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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
El Derecho a la Ciudad | David Harvey
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Síntesis basada en el texto de: El Derecho a la ciudad de David Harvey @readingcapital basado este a su vez en el filósofo Henri Lefebvre.
Creado con Notebook LM
Transcripción
hablamos solo de dónde vivimos, ¿no? La pregunta es mucho más profunda. ¿Quién tiene el poder de dar forma a nuestras ciudades? Y al hacerlo, de darnos forma a nosotros mismos. Vamos a ello. Fijaos en esta cita del sociólogo Robert Parker, porque es el punto de partida perfecto. Nos viene a decir que las ciudades no son solo ladrillo y asfalto, ¿verdad? Son un espejo de lo que queremos ser. Pero, y aquí está la clave, ese mundo que creamos luego nos moldea nosotros. Es un bucle, una calle de doble sentido de la que no podemos escapar. Y aquí llegamos al meollo de la cuestión, a la definición que nos da el geógrafo David Harvey. A ver, el derecho a la ciudad no es como tener un abono de transporte o la entrada a un museo, no es algo individual, es algo mucho más grande. Es un derecho colectivo común, el poder que tenemos como grupo para cambiar las reglas del juego, de la urbanización y así de paso campearnos a nosotros mismos. O sea, que quedémonos con esto. Es algo compartido. Vale, pero ¿de dónde sale todo esto? ¿Qué es lo que mueve los hilos de esta organización masiva que vemos por todas partes? Pues según Harvey, la respuesta tiene un nombre muy claro, capitalismo. A ver, si nos vamos a los orígenes, las ciudades siempre han nacido de lo mismo, de la acumulación de un excedente, o sea, de la riqueza que sobraba una vez cubierto lo básico. Y claro, el control de ese extra casi siempre ha estado en las mismas manos, en las de una minoría. El capitalismo, ojo, no inventó la rueda con esto, pero sí que digamos que le puso un motor de Fórmula 1. Y aquí se ve el ciclo perfectamente. Es como una rueda de hámster y no debe parar. Primero, se genera un beneficio, un excedente de capital. Segundo, ese dinero tiene que reinvertirse sí o sí para generar todavía más beneficio. ¿Y dónde se puede meter una cantidad ingente de dinero para que dé frutos? pues bingo en construir y reconstruir ciudades es el sumidero perfecto para todo ese capital. Bueno, toda esta teoría está muy bien, pero lo interesante de verdad es ver cómo ha funcionado este motor en la práctica, en la historia. Y para eso vamos a fijarnos en dos casos de estudio que Harvey analiza a fondo. Nos vamos al París del siglo XIX. Después de la revolución de 1848, la situación era complicada. Por un lado, había un montón de capital acumulado, sin saber dónde meterlo para que fuera rentable, y, por otro, una tasa de paro por las nubes. La solución de Napoleón Icero, pues fue bastante radical. Le dio carta blanca a su prefecto, el famoso varón Ausman, para literalmente demoler y reconstruir París. Y esta anécdota de verdad lo dice todo sobre la escala de la que estamos hablando. La cosa no iba de hacer cuatro arreglos aquí y allá, no, no. El objetivo era crear algo tan gigantesco, tan descomunal, que se tragara de golpe todo ese capital ocioso y diera trabajo a miles de personas. Era, en el fondo, una forma de estabilizar el sistema. Claro, las consecuencias de todo esto fueron brutales. Por un lado, París se convirtió en la ciudad de la luz, un escaparate para el mundo. Pero todo tiene su cara B. El coste social fue altísimo. A la clase trabajadora, básicamente la echaron del centro y la mandaron a los suburbios. Y esta expulsión, esta desposesión fue una de las chispas que acabó prendiendo la mecha de la comuna de París en 1871. ¿Vale? Y ahora pegamos un salto en el tiempo y en el espacio. Un siglo más tarde cruzamos el charco hasta Estados Unidos. Después de la Segunda Guerra Mundial, el país se encontró con un problema parecido al de París. Un miedo atroz a qué hacer con todo el capital y la capacidad de producción que se habían generado durante la guerra. Y aquí entra en escena un personaje clave, Robert Moses. En esta tabla se ve la comparación de maravilla. El patrón es casi idéntico. Mouses, igualito