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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA II

5 3 │ Filosofía Política │ Marsilio de Padua

✨ Marsilio de Padua Basado en el libro de Rafael Herrera, LA PRIMERA FILOSOFÍA MODERNA - EL RENACIMIENTO. Creado por Borja Brun, usando NoteBookLM. Marsilio de Padua (1275-1342), autor del Defensor Pacis (1324), es el teórico más radical de la ruptura con el orden medieval. Va mucho más allá que Dante: no busca un Imperio universal, sino la soberanía de los Estados y la sumisión de la Iglesia al poder civil. Lista de reproducción del curso: https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGo4QrWAL_wgcbmWpJvvcsU

Transcripción

A ver, pensemos en esto por un momento. ¿Y si la estructura de nuestro mundo actual, con sus países soberanos y sus gobiernos laicos se hubiera diseñado en pleno siglo XI? Suena increíble, ¿verdad? Pues hoy vamos a descubrir las ideas de un pensador que diagnosticó la enfermedad de su tiempo y propuso una cura tan radical, pero tan radical, que sus efectos todavía definen nuestra política. Venga, vamos a meternos de lleno en esta historia. Claro, para entender bien a Marsilio de Padúa, primero tenemos que hacer un viaje en el tiempo. Vámonos a la Europa de la Baja Edad Media. Y bueno, hay que olvidarse de cualquier imagen idílica. Aquello no era un lugar tranquilo para nada. Era más bien un campo de batalla constante. Y todo por una pregunta, una única pregunta que lo envenenaba todo. Y la pregunta era esta, así de simple y de complicada a la vez. En un reino, ¿quién manda de verdad? ¿Quién tiene la última palabra? ¿El rey con su poder terrenal o el Papa con su poder espiritual? Como nadie se ponía de acuerdo, la falta de una respuesta clara era literalmente la mecha que encendía un caos sin fin. La verdad es que esta imagen lo clava, es que hay que imaginarse la sociedad medieval como un cuerpo con dos cabezas. Una locura, ¿no? Cada cabeza dando órdenes distintas a menudo contradictorias. Por un lado, el rey y su poder secular. Por otro, el Papa y su poder espiritual. Y claro, ambos en una lucha muerte por el control total. Eso no podía acabar bien. Y ojo, que esto no era un debate de teólogos encerrados en una biblioteca, eh, esto tenía consecuencias muy reales y devastadoras. Hablamos de guerras civiles interminables, como los conflictos sangrientos entre huelfos y gibelinos en Italia, los huelfos con el Papa, los gibinos con el emperador y el resultado era el mismo, ciudades enteras arrasadas. Quedaba clarísimo que ese sistema de dos poderes era sencillamente insostenible. Y justo ahí, en mitad de todo este lío, aparece nuestro protagonista, Marcilio de Padua. Pero él no llega para unirse a un bando o a otro, no. Él llega como un médico, como un analista político que se propone hacer algo que nadie había hecho, diagnosticar la enfermedad que estaba matando a la sociedad desde dentro. Y lo hace en su obra magna, el defensor Pachis, el defensor de la paz y su argumento es demoledor. Dice, "A ver, dejémonos de líos. No hay 1000 causas para esta guerra sin fin. Hay una. Una sola causa, una causa, dice él, tan particular de su tiempo, que ni el mismísimo Aristóteles Pon toda su sabiduría la pudo prever. Y aquí está. Este es el diagnóstico. El problema tenía un nombre, plenitud o potestates. ¿Y qué es esto? Pues es la pretensión del Papa de tener un poder total, una plenitud de poder, no solo en lo espiritual, que eso se daba por hecho, sino también en lo político, sobre los reyes, sobre las leyes, sobre la vida de la gente. Para Marsilio la conclusión era tajante. Mientras el Papa siguiera reclamando ese poder temporal, la paz era simplemente imposible. Pero claro, un buen médico no solo te dice lo que tienes, también te da un tratamiento. Y Marcilio no se quedó en el diagnóstico, fue mucho más allá, propuso una solución. Y qué solución, una auténtica revolución que nos obligaba a repensar de dónde viene el poder, de dónde sale la ley. Y aquí está la clave de todo, su gran idea, la universitas civium. Olvidémonos por un momento del latín. Lo que