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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)

3 │ Alfabetización

Basado en el libro: Introducción a la historia de la Edad Moderna Escrito por Ernst Hinrichs Creado con NotebookLM 2º AÑO DE FILOSOFÍA UNED - Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHtrkm9OjAfhKZfj83e_y2L Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L Chuela de estudio: https://drive.google.com/file/d/11fDcEYL-Ma4jtCNJ3N0TFSx0yqrmu4V4/view?usp=sharing

Transcripción

Hoy en día, que casi todo el mundo sepa leer nos parece lo más normal del mundo. Pero, ¿alguna vez nos hemos parado a pensar cómo se llegó a esto? ¿Cómo pasó Europa de ser un continente donde la gente escuchaba a ser un continente donde la gente leía? Bueno, pues agarraos porque la historia es bastante más compleja y la verdad mucho más interesante de lo que parece a simple vista. Y vamos a empezar con la pregunta clave, la del millón. A ver, la lógica parece sencilla. Gutenberg inventa la imprenta por allá por 1450. De repente hay libros por todas partes y claro, todo el mundo se pone a leer, ¿no? Pues no, la realidad es mucho más tozuda y es que la tecnología por sí sola no fue suficiente para encender esa mecha. Para entenderlo, primero tenemos que viajar en el tiempo. Hay que imaginarse una Europa donde lo que mandaba era la voz, el sonido, un mundo donde, bueno, las historias se contaban al calor de la lumbre, las noticias se pregonaban a gritos en la plaza del pueblo y los tratos se cerraban con la palabra, con un apretón de manos, no con una firma en un papel. Y esto es lo más curioso de todo. Incluso con la capacidad ya existente de imprimir libros a mansalva, la cultura no cambió de un día para otro. Que va. Durante siglos, la inmensa mayoría de la población seguía viviendo en un mundo oral. La palabra escrita era algo lejano, casi ajeno, una cosa de curas y de nobles. Convertir todos esos libros impresos en mentes que leyeran fue un camino larguísimo, lleno de baches. Entonces, la pregunta es obvia, si tener libros no era suficiente, ¿qué hizo falta? ¿Cuál fue el verdadero motor que impulsó a millones de personas a hacer el esfuerzo de aprender a leer? Pues la respuesta está en el choque de dos fuerzas potentísimas, la religión y la pura necesidad. Por un lado, el primer gran motor, la fe. La reforma protestante trajo consigo una idea que lo cambió todo. Para salvar el alma, cada creyente debía poder leer la Biblia por sí mismo sin intermediarios. Es el famoso principio de sola escritura. Y por otro lado, el segundo motor, la vida misma. En las ciudades que estaban en plena ebullición, el comercio, los contratos, la burocracia, todo exigías saber leer o aprendías o te quedabas completamente fuera de juego. Y ojo, que este impulso religioso no era una simple recomendación, eh, se convirtió en una auténtica política de estado. Países enteros como Suecia, Prusia o Escocia se pusieron manos a la obra con campañas masivas, creando escuelas en cada parroquia. El caso de Suecia es que es alucinante. La propia iglesia iba casa por casa examinando a la gente para ver si sabía leer y consiguieron rozar el 100% de alfabetización lectora a finales del siglo XV, casi nada. Y mientras pasaba todo eso en las ciudades, la necesidad imponía su propia ley. El dato es que es demoledor. Las tasas de alfabetización en las ciudades llegaban a duplicar e incluso a triplicar a las del campo y daba igual si la ciudad era católica o protestante. El ritmo frenético de los negocios hacía que leer fuera básicamente una herramienta de supervivencia. Pero, y esto es muy importante que quede claro, este amanecer de la lectura no iluminó a todo el mundo por igual, ni mucho menos. La expansión de la capacidad de leer también dibujó nuevas fronteras, nuevas divisiones y al final reforzó las desigualdades que ya existían en la sociedad. A ver, lo primero es que hay que distinguir. Saber leer no era lo mismo que saber escribir. Leer era como la habilidad básica, la puerta de entrada para entender la Biblia o un panfleto. Pero escribir, escribir ya era otra historia. Era el siguiente nivel. Se enseñaba más tarde, necesitabas materiales caros como plumas, tinta, papel y se consideraba una habilidad de élite para notarios, comerciantes, gente de otro estatus. Y luego estaba la brecha geográfica, que era un auténtico abismo. Pensemos que a finales del siglo XVII, en una gran ciudad como París, la mayoría de los hombres ya sabían firmar con su nombre, pero te alejabas unos pocos kilómetros, te ibas al campo y el analfabetismo era la norma casi absoluto. No es que fueran sitios distintos, es que eran dos mundos paralelos que no se tocaban. Aunque si hablamos de desigualdades, la más profunda y la que más costó superar fue, sin duda, la de género. La educación de las mujeres se consideraba algo secundario. Muchas veces se limitaba a que aprendieran a coser y a memorizar el catecismo de oído. Incluso en las clases altas se les enseñaba a leer, sí, pero se veía como algo innecesario o incluso peligroso que aprendieran a escribir. Esta brecha tardó muchísimo, pero muchísimo en empezar a cerrarse. Y con este panorama llegamos al siglo XVI, que es un verdadero punto de inflexión, porque aquí el cambio más gordo no fue solo quién leía, sino cómo se leía. Estaban haciendo una manera completamente nueva de relacionarse con la palabra escrita. Fue una revolución en toda regla, sí, pero una de esas revoluciones silenciosas. El cambio fue brutal. Se pasó de lo que se llama la lectura intensiva, que era el modelo antiguo, el de la familia reunida leyendo en voz alta los mismos pocos libros religiosos una y otra vez a la lectura extensiva. De repente, la gente empieza a devorar todo tipo de cosas, periódicos, novelas, panfletos políticos y lo hace de una forma nueva, en silencio, a solas, cada uno sacando sus propias conclusiones. Y claro, ¿qué consecuencia tuvo todo esto? Pues nada más y nada menos que el nacimiento de la opinión pública, las ideas de la Ilustración, los debates políticos, de repente se escaparon de los salones de la élite. Gracias a los periódicos y a los panfletos, esas ideas empezaron a circular por todas partes y la gente, la burguesía, las clases medias, las discutía. Por primera vez en la historia se estaba creando una conciencia colectiva al margen del poder. Y esto nos lleva ya al final, al legado de toda esta transformación. Porque si algo hemos descubierto es que aprender a leer nunca fue simplemente adquirir una habilidad técnica, fue en realidad desatar una de las fuerzas más poderosas de la historia moderna. Esta es la clave de todo el asunto. Lo que empezó siendo una herramienta de control para la iglesia o una necesidad para los comerciantes acabó convirtiéndose en la llave de la liberación intelectual, la capacidad de leer, de informarse por cuenta propia, de tener un juicio crítico. Se transformó en el auténtico motor del cambio y preparó el terreno para las grandes revoluciones que estaban a la vuelta de la esquina. Y todo este viaje por la historia nos deja con una última reflexión. Hoy en nuestra era de internet, de información que vuela, de leer en pantallas, de hilos virales y de una sobrecarga de datos constante, no estaremos viviendo nuestra propia revolución lectora. ¿De qué manera está cambiando todo esto nuestra forma de leer, de pensar, de crear una opinión? Porque si algo nos enseña la historia es que la forma en que leemos al final acaba definiendo el mundo en el que vivimos.