que Hausman pensó a lo grande. Su solución, la suurbanización a gran escala. Autopistas, urbanizaciones a las afueras, todo financiado con deuda. Claro. Creó todo un nuevo estilo de vida. El sueño americano de la casita con jardín, el coche en la puerta y el consumo. Y esto, por supuesto, absorbió todo ese excedente de capital y mantuvo la paz social. Bueno, al menos por un tiempo. Y es que la historia a veces es bastante tozuda y le gusta repetirse porque este modelo de desarrollo que dejó los centros de las ciudades vacíos y marginó a muchísima gente, sobre todo a las minorías, fue una de las causas principales de las enormes revueltas sociales que estallaron en Estados Unidos y en medio mundo en el 68. Perfecto, ya hemos visto el patrón en el siglo XIX y en el X. Pues ahora abrochémosnos los cinturones porque vamos a ver cómo funciona esto hoy en día. Y el tema es que ahora la escala es global, planetaria. Hoy en día el capital se mueve con una libertad total. No entiende de fronteras. El dinero de un fondo de inversión de qué sé yo, Hong Kong puede acabar financiando un rascacielos en Baltimore. La urbanización se ha convertido de facto en el gran estabilizador del capitalismo a nivel mundial. Y para que nos hagamos una idea de la escala de la que estamos hablando, un dato que es bueno, es alucinante. Desde el año 2000, China ha consumido casi la mitad de todo el cemento producido en el mundo. La mitad. Esto da una idea muy muy gráfica de la cantidad de capital que se está absorbiendo a través de la construcción de ciudades. Claro que esta transformación global tiene una cara B, un lado bastante oscuro. Harvey lo llama acumulación por desposesión. ¿Y qué es esto? Pues explicado de forma sencilla, es el proceso por el cual se le quita un terreno que de repente vale mucho dinero a la gente con pocos recursos que vivía allí, a menudo por la fuerza o con la ley en la mano para poder darle un uso más rentable. Claro. Y ojo que esto no es teoría académica, ¿eh? Esto pasa todos los días y en todas partes. En Seú, por ejemplo, con constructoras que contratan matones para echar a la gente. En Bombei, con la presión para limpiar barrios como Darabi, que ahora están sobre suelo que vale una fortuna, o en Estados Unidos, donde se usa la ley para expropiar viviendas y construir centros comerciales. El patrón al final es el mismo. Vale, este es el diagnóstico. Un poco desolador, la verdad. Entonces, ¿qué se puede hacer? ¿Cuál es la respuesta? Pues aquí es precisamente donde ese concepto del derecho a la ciudad deja de ser una idea y se convierte en una reivindicación, en una demanda política. Aquí tenemos el resumen de toda la tesis, la idea central. Por una parte, la urbanización ha sido el salvavidas del capitalismo, el lugar donde colocar todo su excedente. Pero, por otra parte, ¿quién ha pagado la factura? Pues las mayorías. A la gente se le ha negado cualquier derecho a decidir sobre el lugar donde vive. se les ha apartado literalmente para dejar paso a eso que llaman progreso. Porque seamos sinceros, a día de hoy, ¿quién decide cómo van a ser nuestras ciudades? Pues una élite muy muy pequeña. Harvey pone ejemplos muy claros, alcaldes multimillonarios como Michael Bloomberg en Nueva York o grandes instituciones como las universidades de Jail o Columbia que son capaces de rediseñar barrios enteros a su antojo, muchas veces ignorando por completo lo que quieren los vecinos. Entonces, ¿qué significa reclamar el derecho a la ciudad en la práctica? Pues significa algo muy concreto, exigir un mayor control democrático sobre cómo se produce y cómo se usa toda esa riqueza, todo ese excedente. Quiere decir que las decisiones sobre qué se construye, dónde y para quién no pueden estar solo en manos de los mercados o de una élite, tienen que estar en manos de la gente que habita esas ciudades. Y Harvey cierra su análisis con una pregunta, una pregunta bastante provocadora. A ver, si hemos visto que este patrón de urbanización y exposesión ha provocado grandes estallidos sociales en el pasado, la pregunta es, ¿y ahora qué? ¿Dónde está nuestro 68? ¿Dónde está nuestra comuna? Es una pregunta que queda en el aire, claro,