Marsilio dice es que la ley legítima no viene de Dios ni del Papa, viene del conjunto de los ciudadanos, del pueblo, vaya, o de su parte más cualificada. Esto, dicho así en el siglo XIVI, es ni más ni menos que el nacimiento de la soberanía popular. Es que esto es una ruptura total, un antes y un después en el pensamiento medieval. Hasta entonces se pensaba que el poder bajaba, ¿no? De Dios al Papa y del Papa al Rey. Pues Marcilio le da la vuelta a la pirámide. Ahora el poder sube desde el pueblo hacia el gobierno y con esto el Estado se convierte en algo nuevo, en una entidad autosuficiente que no tiene que pedirle permiso a nadie por encima. Y esto nos lleva a su visión del mapa político. A diferencia de otros grandes de su época, como Dante, que todavía soñaban con un gran imperio universal que lo unificara todo, Marsilio era mucho más práctico. Él veía un futuro con muchos estados, cada uno independiente. Intentar unificarlos a todos por la fuerza, decía, era un acto de soberbia, como construir la torre de Baben. Estaba condenado al fracaso. Lo natural para él era la diversidad. Bueno, y si todo esto ya parecía radical, agarraos porque ahora viene la parte más polémica, la más explosiva de su teoría. Vamos a ver qué lugar le reserva Marcilio a la iglesia en este nuevo orden mundial. Vamos a ver. El orden medieval tradicional ponía las cosas así. La Iglesia era el todo y el estado, el poder de los reyes, era solo una parte, una herramienta al servicio de la iglesia. O sea, el estado estaba, de hecho, metido dentro de la iglesia y subordinado a ella. Pues bien, llega Marsilio y le da la vuelta a la tortilla por completo, le da la vuelta a esta pirámide de poder y dice, "No, no, no. La Iglesia, como cualquier otra organización de personas está en el mundo, así que tiene que estar dentro del Estado, sujeta a sus leyes, como todo el mundo, ni por encima ni al margen. Esto en el siglo XIV era dinamita pura." Y lo más curioso es cómo lo justifica. No se inventa nada nuevo, va directo al evangelio, cita las palabras de Cristo, "Mi reino no es de este mundo." Y a partir de ahí su lógica es implacable. Si tu reina no es de aquí, razona Marcilio, entonces tu Iglesia no debería tener poder político aquí, ni propiedades, ni ejércites, ni tribunales. Su único trabajo, su única misión es la espiritual. y punto. Las implicaciones de esto eran bueno enormes. A ver, si seguimos su razonamiento, la Iglesia no puede poseer propiedades, tampoco puede obligar a nadie a nada. no tiene poder coercitivo y por supuesto no puede tener sus propios tribunales. Y los curas, los obispos, el Papa dejan de ser una casta especial para ser lo que son, ciudadanos sujetos a las mismas leyes que el resto. Es que es increíble pararse a pensarlo. Estamos hablando de ideas escritas hace 700 años y son básicamente los planos del mundo en el que vivimos hoy. Vamos a ver, punto por punto cuál es ese legado. Quizá este es uno de los cambios más bestias. Marsilio redefine por completo el objetivo de un estado. Ya no se trata de salvar almas para la otra vida, ¿no? El objetivo del gobierno, dice, es garantizar una vida suficiente y con eso se refiere a la paz, a la seguridad y al bienestar de la gente aquí en este mundo. Entonces, para que nos quede claro, su legado es gigantesco y lo podemos resumir en tres puntos. Uno es el padre teórico del Estado soberano, la idea de que cada país es la máxima autoridad en su territorio. Dos, les da a los reformadores, como Lutero, que vendrían después, todas las herramientas teóricas para romper con el poder de Roma. Y tres, dibuja el mapa de una Europa con muchos estados independientes, no un solo imperio, que es la base del mundo que conocemos. Y con esto cerramos el círculo. La idea central de Marsilio, que la paz solo es posible si el poder nace de la propia comunidad de Ciudadanos, fue una auténtica bomba en su momento y nos deja con una pregunta que 700 años después sigue totalmente vigente. Si la soberanía popular es la clave para vivir en paz, ¿qué tenemos que hacer hoy para que esa idea no se quede solo en el papel y sea una realidad?