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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)
14 │ El Absolutismo Despotismo Ilustrado
Basado en el libro: Introducción a la historia de la Edad Moderna
Escrito por Ernst Hinrichs
Creado con NotebookLM
2º AÑO DE FILOSOFÍA
UNED -
Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)
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Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L Chuela de estudio: https://drive.google.com/file/d/11fDcEYL-Ma4jtCNJ3N0TFSx0yqrmu4V4/view?usp=sharing
Transcripción
A ver, pensemos en esto por un segundo. Un rey, un símbolo del poder absoluto, de la tradición más pura, de repente intentando liderar una revolución de ideas. Suena a contradicción total, ¿no? Pues de eso va precisamente uno de los experimentos políticos más fascinantes del siglo XVII. Hablamos, claro, del despotismo ilustrado. Y esta es la pregunta del millón, la que lo pone todo patas arriba. ¿Puede un rey ser un revolucionario? O sea, es posible dos cosas que parecen opuestas, como el poder absoluto y las ideas de progreso y fusionarlas. ¿Puede la corona de repente ser el motor del cambio en vez del freno? Esa es la gran paradoja que intentaron resolver y es justo el meollo de lo que vamos a explorar. Básicamente, lo que intentaron fue algo que podríamos llamar un matrimonio de conveniencia bastante improbable. Por un lado, tenías el poder de toda la vida, el del monarca, basado en el derecho divino, la tradición, la jerarquía. Vamos, lo de siempre. Y por el otro, de repente llega la ilustración, un auténtico huracán de ideas nuevas sobre la razón, el progreso, la búsqueda de la felicidad. Era de verdad como intentar mezclar aciete y agua, el pasado contra el futuro. Vale, para entender bien de qué va todo esto, tenemos que hacer un ejercicio, meternos un poco en la cabeza de estos monarcas, porque se enfrentaban a un dilema, a una contradicción que en el fondo definía su poder y hasta su propia existencia. La cosa es que en el fondo esto era pura estrategia. La idea no era ni mucho menos renunciar al poder absoluto, para nada. Se trataba de modernizarlo. Querían las herramientas que les daba la ilustración, no para, digamos, liberar al pueblo, sino para hacer sus reinos más fuertes, más eficientes. Una mezcla muy, pero que muy calculada de lo viejo y lo nuevo. Pero claro, ¿cómo se justifica esto? ¿Cómo vendes la idea de que vas a usar ideas que suenan a revolución para en realidad mantener el poder de siempre? Hacía falta una nueva narrativa, una nueva filosofía que reinventará por completo la imagen del rey. Y aquí está la frase que lo resume absolutamente todo. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Esta se convirtió en la máxima, el lema no oficial del despotismo ilustrado y nos revela una mentalidad, bueno, profundamente paternalista. El rey se ve a sí mismo como el único adulto racional en la sala y el pueblo pues son como niños. Así que las reformas se imponen desde arriba por su propio bien. Claro, pero sin preguntarles jamás su opinión. Y ojo aquí porque esto supone un cambio radical, casi un terremoto en la justificación del poder. El viejo argumento de gobierno porque Dios me ha elegido ya no bastaba. La nueva idea, la rompedora, es que el rey es el primer servidor del Estado. Su legitimidad ya no viene solo del cielo, sino de su utilidad aquí en la tierra, de su capacidad para gestionar el reino como si fuera el director de una gran empresa, generando prosperidad. Y claro, esta historia tiene sus protagonistas. Hablamos de figuras como Fedérico el Grande de Prusia, que era un poco el rey filósofo, componía música, escribía y al mismo tiempo lideraba ejércitos. O pensemos en Carlos Iero aquí en España, que estaba obsesionado con modernizar Madrid y toda la economía del imperio. Cada uno a su manera, pero todos intentaron encarnar ese ideal del filósofo sentado en el trono. Mal, mucha filosofía, pero ¿qué hicieron en la práctica? La respuesta es, pues un poco de todo. Se lanzaron a una auténtica oleada de reformas desde arriba. Fue un intento ambicioso, a veces casi frenético, de poner sus reinos al día a marchas forzadas. Su plan de ataque para modernizar el