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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)

11 │ La monarquía absoluta Francia y España

Basado en el libro: Introducción a la historia de la Edad Moderna Escrito por Ernst Hinrichs Creado con NotebookLM 2º AÑO DE FILOSOFÍA UNED - Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHtrkm9OjAfhKZfj83e_y2L Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L Chuela de estudio: https://drive.google.com/file/d/11fDcEYL-Ma4jtCNJ3N0TFSx0yqrmu4V4/view?usp=sharing

Transcripción

A ver, pensemos un momento en el siglo X, dos superpotencias, Francia y España. Las dos con un objetivo muy claro, construir un estado moderno, fuerte, absoluto. Pero, ¿cómo es posible que para llegar al mismo sitio tomaran caminos tan diferentes? Vamos a ver qué pasó porque la historia tiene mucha amiga. Es que el contraste es brutal desde el minuto uno. Por un lado tenemos a Francia, que se convierte en el modelo a seguir, ¿no? Una máquina de centralización casi perfecta. Y por el otro a España, que es el ejemplo de un imperio gigantesco, sí, pero agotado, hecho de retales. La pregunta es obvia, ¿qué pasó para que acabaran en puntos tan opuestos? Bueno, pues vamos a empezar por Francia. Su historia es alucinante porque es la de cómo se construye un estado casi de la nada, una auténtica máquina política eficiente, super centralizada, pero levantada literalmente sobre las cenizas de un país destrozado. Y es que hay que entender esto bien. Francia venía de un caos absoluto. El siglo XV la había dejado, bueno, hecha pedazos. Las guerras de religión entre católicos y protestantes estuvieron a punto de borrarla del mapa como país. Así que lo de reconstruir no era un capricho, era una cuestión de supervivencia, de vida o muerte. Claro, un estado así no se levanta de la noche a la mañana. Fue un proyecto que duró generaciones, casi como una carrera de relevos. Primero, Enrique, que fue el que recogió los trozos rotos y consiguió la paz con el famoso edicto de Nante. Un paso clave. Luego le pasó el testigo al cardenal Richelio, que fue quien puso los cimientos de verdad, los cimientos de hierro. Y el último en correr, el que cruzó la meta, fue Luis XIV, el que perfeccionó el invento hasta convertirlo en el absolutismo puro y duro. Y aquí está la clave de bóveda de todo, la idea que lo cambió todo, la razón de estado. Esta fue la gran jugada de Riselie. ¿Y qué significaba? Pues algo muy simple, pero revolucionario. El Estado es lo primero. Por encima de los nobles, por encima de la iglesia, por encima de cualquier privilegio. El interés del estado lo justifica todo. Y no se anduvo con chiquitas, ¿eh? Ordenó tirar abajo cientos de castillos de nobles para que no se le subieran a las barbas al rey y lideró personalmente el asedio de la Russell, el bastión protestante, para dejar claro que el único poder militar era el del rey. Se acabó eso de la lealtad personal a un señor feudal. Ahora la lealtad era para el estado. Y con esos cimientos llega el gran arquitecto Luis XIV, el rey sol. Él es quien coge el sistema y lo pule hasta la perfección. ¿Qué herramientas usó? Pues primero, un consejo real que solo le respondía a él, cero intermediarios. Segundo, envió sus propios inspectores, los intendentes, por todas las provincias para que nadie se desviara de sus órdenes. Tercero, y esto es genial, convirtió Versalles en una máquina de propaganda brutal, un escaparate de su poder. Y cuarto, usó la economía, el mercantilismo, como un cajero automático para financiar su ejército. Un plan sin fisuras. Bueno, dejemos la máquina perfecta de Francia y crucemos los Pirineos. Vámonos a España. Porque si Francia era un reloj suizo, el imperio español era otra cosa. Era más bien un puzle gigante, un imperio hecho de retales, de piezas que no siempre encajaban bien. Para entender la España de esa época, la de los Austrias, hay que meterse en la cabeza un concepto clave, monarquía compuesta. Ojo que esto es importante. No era un país como lo entendemos hoy. Era una colección de reinos, reinos diferentes, cada uno con sus leyes, su moneda, sus instituciones, que lo único que tenían en común era el rey. Cada uno iba a su bola, por así decirlo. Y para que nos hagamos una idea de la locura que era esto, solo hay que mirar la lista. Era un imperio global desde Flandés hasta Sicilia, Milán, Nápoles y todo el continente