuya respuesta, por desgracia, costaría millones de vidas.