Estado se centró en cuatro frentes principales. Primero, racionalizar la administración, o sea, hacer que el gobierno funcionara como una máquina bien engrasada. Segundo, impulsar la economía, que al final significaba llenar las arcas del rey. Tercero, modernizar la educación. Y ojo, no tanto por amor al arte, sino para formar a funcionarios leales y eficientes. Y cuarto, humanizar la ley, que era una concesión a las ideas de la ilustración y de paso mejoraba la imagen del monarca. Y aquí está la clave de todo. No hay que confundirse. El objetivo final de toda esta actividad frenética no era la libertad de la gente, era la eficiencia del Estado. Un reino más rico, más ordenado, más productivo, al final significaba más poder para el monarca en el gran tablero de ajedrez europeo. La modernización era en realidad un medio para un fin muy antiguo, el poder. Pero claro, toda es energía, todo es impulso. Por reformarlo todo, tarde o temprano tenía que chocar contra un muro, un obstáculo gigantesco, inamovible, que representaba precisamente todo aquello que se negaba a cambiar. Y ese gran obstáculo era la iglesia, que en aquel entonces no era solo una institución espiritual que va, era prácticamente un estado dentro del propio estado. Tenía sus propias tierras, sus propias leyes y una influencia sobre la gente que competía y a veces incluso superaba a la del mismísimo rey. Era, para que nos entendamos, un competidor directo por el poder. Este choque de trenes se libró en varios frentes. Primero, el regalismo, que era la política de someter a la Iglesia al poder del rey. Después se atacó su poder económico intentando acabar con las famosas manos muertas, esas tierras enormes que no producían nada y frenaban la economía. Y el golpe final, el más sonado, fue la expulsión de los jesuitas, que eran la orden más influyente, la élite intelectual de la Iglesia. Eliminarlos fue como quitarse de medio de un plumajo a la oposición más fuerte. Fueron valientes o al menos audaces contra la Iglesia. Eso está claro, pero había una línea roja, una barrera que estos reyes, por muy reformistas que fueran, nunca nunca se atrevieron a cruzar. ¿Cuál era esa línea? Pues la respuesta está precisamente en lo que sí tocaron y lo que no. Por un lado, modernizaron la administración, el comercio, las infraestructuras, todo lo que al final fortalecía el Estado y por tanto a ellos mismos. Pero por otro lado se pararon en seco justo delante de los privilegios de la nobleza y la estructura feudal de la sociedad. Tocar eso, eso era como poner una bomba en los cimientos de su propio poder y esa fue la gran contradicción que nunca jamás pudieron resolver. Y con esto llegamos al final de la historia, a un legado, la verdad, cargado de ironía, porque el resultado de todo este esfuerzo fue algo que ninguno de estos monarcas había planeado ni en sus peores pesadillas. Una especie de revolución por accidente. El verdito final de la historia es como una moneda de dos caras. Como proyecto de gestión de administración fue un éxito. Los estados se hicieron más eficientes, la economía mejoró, pero como proyecto político fue un fracaso rotundo. ¿Por qué? Porque dejó el problema de raíz intacto. Una sociedad tremendamente desigual basada en privilegios. Fue como ponerle un motor de última generación a un coche viejo y oxidado. Y aquí está la ironía final, la más grande de todas. Al hablar tanto de razón, de progreso y de felicidad, estos monarcas abrieron la caja de Pandora. Crearon unas expectativas de cambio que ellos mismos, por la propia naturaleza de su poder, no podían cumplir. Y claro, cuando las reformas se frenaron, la nueva élite que ellos mismos habían ayudado a educar llegó a una conclusión muy peligrosa. A lo mejor el problema no es que el rey sea malo, a lo mejor el problema es que haya un rey. Lo que nos deja con una pregunta final para darle una vuelta. ¿Fracasó realmente el despotismo ilustrado o fue irónicamente su mayor éxito, aunque no fuera intencionado? Al intentar reformar el sistema desde dentro, no estaban en realidad demostrando que era irreformable y al hacerlo, no estaban sin querer preparando el terreno para la auténtica era de las revoluciones que estaba a punto de estallar.