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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

10 Roger Bacon | La ciencia experimental en la Edad Media según Bacon

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

Hola, hoy vamos a hablar de una figura del siglo XI que es de verdad fascinante. Roger Bacon. Le pusieron un apodo que ya lo dice casi todo, el doctor experimental. Y claro, su historia nos lleva a plantearnos una pregunta que tiene mucha amiga. A ver, pensemos un momento. Un científico con mentalidad moderna en plena Edad Media. Suena a contradicción, ¿verdad? Es como que no pega. Pues las ideas de Bacon nos van a hacer dudar de eso. Así que venga, vamos a meternos de lleno en este asunto. Para entender bien a Bacon, primero hay que viajar en el tiempo. Estamos en el siglo XI, un mundo donde el conocimiento se basaba casi por completo en la autoridad, o sea, en lo que decían los textos antiguos y la Iglesia. Y en ese contexto, que alguien lo llamen el doctor de los experimentos, ojo, eso no era una simple anécdota, era toda una declaración de intenciones. Y es que lo interesante es que Bacon no se limitaba a hacer experimentos, no, no fue mucho más allá y desarrolló toda una teoría sobre cómo adquirimos el conocimiento. Y esta es la base de todo su pensamiento. Según él, la mente humana tiene básicamente tres grandes vías para llegar a la verdad. Tres caminos distintos. Pero, y esto es muy importante, para él no todos valían lo mismo, ni de lejos. El primero era la autoridad, lo que se acepta porque está en la Biblia o lo dijo un gran filósofo. El segundo, la razón, las conclusiones a las que llegamos usando la lógica pura. La filosofía de la Edad Media vivía de estas dos, pero Bacon añadió una tercera que para él era la más importante de todas, la experiencia, la comprobación directa de las cosas. Y esta idea es de verdad el núcleo de su revolución. Para Bacon de nada servía tener un argumento lógico perfecto si luego no se podía comprobar en el mundo real. La razón y la autoridad sin la verificación de la experiencia eran simplemente castillos en el aire. Y partiendo de esta idea, Bacon propone algo que para la época era radicalmente nuevo. Una disciplina formal, un tipo de ciencia muy específica a la que llamó ciencia experimentalis. Y aquí está la clave. Para Bacon, la ciencia experimentalis no era solo hacer cosas en un laboratorio a ver qué pasa, no. Era una disciplina formal, una ciencia con mayúsculas, con su propio método y estaba diseñada para controlar, corregir y, en último término, completar todo el resto del conocimiento. Le atribuía tres funciones clave. La primera, verificar lo que decían las otras ciencias. Si la óptica teórica calculaba algo, el experimento con lentes tenía que confirmarlo. La segunda, descubrir cosas totalmente nuevas. fenómenos, técnicas o aparatos que la razón por sí sola jamás podría imaginar, como instrumentos ópticos avanzados o incluso explosivos. Y la tercera, y esto es crucial, ofrecer una certeza mucho más fuerte porque no se basa en un argumento, sino en la visión directa de los hechos. Pero la visión de Bacon tenía un ingrediente secreto más uno que llevaba la experimentación a otro nivel y que conectaba la simple observación con una precisión que podía ser universal. Así de claro lo dijo. Bacon. Estaba convencido de que la experimentación por sí sola no era suficiente. Para que el conocimiento fuera de verdad científico perfecto. Necesitaba un lenguaje preciso y ese lenguaje para él eran las matemáticas. Y esta tabla ilustra su método de maravilla. No se trataba solo de observar, sino de hacerlo de forma sistemática y luego usar las matemáticas, sobre todo la geometría, para describir esas observaciones con leyes precisas. En óptica, por ejemplo, observaba la luz con lentes, sí, pero después usaba diagramas geométricos para calcular exactamente cómo se comportaba. Esta pareja, experimentación y matemáticas, es lo que suena tan increíblemente moderno. Y justo cuando estamos pensando que tenemos delante a un científico del siglo XXI atrapado en el XI, llega el giro fundamental, porque a pesar de sus métodos tan avanzados, el objetivo final de Bacon era puramente medieval, profundamente teológico. Aquí vemos la diferencia clave. Para Bacon, el propósito de la ciencia no era el conocimiento por el conocimiento, como lo entendemos en gran medida hoy, ¿no? El objetivo final era la salvación del alma. La ciencia era una herramienta para comprender mejor la obra de Dios. Así que el punto crucial es este. Bacon nunca intentó separar la ciencia de la teología. Al contrario, para él la experimentación era la mejor forma de leer el libro de la naturaleza que Dios había escrito. Mejorar la medicina o la tecnología era, en el fondo, colaborar con el plan divino. La ciencia estaba al servicio de la fe. Entonces, ¿cómo debemos recordar a Roger Bacon? ¿Fue un revolucionario, un profeta de la ciencia moderna o un hombre de su tiempo? Pues la respuesta, como casi siempre, es algo más compleja. Bacon no fue un científico moderno. Su mundo y sus objetivos eran medievales, pero fue una figura de transición absolutamente fundamental. Fue quien introdujo con una fuerza nunca vista la necesidad de la observación, del cálculo, del experimento. Plantó las semillas que tardarían siglos en florecer de la mano de gigantes como Galileo o Newton. Su apodo, Doctor Experimentorum, lo define a la perfección. No solo describe lo que hacía, sino su lugar en la historia. un puente sólido entre el mundo escolástico, el que se basaba en la autoridad y el razonamiento puro, y el nuevo mundo empírico, el que exigía pruebas, que estaba por nacer. Y esto nos deja con una última reflexión. Bacon operaba dentro de un marco teológico que para él era la verdad absoluta, pero que hoy vemos como una limitación histórica. Esto nos lleva a preguntarnos, ¿cuáles de nuestras certezas actuales, de nuestras ideas más fundamentales sobre la ciencia y el conocimiento serán vistas dentro de 700 años como el marco medieval de nuestra propia época?