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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
La muerte del autor | Roland Barthes | 1968
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el texto: La muerte del autor por Roland Barthes
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hoy nos metemos de lleno en uno de los textos más influyentes y la verdad más provocadores del siglo XX. La muerte del autor de Roland Barts. Se publicó en 1968 y, creedme, es una pieza clave en filosofía y teoría literaria. ¿Por qué? Pues porque básicamente hizo saltar por los aires todo lo que se pensaba sobre qué es escribir y sobre todo qué es leer. Para empezar, Bartes nos pone delante esta cita. es de una novela de Balsc sarín. A primera vista, pues bueno, parece una descripción un poco tópica sobre la feminidad, ¿no? Pero Bartes la usa como un trampolín, como el punto de partida para lanzar una pregunta que lo va a cambiar absolutamente todo. Y aquí está la pregunta del millón. ¿Quién está hablando realmente aquí? ¿Es el personaje de la novela? ¿Es el propio Balsac, el hombre, contándonos algo de su experiencia personal? O es Balsac el autor soltando una idea literaria sobre las mujeres o a lo mejor es simplemente la sabiduría popular de la época, la psicología romántica. ¿Quién? La cosa es que para Bartes es imposible saberlo. No hay una respuesta única y correcta. Y es justo ahí, en esa imposibilidad donde él encuentra una verdad esencial sobre lo que es la escritura. La escritura es en sí misma la destrucción de cualquier voz, de cualquier origen. Es un espacio neutro donde la identidad de quien escribe sencillamente se desvanece. Para desgranar bien este argumento tan potente, vamos a seguir su lógica en tres grandes pasos. Primero, veremos como la figura del autor con mayúsculas no es algo eterno, sino una invención moderna. Segundo, analizaremos cómo la escritura se rebela contra esa figura y por último descubriremos quién viene a ocupar ese trono vacío que deja el autor. Venga, empezamos por el principio. Lo que Bartes argumenta, y esto es muy potente, es que nuestra idea del autor como un genio creador, como la única fuente del significado de una obra, no es una verdad universal y atemporal. En realidad, es una invención bastante recente en la historia. Pensemos un momento. La crítica literaria de toda la vida ha funcionado así para entender un libro que se hacía, pues estudiar la vida del autor, su biografía, sus traumas, sus pasiones. La obra era vista como un espejo, casi como una confesión de la persona que la había firmado. Y es que el concepto de autor no ha existido siempre, ni mucho menos. En muchas culturas antiguas, el que contaba las historias era un mediador, un chamán, y lo que importaba era su actuación, su performance, no su genialidad. individual fue con el individualismo que explotó en el Renacimiento y sobre todo con el capitalismo y el positivismo cuando la figura del autor se entronizó y se convirtió en el centro de todo. Barts lo resume perfectamente con esta cita. Esta visión reduce la obra a una simple confidencia, casi a un cotilleo. La obra de Bodeler se explica por el fracaso personal de Bodeller, la de Bangog por su locura. siempre buscando una explicación en la biografía, algo que al final lo que hace es limitar y encerrar el texto. Pero lo interesante es que la propia literatura moderna ya se había empezado a mosquear con esta tiranía del autor. O sea, que Bartz no se saca esta idea de la manga, sino que la vectica de los propios escritores. Ya a finales del siglo XIX, un poeta como Mayarmé decía que es el lenguaje el que habla, no el autor. Luego Valery ponía en duda la importancia de la vida interior del escritor. Brust, con su narrador complejísimo, hizo imposible saber quién hablaba y ya el surrealismo con la escritura automática y los juegos colectivos atacó de frente la idea del genio individual. Volvemos a esta idea porque es que es el núcleo de todo. El acto de escribir es un acto de desaparición. En el momento en que se escribe, el yo se disuelve en el lenguaje. La escritura no es un coche para transportar una voz que ya existe, sino que es el espacio donde esa voz se pierde para siempre. El contraste es brutal. Por un lado, el autor tradicional es como un padre. Existe antes que su obra y la alimenta con su vida. Por otro, el escritor moderno nace en el mismo instante que el texto. No hay un antes, solo existe el aquí y el ahora del lenguaje que se está escribiendo. Para explicar esto, Bartes usa un concepto de la lingüística que es muy útil, el performativo. Escribir no es contar algo que ya se había pensado antes, es un acto en sí mismo. Es como cuando alguien en una boda dice, "Yo os declaro marido y mujer." El hecho de decirlo es la acción. Pues con la escritura pasa igual. El acto de escribir crea el texto en ese mismo instante. Y con esto llegamos a una de las metáforas más famosas y bonitas de Bart. Si el autor no es una fuente original, entonces, ¿qué es un texto? Pues es un tejido, una red, un entramado de citas, de referencias, de ecos, de otras miles de escrituras y discursos culturales. El escritor no crea de la nada. Lo que hace es mezclar y volver a tejer hilos que ya existen. Y entonces, ¿por qué es tan importante matar al autor? Pues porque según Barts, asignarle un autor a un texto es como ponerle un candado, es buscar lo que el autor quiso decir, un significado final, una respuesta definitiva. Y eso para él es detener el juego infinito de significados que un texto puede generar. Es literalmente cerrar la escritura. Muy bien. Si el significado de un texto ya no lo encontramos en su origen, o sea, en el autor, ¿dónde narices está? Y esto nos lleva al gran clímax del argumento de Barth, la aparición de una nueva figura protagonista. Esta es la gran inversión, el giro de guion que lo cambia todo. El punto donde todas las hebras de ese tejido que es el texto se juntan. No es la persona que lo escribió, es la persona que lo lee. El significado no está detrás del texto en el pasado, sino delante, en el acto presente de la lectura. Bartes define al lector de una forma muy particular. Ojo, no habla de una persona de carne y hueso, sino de un espacio conceptual. El lector es el lugar donde todas esas citas, todas esas voces que componen el texto se reúnen y pueden coexistir a la vez. Es importante insistir en esto. El lector de Bartes no es una persona concreta con sus gustos y sus manías. Es una figura abstracta, un punto de llegada que no tiene historia ni psicología. Su única función es ser ese espacio donde el texto puede desplegar toda su riqueza en multiplicidad. La conclusión, por tanto, es totalmente revolucionaria. Para que la escritura tenga futuro, para liberarla de esa tiranía del significado único, hay que derribar el mito del autor, hay que cambiar el foco por completo. Y la frase final de Bartes es tan poética como demoledora. Es un juego de suma cero para que el lector pueda nacer como el verdadero lugar donde reside el significado. El autor, esa figura todopoderosa y duena de la verdad del texto, tiene que morir.