americano. Gobernar todo eso era un auténtico quebradero de cabeza. ¿Por qué? Porque cada territorio se aferraba a sus fueros, a sus privilegios históricos, como si le fuera la vida en ello. No querían ceder ni un ápice de su autonomía. Era como intentar dirigir una orquesta donde cada músico no solo tocaba su partitura, sino que además afinaba su instrumento como le daba la gana. Y aquí, justo aquí, está el talón de Aquiles, la gran debilidad del modelo español. Todo el peso del imperio, el dinero, los soldados, el esfuerzo, recaía sobre los hombros de un solo reino, Castilla. El resto de territorios, amparados en sus fueros, aportaban lo justo y necesario, o a veces ni eso. El resultado fue un agotamiento brutal. Castilla se fue desangrando poco a poco. Sus campos se vaciaron, su economía se hundió, todo para mantener en pie un imperio que en la práctica pagaba casi uno solo. Una situación así, claro, era una bomba de relojería. Tarde o temprano tenía que estallar. Y estalló. Vaya, si estalló. Fue en pleno siglo X cuando un intento de arreglar las cosas, de modernizar el sistema, acabó por hacerlo saltar todo por los aires. El protagonista de esta historia es el Conde Duque de Olivares, el hombre de confianza del rey Felipe IV y su idea sobre el papel era de pura lógica. La llamó La unión de armas y consistía básicamente en decir, "Oigan, señores, a partir de ahora todos los reinos pagan y todos ponen soldados para defender esto que es de todos, como hacía Astilla." Vamos. Parecía justo, ¿verdad? Pues esa idea tan lógica se estrelló de frente contra un muro, el muro de los privilegios locales. Y lo que vino después fue un efecto dominó catastrófico. La primera ficha cayó con el intento de reforma de Olivares. La siguiente, una reacción en cadena de rebeliones. En 1640 se levantan Cataluña y Portugal. Casi nada. España se ve metida en guerras por todas partes, dentro y fuera. El esfuerzo fue demasiado. Para cuando se calmó la tormenta, a mediados de siglo, la hegemonía española en Europa era historia. Así que el panorama era desolador. España en crisis total. Su modelo de imperio hecho de piezas sueltas había fracasado estrepitosamente. ¿Y cuál fue la solución? Pues aquí viene lo bueno, lo irónico. La solución fue copiar al enemigo, importar el modelo centralista de su archirival, Francia. Y este cambio radical no llegó de forma pacífica. Claro, el cómo fue una guerra gigantesca, la guerra de sucesión española que puso a toda Europa a pelear por el trono de España. Al final, ¿quién ganó? Pues un Borbón, nada menos que el nieto de Luis XIV de Francia, Felipe V. Y con él no solo llegó un rey nuevo, llegó todo un sistema de gobierno made in France, importado directamente desde Versalles. La herramienta legal para hacer esta limpieza del sistema antiguo fueron los famosos decretos de Nueva Planta. ¿Y qué hicieron? pues básicamente borrar de un plumazo los fueros y las instituciones propias de los reinos de la corona de Aragón. Se acabó el puzzle. A partir de entonces se imponía un modelo único, centralizado, copiado del francés. Por primera vez en su historia, España empezaba a parecerse a un estado unitario. Vale, hemos visto los dos caminos, el francés y el español, tan distintos. Entonces, ¿cuál es la conclusión? ¿Qué nos enseña esta historia sobre cómo se construye un estado y cómo se mantiene el poder? Si lo ponemos en una tabla, el contraste es clarísimo. Modelo francés, centralizado, unitario, objetivo, la razón de estado, el poder por encima de todo. Resultado, se convierten en la primera potencia. Modelo español, un puzle de reinos foralista. Objetivo: Que cada uno defienda sus privilegios. Resultado, crisis y decadencia, blanco y negro. Al final, la clave es esta. La máquina, bien engrasada y centralizada de Francia le dio la fuerza para dominar Europa. Mientras la estructura de España, ese puzzle fragmentado, le impidió hacer las reformas que necesitaba para sobrevivir. Simplemente no pudo modernizarse y un imperio tan gigantesco se volvió insostenible. Y todo esto nos deja con una pregunta flotando en el aire, una pregunta que sigue siendo superrelevante hoy. ¿Un estado centralizado es siempre más fuerte? ¿Es más eficaz? La historia que hemos visto hoy, la de Francia y España en el 17, parece dar una respuesta muy clara para aquel momento. Pero y hoy el debate, desde luego, sigue muy vivo. Gracias por haber estado ahí.